El tripulante de la Madre Anunciata

A las seis y diez de la mañana, Bruno Vitale ya llevaba dos termos y ningún lobo sacado. Desde la garita de la Banquina Chica se veía el puerto entero con esa luz de junio que parece agua sucia de balde: las lanchas amarillas con el filo rojo atadas de a tres, los cajones apilados contra el galpón, las gaviotas caminando sobre el hielo derretido. Olía a gasoil, a pescado de anoche y al vapor de su propio mate.

Era sábado. A las tres de la tarde un remolcador iba a llevarse la Madre Anunciata hasta un astillero de Quequén. La habían comprado por teléfono, sin verla. Bruno tenía orden del Consorcio de despejar la cubierta antes de que llegaran los compradores.

En la cubierta, tirado sobre la lona de proa con el hocico apoyado en un cajón vacío, dormía un lobo marino macho, de los grandes, con la melena gastada y una cicatriz blanca en el cuello.

—Vamos, viejo —dijo Bruno, desde el muelle, sin mucha convicción.

El lobo abrió un ojo y lo cerró.

Bruno conocía el procedimiento. Desde hacía un tiempo el Consorcio, junto con gente de la Universidad y de una fundación, venía corriendo a los animales de las zonas de trabajo hacia la escollera, donde se quedan los machos. Se hacía con paciencia, con paneles, con ruido medido. Él mismo había aprendido a empujar sin pegar. Con dos o tres horas, un lobo cualquiera cedía.

Este no era un lobo cualquiera, y la lancha tampoco.

La Madre Anunciata había sido de su padre, Ottavio, que la botó en el cuarenta y tantos, cuando el barrio Puerto todavía hablaba más dialecto que castellano. Bruno había pasado en esa cubierta todos los veranos de su adolescencia, pelando besugos con un cuchillo que le quedaba grande. Cuando Ottavio murió, la lancha pasó a su cuñado, después a un sobrino, y después a la nada: tres años amarrada, con la pintura abriéndose como piel de naranja. Nadie le dijo a Bruno que estaba en venta hasta que vio los carteles.

Subió por la escalerilla. Los lobos huelen distinto de cerca: a pescado viejo, sí, pero también a algo más tibio, como lana mojada. El animal levantó la cabeza y le mostró los dientes sin enojo, como quien bosteza.

—Es tu última mañana. Tenés que irte vos —dijo Bruno, y se sentó en la borda a esperar, que era la mitad del oficio.

A las ocho llegó Mabel, la de la cantina, con dos medialunas en una bolsa.

—¿Todavía está ahí?

—Hace una semana que duerme en esta lancha. Antes dormía en la Stella Maris, pero la sacaron.

—Y vos lo dejabas.

—Yo no dejaba nada. Soy guardia, no soy portero.

Mabel miró al lobo, miró a Bruno y le tendió una medialuna. No dijo más. En el puerto nadie decía más de lo necesario, y por eso se entendían tanto.

A las diez volvió a intentarlo con los paneles de plástico. Los plantó en fila sobre el muelle y fue cerrando el espacio, haciendo ruido con una chapa. El lobo se levantó, con una lentitud que parecía de ceremonia, caminó hasta la proa, miró el agua gris entre la lancha y el muelle y volvió a echarse sobre el mismo cajón. Se acomodó con un resoplido. Había decidido algo.

Bruno se secó la frente con la manga. Recordó que su padre, cuando cobraba mal la corvina, se sentaba exactamente así, sobre ese cajón de proa, y decía que el que se queda sentado tiene más tiempo para ver qué hace el mar.

Al mediodía bajó a la garita, llamó al jefe de turno y mintió con prolijidad.

—Hay un animal en cubierta y no se mueve. Hace falta gente especializada. No llega hasta el lunes.

—¿Y el remolque?

—Que lo hagan con el animal a bordo, si se animan.

Colgó. Le temblaba un poco la mano. Nunca había mentido en veintidós años de puerto.

Después hizo otra cosa. Fue hasta el cañaveral de la escollera donde guardaba sus cosas y volvió con un balde, un cepillo de cerda dura y un tarro de pintura amarilla que le quedaba de otra reparación. En el costado de estribor, bajo la letra A de Anunciata, había una mancha de óxido del tamaño de un plato. Se agachó en el muelle, estirando el brazo, y empezó a cepillar.

El lobo lo miró trabajar toda la tarde, o por lo menos hasta que el sol bajó detrás de los galpones y las lanchas costeras empezaron a entrar con su cola de gaviotas. Entonces la banquina se llenó de voces, de cajones arrastrados, de hombres que gritaban precios. Una mujer se llevó dos kilos de pescadilla y le preguntó a Bruno si el lobo era de la casa.

—Tripulante —contestó él.

El remolcador llegó a las cuatro y media. Dos hombres de campera azul subieron a la cubierta, vieron al animal y se bajaron tan rápido como habían subido. Bruno les alcanzó un termo y no les explicó nada. Acordaron volver el lunes.

Anocheció temprano. Bruno terminó el retoque del casco con una última pincelada, retrocedió dos pasos y miró el parche amarillo, más fuerte que el resto, nuevo sobre lo viejo, como un remiendo en una campera.

Del otro lado del puerto, la escollera era una línea negra y se oía el rugido del resto de la colonia, el de los que sí se habían ido cuando les tocó.

El lobo estiró el cuello y respondió, un solo bramido largo que recorrió los muelles vacíos. Después apoyó otra vez el hocico en el cajón, en el lugar donde alguna vez Ottavio Vitale había dejado la cabeza, y cerró los ojos.

Bruno apagó la linterna. Hasta el lunes, pensó, la Madre Anunciata tenía tripulación completa.

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