El pozo del camalote

Irma Duarte llegó a la costanera de Goya a las cuatro y media de la madrugada, con el balde de veinte litros en una mano y el aireador a pila en la otra. Adentro nadaban las mojarras, tres bandejas de morenas en la conservadora y un frasco de cascarudos que había juntado en el galpón. Hacía cuarenta y un años que vendía carnada viva la víspera de la Fiesta del Surubí. Cuarenta y un años que miraba la largada desde el barranco, con el balde entre las rodillas.

Esa noche había frío de mayo, de ese que sube del río y se te mete en las rodillas. Bajo las luces del predio los lancheros revisaban motores, y se olía a nafta, a chipá recién salido del horno y a barro mojado.

—Doña Irma, la estaba esperando —dijo Ezequiel Almirón, que apareció entre dos remolques con un termo bajo el brazo.

Era el patrón de un equipo de tres. Le compraba desde hacía seis años, sin discutir el precio y sin preguntar nunca por qué ella no subía a ninguna lancha.

—Cuarenta mojarras, veinte morenas y dos anguilas criollas, si tenés —le dijo—. Nos tocó la zona siete.

Irma se quedó con la mano quieta sobre la tapa del balde.

—¿La siete? ¿El banco de Punta Arena?

—Esa. Ciento y pico de caballos de más que los demás, dicen, pero no conocemos el fondo. Mi tío, el que sabía, se cayó de la moto el martes y tiene la clavícula rota.

Irma contó las mojarras de a una, con el cucharón de aluminio, como contaba siempre, sin mirar. Las pasó a la bolsa de nailon con agua del río y le ató el nudo doble.

—Cirilo pescaba ahí —dijo, sin que nadie le preguntara—. Mi marido. Todos los años, hasta el noventa y ocho. Decía que el surubí no se queda en el banco, se queda atrás, en el pozo que se hace donde el agua se dobla.

—¿Dónde queda eso?

—Después de la punta, cuando la correntada se parte y se acuesta contra la margen. Se nota porque el camalote da la vuelta y no sigue. Él se paraba ahí con el motor apagado y dejaba que la lancha se acomodara sola.

Ezequiel la miró un rato largo. El termo le goteaba en la bota y no se dio cuenta.

—¿Y usted lo ubicaría?

—De noche no. Con luz, sí.

—Entonces suba.

Irma soltó una risa corta, de las que se usan para no contestar.

—Tengo sesenta y ocho años. Y hace tres décadas que no me subo a nada que se mueva.

—Faltan dos horas para la largada, doña Irma. Y no tengo a nadie que conozca el pozo.

Ella miró el barranco, donde estaba su lugar de siempre, con la piedra donde apoyaba el balde. Después miró la lancha de Ezequiel, una de aluminio, con un cartel pintado a mano: «Los Tres de la Cañada». Había un chaleco naranja extra doblado sobre el asiento, del talle de un hombre grande.

—Me tengo que llevar el balde —dijo.

—Lléveselo. Lo necesitamos igual.

Salieron antes del alba, con la fila de lanchas esperando en el agua y los fiscales de chaleco con la radio. A las seis y diez cayó el estampido de la largada. Las lanchas arrancaron a la vez, y el río se llenó de espuma y de ruido. Irma se agarró del borde con las dos manos y cerró los ojos. Cuando los abrió, Goya ya era una línea baja detrás, y adelante sólo había agua color té, islas bajas y garzas paradas en un pie.

Navegaron casi una hora por canales que ella no veía desde chica. Pasaron el Correntoso y Punta Arena, hasta que el camalote, a lo lejos, empezó a girar sobre sí mismo.

—Ahí —dijo, y se le quebró la voz—. Apagá el motor, nene.

Ezequiel obedeció. La lancha se fue acomodando sola, de costado, como si alguien la guiara desde abajo. Se quedaron en silencio. Un biguá pasó volando a ras del agua.

Fue Irma quien enganchó la mojarra al anzuelo, porque nadie más lo hacía con ese cuidado. Le pasó la caña al más joven del equipo. Pasaron veinte minutos largos sin una sola tirada, y Ezequiel empezó a mirar el reloj.

—Esperá —dijo ella—. Cirilo siempre decía que el pozo se hace rogar.

Entonces la línea se tensó. El pibe soltó un grito, la caña se dobló hasta casi tocar el agua y el reel empezó a cantar. La pelea duró once minutos. Irma tuvo que sostenerlo del chaleco para que no lo arrastrara. Cuando el surubí asomó, pintado, enorme, con la boca como una cueva y los puntos negros brillando bajo el sol bajo, los fiscales ya se acercaban en la lancha de control, con la cinta y la planilla.

Lo midieron en el agua. Lo fotografiaron con el número del equipo. Después alguien dijo «a devolver», y entre tres lo soltaron despacio, con la cabeza hacia la corriente, hasta que la cola dio un golpe y el pez se hundió como si nunca hubiera estado ahí.

Irma se sentó en el piso de la lancha. Tenía las manos mojadas y temblaban un poco.

—Le habrías ganado a todos —dijo Ezequiel, y se rió, sin saber bien por qué.

Ella no contestó. Metió la mano en el balde, agarró la última mojarra que había quedado, la más chica, y se inclinó sobre la borda. La dejó ir despacio, abriendo los dedos, en el mismo lugar donde el camalote seguía dando vueltas.

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