Evaristo Dufour cargó la lancha como siempre, de atrás para adelante: primero los bidones de agua, después las bolsas de pan, el cajón de verduras, la media res envuelta en arpillera. Lo último fue la caja de pilas y velas, porque con el cielo que había se la iban a pedir en todos los muelles.
Era sábado y el Puerto de Frutos de Tigre olía a madera mojada y a gasoil. La lancha se llamaba Santa Lucía II. La primera, la de su padre, se había hundido en un temporal antes de que él aprendiera a hacer un nudo. Esta la tenía hace treinta y cuatro años, y el lunes la iba a recibir un muchacho de Escobar que ya había pagado la seña.
—Vas a tener sudestada a la tarde —le dijo el encargado de la estación de servicio, mientras le llenaba el tanque—. Fijate bien por dónde volvés.
—Es el último, Rubén. Hago el recorrido entero.
Salió por el Luján con el agua color té y el viento todavía flojo. Fue dejando todo lo que le tocaba. En el Capitán le entregó dos kilos de milanesas a una mujer que le pagó con un billete y un frasco de miel. En la escuela de Carapachay descargó el pan para el comedor, y los chicos lo saludaron desde el muelle con las dos manos, como si se fuera de viaje. Un hombre del arroyo Espera le pidió una pala y él no la tenía, pero le prometió traérsela. Después se dio cuenta de que no iba a poder cumplir, y se quedó un rato con el cigarrillo apagado en la boca.
Al mediodía la cuenta de lo pedido estaba hecha, pero en la bodega seguía una bolsa de papel madera cerrada con un clip. Adentro había un kilo de yerba, un limón y una tira de asado. Cada sábado desde hacía once años, doña Aurelia Sosa, del Caraguatá, le dejaba el mismo pedido anotado con letra de maestra en el dorso de una factura de luz, clavada con una chinche en el poste de su muelle. Nunca se vieron las caras más de cinco minutos. Ella salía con el delantal, contaba la plata y le decía algo del tiempo. Cuatro sábados atrás el papel no estaba. Los tres siguientes, tampoco. Y él, en vez de pasar de largo, siguió armando la bolsa, sin saber para qué.
A las dos el cielo se puso del color de una plancha. El agua empezó a empujar río arriba, despacio, y los muelles bajos se quedaron con la tablas casi a ras.
—No entres al Caraguatá, Dufour —le gritó por radio una voz que no reconoció—. Se está tapando de troncos.
Entró igual. Pasó despacio entre los números pintados en los postes, el 400, el 500, el 700, esquivando un ceibo caído que dejaba asomar las raíces como dedos. Apagó el motor dos veces para escuchar cómo golpeaba el agua contra el casco. El viento ya había traído la primera llovizna fina, de costado, que se mete por el cuello de la campera.
El muelle de doña Aurelia estaba en el 852. La casa de madera, sobre pilotes, tenía las persianas cerradas y la huerta con las lechugas ya espigadas. En el poste había una chinche sola. Evaristo amarró, subió y golpeó las manos con fuerza, como se hace en las islas, porque ahí no hay timbres.
—No está —dijo una voz detrás de él.
Del otro lado del arroyo, en un bote de aluminio, un chico de doce o trece años lo miraba con una gorra de River tapándole las orejas. Remaba con un solo remo y sostenía una linterna de las grandes.
—Se la llevó mi tío a Tigre, al hospital. Se cayó en el muelle en septiembre. La están por mandar a la casa de mi prima, en Don Torcuato.
—Ah. —Evaristo se miró las manos, la bolsa, el nudo mal hecho del clip—. Yo le traía esto. Es lo que pide siempre.
—Ya sé —dijo el chico—. Ella dice que usted es el único que le trae el limón verde y no el amarillo, que es el que vale. Hoy me lo dijo por teléfono. Me dijo: «Si pasa el Dufour, decile que no se haga problema, pero que se lleve el papel».
—¿Qué papel?
El chico sacó del bolsillo del buzo un sobre doblado en cuatro, mojado en una punta. Adentro había una factura de luz, y en el dorso, con la misma letra de siempre, una lista corta. Un kilo de yerba. Un limón. Una tira de asado. Y abajo, más chico: Y que no venda la lancha hasta que yo le pague el último.
Evaristo leyó dos veces. Afuera ya rompía el agua contra los pilotes.
—¿Cómo supo que la vendía?
—Acá se sabe todo, señor. Hasta lo que nadie cuenta.
Dejó la bolsa en el escalón de la casa, bien arrimada a la puerta, con una piedra encima para que el viento no se la llevara. Cerró el sobre y se lo guardó en el pecho. Después arrancó el motor y empezó a retroceder entre los troncos, mirando por encima del hombro, con el chico alumbrándole el canal con la linterna hasta que el arroyo se abrió al Capitán.
Volvió con la sudestada pisándole la popa, y a las ocho de la noche, en el puerto, el encargado lo esperaba con una linga en la mano.
—¿Todo bien?
—Todo —dijo Evaristo—. Llamá al de Escobar. Decile que se espere un mes.
Dejó la lancha amarrada con tres cabos en vez de dos. Antes de bajar, con un lápiz de carpintero que tenía detrás de la oreja, anotó en la pared de la cabina, debajo de la hora y la altura del río: Pendiente: un limón verde.
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