La consigna de la seño Paula estaba escrita en el pizarrón con letras que se iban para abajo: «Traigan el sonido de un lugar que quieran». Todos los chicos de sexto sacaron el celular y se pusieron a grabar la calle, el recreo, el motor de un camión. Tomás Ayala, once años, vecino de la calle Brickman, no grabó nada. Había decidido que su sonido era uno que ya no estaba en ningún lado.
—Los elevadores —le dijo a su abuelo el viernes a la noche, mientras Chiche pelaba una naranja con el cortaplumas, en una sola tira, como siempre.
—Los desarmaron en el setenta y ocho —dijo Chiche—. Los vendieron como chatarra. Yo tenía veintiocho y ya hacía diez años que estaba en el puerto.
—Pero sonaban.
El abuelo dejó la cáscara enroscada sobre el hule. Miró por la ventana, donde se veía una franja de agua gris y, detrás, las grúas de la terminal con las luces prendidas.
—Cuando caía el grano por los conductos, todo el muelle sonaba como una lluvia fuerte sobre un techo de chapa. Pero llovía con sol, ¿entendés? Con un cielo limpio, y vos abajo, seco, oyendo llover.
Tomás anotó «lluvia con sol» en el cuaderno y lo subrayó dos veces.
El sábado a la mañana salió con el celular en el bolsillo y un plan que le parecía perfecto: ir hasta el muelle y buscar el eco. Caminó por Guillermo Torres con el viento sudoeste empujándolo de costado, esa clase de viento de Bahía Blanca que te hace caminar torcido y te llena la boca de arenita. Pasó frente a la cantina, frente al anfiteatro, y llegó al borde del agua donde antes estaban los elevadores. No quedaba nada. Había una explanada, cadenas, un cartel y gaviotas paradas con las plumas para un solo lado. Grabó treinta segundos. Cuando los escuchó en el auricular, solo se oía el viento golpeando el micrófono, como si alguien se sonara la nariz muy cerca.
Lo intentó dos veces más y las dos veces salió lo mismo. Se sentó en un cordón, con el cuaderno sobre las rodillas, y sintió que se le armaba en la garganta la bola caliente que le venía cuando algo no le salía y no quería llorar frente a las gaviotas.
Fue por orilla, sin ganas, hasta el Museo del Puerto, porque era sábado y los sábados Chiche pasaba por ahí a tomar el café con las vecinas. El edificio era de chapa y madera, de cuando fue la Aduana del Ferrocarril del Sud, y el viento lo hacía crujir entero. Adentro, en el Aula-Cocina, olía a vainilla y a azúcar quemada. Había dos mesas largas con tortas tapadas con repasadores, una radio baja y un grupo de mujeres discutiendo si al bizcochuelo se le ponía el limón antes o después.
—Antes —decía una.
—Después, nena, si no se baja —decía la otra.
Chiche estaba en la punta, con la taza, y levantó dos dedos al verlo. Tomás se acercó arrastrando los pies.
—No me sale —dijo—. El viento me tapa todo.
—¿Qué cosa no te sale?
—La lluvia con sol.
Las mujeres dejaron de discutir. Una de ellas, grande, de delantal a cuadros y anteojos colgados de una cadenita, se secó las manos en un trapo y le preguntó qué era eso. Tomás explicó lo de los elevadores, lo del grano, la consigna de la seño. Habló rápido, mirando el piso, y cuando terminó nadie se rio.
—Mirá vos —dijo la del delantal—. Eso no se graba en la calle, mi vida. Se hace.
Fue hasta la alacena, volvió con un paquete de arroz de un kilo y buscó con la vista algo en la cocina. Encontró una bandeja de horno enorme, de chapa vieja, abollada en una esquina, que usaban para las tortas de casamiento. La apoyó boca arriba sobre la mesa.
—Prendé eso —le dijo a Tomás, señalando el celular—. Y acercalo, pero no tanto.
Chiche se había parado. Con la taza todavía en la mano, no decía nada.
La mujer abrió el paquete, levantó los brazos y dejó caer el arroz desde bien alto, en un chorro finito. Los granos pegaron contra la chapa con un ruido seco y parejo, miles de golpecitos que se montaban uno sobre otro, y la bandeja vibró y el aire de la cocina se llenó de una lluvia que no mojaba. Afuera el viento sacudía el edificio. Adentro, durante diez segundos, llovió con sol.
Tomás tenía el celular quieto en las dos manos y no respiraba para no ensuciar el audio.
Cuando el arroz se terminó, la bandeja siguió sonando un rato, bajito, como una campana lejana. Después quedó el silencio de la cocina y, de fondo, la radio.
—Otra vez —dijo Chiche.
Lo dijo con la voz cambiada, más finita. La mujer juntó el arroz con la palma, lo volvió a meter en el paquete y lo dejó caer de nuevo, y esta vez Tomás levantó la vista y miró a su abuelo. Chiche tenía los ojos cerrados y la cabeza un poco inclinada hacia arriba, como cuando uno busca la humedad en el aire antes de que caigan las primeras gotas. Movía los dedos sobre el borde de la mesa, uno por uno, contando algo que solo él sabía.
—Así era —dijo cuando terminó, sin abrir los ojos—. Pero más grande.
—¿Cuánto más? —preguntó Tomás.
—Como diez veces. Como todo el cielo.
El lunes la seño Paula puso el audio en el parlante del aula. Algunos chicos pensaron que era una lluvia de verdad y miraron hacia las ventanas buscando nubes. Tomás se quedó parado al lado del escritorio, con el cuaderno abierto en «lluvia con sol», y dijo que era el ruido de un muelle que ya no estaba. Nadie le preguntó cómo lo había grabado.
Esa noche, Chiche le pidió que se lo mandara al celular. Lo escuchó solo en la cocina, con el volumen al máximo, y después lo dejó sonando una vez más, sobre el hule, junto a una cáscara de naranja que se había enroscado entera sin romperse.
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