Borde de tenedor

A las cuatro de la tarde de la última jornada, Nadia Melnyk dejó la mochila del supermercado sobre una silla de la cocina de la casa ucraniana y se quedó mirando la mesada de acero. Había cuatro bandejas de varenikes de papa y ricota listos para hervir. Estaban abiertos como bocas. Cada uno había soltado el relleno por una costura y el agua de la olla de prueba tenía un color lechoso, de caldo de almidón.

Afuera, en el Parque de las Naciones, ya sonaba el ensayo de sonido del escenario grande. Se oía un acordeón y un hombre que decía «uno, dos» en tres idiomas. La tierra colorada de los caminos estaba seca de tres días, y el aire de septiembre pesaba como una toalla mojada.

—Nadia, ¿cuántos tenemos? —preguntó Boris desde la puerta. Era el presidente de la colectividad y llevaba el pañuelo de la comisión al cuello, torcido.

—Ciento ochenta que sirven. Y faltan trescientos para esta noche.

—Tu tía hacía mil por día.

—Mi tía tiene una cadera nueva y está en Posadas con la pierna en alto. Yo hice veinte en mi vida, y eran para mi casa.

Boris se pasó la mano por la cara y se fue sin decir nada más. Nadia entendió que no era un reproche. Era la misma cuenta que ella ya había hecho.

Llamó a Olga. Atendió al cuarto timbre, con la voz espesa de analgésico y la televisión de fondo.

—Se me abren —dijo Nadia—. Todos. Hago el pliegue con los dedos como me enseñaste y se abren.

—¿Qué masa hiciste?

—La tuya. Harina, huevo, agua tibia, una pizca de sal.

—¿Y la crema?

—¿Qué crema?

Del otro lado hubo un silencio largo, de esos en los que se oye a alguien acomodarse en la cama.

—Una cucharada, Nadia. Lo escribí en el cuaderno y me olvidé de decírtelo. Con este calor la masa sin crema no cierra. Y no la amases con bronca, que se pone dura y después no pega consigo misma.

—No tengo crema. Se terminó anoche.

—Entonces pedí. Acá nadie se queda sin nada en esa fiesta.

Nadia cortó. Se secó las manos en el delantal, que todavía tenía los dobleces del cajón, y salió por la puerta trasera con un pocillo vacío. Al lado estaba la casa paraguaya, con el patio lleno de mesas largas y un fogón donde una mujer de pelo corto giraba una sopa paraguaya en una asadera de hierro. Se llamaba Cándida, o eso decía el cartel de la bolsa de harina de maíz que tenía en el hombro.

—Perdoná —dijo Nadia—. Necesito crema. Una cucharada, nada más.

Cándida la miró de arriba abajo, miró el pocillo y volvió a mirarla a ella.

—¿Para qué?

—Para que no se me abran los varenikes.

—Ah. —La mujer apoyó la cuchara en el borde de la asadera—. Eso no es de crema. Eso es de manos. Dejame ver.

Entraron juntas a la cocina ucraniana. Nadia amasó de nuevo con la crema que Cándida había traído de su heladera, en un frasco de dulce de leche lavado. Dejó descansar la bola tapada con un repasador. Midió media hora en el reloj del horno, que adelantaba cinco minutos. Cuando estiró la masa con el palote, la superficie quedó lisa y un poco brillante, y no se rompió.

—Ahora el borde —dijo Cándida—. Pasale un dedo con agua, apenas. No te pases.

—Mi tía los cierra con los dedos. Pellizca y tuerce, como un trencito.

—Vos no tenés los dedos de tu tía. Usá el tenedor.

Nadia dudó. En la familia, el tenedor era una trampa de principiantes. Pero apoyó los dientes en el borde de un vareniki y apretó, y la masa quedó sellada con una fila de rayitas parejas, como la huella de un neumático chiquito. Lo tiró al agua. Subió a la superficie, giró una vez sobre sí mismo y se quedó entero.

—Mirá —dijo Cándida, sin sonreír—. Cerró.

Trabajaron hasta las siete. Entró Boris, y detrás de él dos nietas de colonos con el cabello trenzado en corona y las zapatillas debajo de las botas rojas. Se pusieron a doblar sin hablar. A las ocho abrieron el mostrador. Afuera, la fila daba vuelta por el cartel de la casa sueca y se mezclaba con la de la casa alemana. Un chico pidió «los que se abren» y su padre lo hizo callar. Nadia sirvió con cebolla frita y crema, que ahora sobraba, porque Cándida había mandado un balde entero de la casa paraguaya sin que nadie se lo pidiera.

A las once menos cuarto quedaban doce platos de reserva. A las once y diez, ninguno. Desde el escenario llegó el aplauso de la coronación de la reina, bajo, lejano, como lluvia sobre una chapa. Nadia apagó el fuego, destapó la última olla y pescó con la espumadera tres varenikes que se habían quedado en el fondo, deformes, con el borde de tenedor torcido por el apuro.

Los acomodó en un plato hondo y le puso la última cucharada de crema. Se sentó en el escalón de la puerta trasera, donde el aire era un poco más fresco, y llamó a Posadas.

—Se acabaron —dijo cuando Olga atendió.

—¿Todos?

—Todos. Con tenedor.

—Qué barbaridad —dijo la tía, y se rio bajito, sin aire—. Guardame uno.

Nadia miró el plato. Después miró la tierra colorada del patio, que la lluvia de la noche anterior había dejado marcada con huellas de zapatos de todos los tamaños, y cerró el tupper de la reserva con el pulgar hasta oír el clic.

—Ya está guardado —dijo.

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