Sombra de ombú, casa 212

La lata había contenido aceite de oliva de la fábrica de la costanera, cinco litros, con el dibujo de una rama en la tapa. Ahora tenía tierra negra hasta el borde y, en el medio, un palito con dos hojas del tamaño de una uña. Nilda la llevaba abrazada contra la panza, con las dos manos, y caminaba despacio por la vereda nueva, que todavía brillaba de cemento sin pisar.

Era marzo de 1979 y hacía un calor de plancha. En la Nueva Federación todas las casas tenían el mismo techo de teja, el mismo número de ventana y el mismo color de pared, un rosa de cartón que dolía mirar al mediodía. No había ni un árbol. Las calles eran rectas como regla y terminaban en campo pelado, y el viento del este levantaba un polvo colorado que se metía en la sopa.

La casa de los Ferreyra era la 212. La habían sorteado en febrero. Tenía luz, agua de red y un baño con azulejos que el abuelo Evaristo todavía no se animaba a usar.

—¿Qué llevás ahí? —preguntó el chofer del camión de la mudanza, un correntino flaco que fumaba apoyado en la cabina.

—Nada. Tierra.

—Tierra tenemos de sobra, nena.

Nilda no contestó. Subió a la vereda de la 212 y dejó la lata a la sombra de la única pared que daba sombra, la del tanque. Después se quedó mirando cómo bajaban la cama de sus padres, la heladera, el aparador con la vajilla de los domingos. Sus cosas se veían raras en esa casa tan prolija, como si las hubieran puesto en una vidriera.

El abuelo estaba sentado en una silla de mimbre en medio del living vacío, con el sombrero puesto y las manos sobre las rodillas. Desde que habían demolido la casa vieja, la de la calle Mitre, hablaba poco. A veces decía una sola frase y se quedaba un rato largo mirando el techo.

—Aquí no hay dónde colgar una hamaca —dijo esa tarde.

Nilda lo entendió. En el fondo de la casa vieja había un ombú enorme, de raíces que parecían codos, y debajo de ese ombú el abuelo había tomado mate cada tarde de su vida. Decían que lo había plantado el padre de su padre. Cuando llegaron las topadoras, nadie pensó en el ombú. Se lo llevó el agua con todo lo demás, o lo que quedaba de él, porque el lago ya había empezado a subir.

Lo que nadie sabía era lo del brote.

Tres semanas antes, el último domingo antes de que cortaran el camino, Nilda había vuelto sola a la calle Mitre. Entre los escombros de la medianera encontró un retoño que salía de una raíz expuesta, a un metro del tronco. Lo sacó con una cuchara de sopa, con tierra y todo, y lo envolvió en un trapo de piso mojado. Desde entonces lo regaba con un jarrito, de noche, para que su madre no la retara por gastar agua en un palo.

Ahora estaba ahí, en la lata, con sus dos hojitas, y no sabía dónde ponerlo.

Cuando el camión se fue, salió al fondo. El terreno de la 212 era un rectángulo de tierra apisonada con una canilla en una esquina. El constructor había pasado una niveladora y no había dejado ni una piedra. Nilda caminó de punta a punta contando pasos. Eligió un lugar cerca de la medianera, donde el abuelo pudiera verlo desde la ventana de la cocina. Cavó con la misma cuchara.

La tierra de allí era dura y amarillenta, y parecía de otro país. Cavó hasta que le ardieron las palmas. Entonces sintió una sombra encima.

—Así no va a agarrar —dijo el abuelo.

Estaba parado en la puerta de la cocina, con el sombrero en la mano. No había preguntado qué era. Miraba la lata como se mira a alguien que vuelve de un viaje largo.

—Te lo iba a decir. Lo traje de la vieja.

—Ya sé. Te vi regarlo por la ventana, todas las noches. —Se agachó con trabajo, apoyando una mano en la medianera—. El ombú no es árbol, es yuyo. Dicen. Pero es yuyo que no se muere. Lo que no aguanta es que le muevan la tierra de golpe.

—¿Entonces?

—Entonces no se la saques. Cavá el pozo grande y meté la lata entera con la tierra de allá, así no pierde nada. Después le cortás el fondo y que las raíces salgan solas, cuando quieran.

Cavaron juntos hasta que se hizo de noche. Él con una pala que sacó de una caja de herramientas, ella con la cuchara. Bajaron la lata al pozo, abrieron el fondo con un cortafrío y rellenaron alrededor con la tierra dura de la 212, que el abuelo fue desmenuzando entre los dedos hasta dejarla fina. Nilda llenó el jarrito en la canilla y regó. El agua se hundió sin hacer ruido.

Después se quedaron mirando la lata enterrada, con el palito en el medio. Se veía tan chico que daba vergüenza. A lo lejos, en la avenida, alguien ensayaba con un parlante para el acto del veinticinco de marzo, y la voz venía cortada por el viento: uno, dos, probando, uno, dos.

—Va a tardar —dijo el abuelo.

—Cuánto.

—Más de lo que me queda a mí, seguro. Pero vos vas a tener esa sombra. Y tus hijos la hamaca.

Nilda no dijo nada. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la medianera, y el abuelo, después de dudarlo un poco, se sentó a su lado en la tierra, con las rodillas dobladas, como en el patio de la calle Mitre. Sacó el termo del bolsillo de la campera. Había traído el mate sin que nadie lo viera.

Cebó el primero y se lo pasó a ella. Después cebó otro y, antes de tomarlo, derramó unas gotas en el pozo, junto a la lata.

La noche cayó sobre las doscientas casas iguales. En la 212, a la luz de la luna, el retoño tenía una sombra finita sobre la tierra, apenas una raya, y esa raya se movía un poquito con el viento.

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