La polka del carro

A la una y diez de la mañana, cuando en el Bosque de los Pioneros ya apagaban los reflectores del escenario, Nolasco Pereyra terminó de pasarle el cepillo de cerda al lomo del Colorado. El caballo resopló. En el galpón de atrás de la casa, el carro esperaba con las ruedas recién engrasadas, el piso de tablas lijado y un farol de querosén colgado del travesaño, que Nolasco había limpiado con vinagre toda la tarde hasta que se le vio la cara en el vidrio.

Tenía setenta y un años y una sola cosa para hacer antes de que amaneciera.

Su padre había manejado ese carro en el cincuenta y siete, cuando en la plaza José Hernández se hizo la primera fiesta, la del asfalto nuevo. Subían la orquesta arriba, cuatro alemanes con acordeón, clarinete, bombo y un bajo, y el viejo daba la vuelta a la manzana a paso lento mientras tocaban. Nolasco tenía dos años y no se acordaba. Se acordaba de lo que contaba su madre: que el asfalto todavía olía a brea, que los criollos se asomaban a las puertas y que nadie sabía bien si aplaudir, hasta que alguien empezó con las palmas a compás de la polka.

Desde entonces el carro había quedado en el galpón, con una lona encima, entre un tractor sin motor y las herramientas del taller de carpintería. Nolasco lo había restaurado durante tres inviernos. No para exponerlo, ni para sacarse fotos. Quería una vuelta, una sola, por la calle San Martín, con música arriba, antes de que se le acabaran las fuerzas para tirar de las riendas.

Esa noche había ido tres veces a hablar con la gente de la orquesta. Las dos primeras le dijeron que sí, que qué lindo, que el año que viene. La tercera, un chico de la organización con una credencial colgada del cuello le explicó que la fiesta terminaba a la una, que los músicos tenían que desarmar y que de ninguna manera podían subirse a un carro de madera a esa hora, con la calle todavía llena de gente.

—Es por seguro, don Nolasco —le dijo—. Y por el cansancio.

—Yo no les pido seguro. Les pido una polka.

El chico no supo qué contestar y le puso una mano en el hombro. Nolasco se la sacó con cortesía y se volvió a su casa.

Ahora, con el Colorado ya enjaezado, se sentó en el pescante y esperó sin saber qué esperaba. Afuera pasaban los últimos autos con las ventanillas bajas, alguien cantaba el estribillo de una canción que ya no era alemana ni criolla sino de todos. Olía a chimenea, a cerveza derramada, a pino húmedo. Las sierras eran una raya más negra que el cielo.

Un cuarto de hora después se oyeron pasos en el camino de tierra. Eran dos hombres. Uno cargaba una funda de acordeón a la espalda como quien lleva a un chico dormido. El otro traía un clarinete en la mano, sin estuche, y caminaba con la camisa a cuadros desabrochada hasta el pecho.

—¿Usted es el del carro? —preguntó el del acordeón. Tenía el pelo blanco y la cara colorada de tanto soplar fuelle durante diez noches.

—Soy.

—El pibe de la organización nos contó. Dijo que un viejo se había quedado con una idea y que no había forma de sacársela.

—Es cierto.

—Yo toco en esta fiesta hace treinta y ocho años —dijo el acordeonista—. Mi maestro tocaba en la plaza, antes de que existiera el Bosque. Me contó del carro. Nunca lo vi.

Nolasco bajó, corrió la tranquera del galpón y los dejó pasar. El acordeonista recorrió el carro con los dedos, las tablas, los rayos de las ruedas, la barandilla baja. Se detuvo en una muesca cerca del travesaño.

—Esa la hizo mi viejo con un hachazo, un día que se le soltó un eje —dijo Nolasco—. No la quise lijar.

—Hacés bien.

Subieron. El clarinetista se sentó en el borde, con las piernas colgando. El acordeonista abrió la funda sobre las rodillas, ajustó las correas y probó un acorde que sonó muy grande en el galpón, como si el carro fuera una caja de resonancia. El Colorado movió las orejas.

Salieron a paso lento. Las herraduras sonaron sobre el asfalto con un golpe seco y parejo que Nolasco no escuchaba desde chico, desde antes de los autos, cuando la calle principal era toda de tierra y esa novedad de brea negra parecía un río quieto. Pasaron por la puerta de una pastelería cerrada, por una casa con techo a dos aguas y un cartel de alojamiento, por el mástil de la plaza.

El acordeonista empezó la polka sin avisar. Primero bajito, casi para sí. Después entró el clarinete, y detrás, desde una vereda, alguien que cerraba la persiana de un local se quedó quieto con la mano en la cadena. Dos chicas que volvían caminando abrazadas se detuvieron en la esquina. Un perro salió de un zaguán y los siguió media cuadra.

Nolasco no miró para atrás. Llevaba las riendas flojas y la vista fija en el borde del cordón, como había visto hacer a su padre en una foto. En la segunda esquina, alguien empezó con las palmas a compás. No sabía de dónde. Pensó en la brea todavía tibia, en el aplauso que nadie sabía si dar, y se dio cuenta de que le temblaba la mandíbula.

Dieron la vuelta completa. Cuando el carro volvió a pasar frente al galpón, la polka se estiró en un último compás largo y el acordeón soltó el aire con un suspiro. Nadie dijo nada.

Nolasco frenó. En el farol, la llama se estiró hacia arriba. Atrás, el clarinetista se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Otra? —preguntó el acordeonista.

Nolasco miró la calle vacía, las primeras luces azules entre los cerros y el vapor que le salía del hocico al Colorado.

—Una más —dijo—. Pero que sea la misma.

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