A una legua

El parche todavía estaba húmedo cuando Eliseo Paredes le pasó la palma abierta, de la orilla al centro, como quien le alisa el pelo a un chico dormido.

—Hasta mañana no lo toques —dijo, sin darse vuelta—. Hoy nada más lo vamos a probar.

Lucía, su nieta, estaba sentada en el piso del cobertizo con el celular en la mano y la espalda contra un tronco de ceibo ahuecado que todavía no era nada. Había llegado de Santiago a las dos, en el micro que deja en la ruta, y había caminado quince minutos por la huella con la mochila pegada a la espalda por el sudor. Abril, pero el monte no se había enterado: el aire olía a tierra recalentada y a cuero crudo, y las torcazas se habían callado de puro calor.

—¿Probar qué? —preguntó ella.

—Si es legüero.

Lucía se rió. Después vio que el abuelo no.

El bombo estaba sobre dos caballetes, con el casco de ceibo cepillado a mano, los aros de quebracho blanco todavía claros, los tientos de vaca cruzando de un lado a otro como un zurcido prolijo. Era el último que Eliseo hacía por encargo. Se lo había pedido un hombre de Añatuya, para su hijo bombisto, y había dicho que lo pagaba cuando lo escuchara. Eliseo había contestado que no hacía falta escucharlo: que se lo llevaba y listo. Pero el hombre había insistido con una sonrisa mansa, y Eliseo, que a los setenta y ocho años ya no discutía por plata, se puso a pensar otra cosa.

—Mi padre decía que un bombo se llama legüero porque se escucha a una legua —dijo ahora, sentándose en un banquito de tres patas—. Una legua son cinco kilómetros, más o menos. Yo hice cientos y nunca me tomé el trabajo de comprobarlo. Me da vergüenza, a esta edad.

—¿Y qué querés que haga yo?

—Que vayas hasta el cruce de la ruta, donde está el cartel de la Virgen de Sumampa. Eso son cinco kilómetros, los medí en el auto de tu tío. Te parás ahí. Yo toco acá. Si lo escuchás, es legüero.

—Abuelo, hay viento. Hay camiones.

—Hay viento y hay camiones —asintió él—. Por eso lo quiero probar hoy.

Lucía miró el celular. Tenía tres rayitas de señal, sí, pero no pensaba usarlo para eso. O sí. Se levantó, se sacudió el pantalón y dijo que bueno, que iba, pero que a las cinco en punto, y que si no escuchaba nada lo llamaba y volvía.

—A las cinco —dijo Eliseo—. Y no me llames. Si no se escucha, no se escucha.

Ella salió por la huella. Primero fue el polvo fino que se le metía entre las medias y las zapatillas, después el chancar de las ramas bajo los pies, después un cardón con las tunas ya negras, después nada. El monte santiagueño no tiene sombra generosa: tiene mistoles y algarrobos de copa chata, quebrachos blancos de tronco gris, y entre uno y otro un sol que cae a pedazos. A los dos kilómetros se cruzó con un chico en bicicleta que le preguntó si estaba perdida. A los tres pasó una camioneta que le dejó la boca llena de tierra. A los cuatro el camino se juntó con la ruta y ella caminó el último tramo por la banquina, con el cartel de la Virgen cada vez más grande, un rectángulo celeste y blanco agrietado por el sol.

Llegó a las cinco menos diez. Se sentó en el cordón de cemento del cartel. Un camión pasó tan cerca que el aire la empujó. Otro. Un colectivo de larga distancia, con las cortinas cerradas. Un perro que la miró y siguió de largo. Ella se puso a escuchar como se escucha un secreto: con la boca entreabierta.

Escuchaba la ruta. Escuchaba el viento entre los alambres. Escuchaba, lejísimos, un motor de bomba. Nada más.

Las cinco. Las cinco y cinco. Sacó el celular, tuvo el pulgar sobre el nombre de su abuelo, y lo guardó.

Pensó en lo que él le había dicho una vez: que el bombo no se toca con las manos, se toca con el pecho, y que por eso los bombistos viejos se ponen de costado, para que el golpe les entre por las costillas. Se le ocurrió que quizá el oído no era el lugar correcto. Se paró. Puso los pies firmes en la banquina, la espalda contra el poste del cartel, y dejó de buscar el sonido. Se quedó quieta.

Pasó un camión, y cuando el ruido se fue apareció algo debajo, tan grave que al principio creyó que era su propio pulso. Pero no. Era más lento que su pulso. Un golpe, otro, uno más, parejos, que no llegaban al aire sino al hierro del poste y de ahí a la espalda. Después, entre dos golpes, un redoble breve, como un puñado de piedras sobre una chapa. Y otra vez el golpe. Lo sintió en el esternón, en los dientes, en el hueco detrás de las rodillas.

Lucía se rió sola, a los gritos, con las manos en la cara. Un camionero que bajaba por la ruta le tocó bocina creyendo que lo saludaba.

Volvió caminando de noche, con el celular de linterna. Eliseo la esperaba sentado en el banquito, con la camisa afuera y el parche ya seco a su lado. No le preguntó nada. Ella tampoco dijo nada hasta que estuvo adelante suyo, sudada, empolvada, con las zapatillas grises.

—Doce golpes, un redoble, tres golpes —dijo—. Y después el mismo redoble, pero más flojo, como si te hubieras cansado.

Eliseo se quedó mirando el bombo un rato largo. Después se tapó la boca con el puño, como hacía cuando alguien le hablaba del tiempo en que su mujer cantaba chacareras en la cocina, y tardó en contestar.

—Me cansé —admitió—. Tengo setenta y ocho años.

Le acercó el mate. Lucía lo tomó con las dos manos, todavía sintiendo en la espalda, aunque ya no había nada, un golpe grave y lento que venía del monte.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *