La cabina de las cinco

La lata llevaba pegada una etiqueta que decía DEVOLVER EN EL TREN DE LAS 5, con letra de imprenta y tres subrayados. Hermes Lucero la había leído tantas veces en veinte años de cabina que ya no la veía. La veía esa noche, porque no podía hacer lo que decía.

Era julio de 1986 y llovía desde hacía once días. En el Cine Select de Pehuajó habían suspendido la función del sábado por falta de gente, y la del domingo por falta de todo. Hermes igual subió a la cabina a rebobinar. Era lo que hacía con las manos cuando no sabía qué hacer con el resto: la cinta pasaba por los dedos tibia, con olor a vinagre y a polvo quemado, y el carretel giraba con su ronroneo de gato viejo.

Abajo, en la calle, empezó a pasar gente con palas.

Primero fueron dos o tres, después una fila. Hombres con botas de goma, mujeres con bolsas de arpillera dobladas bajo el brazo, un chico arrastrando una carretilla con una rueda floja que chillaba. Todos iban hacia el fondo de la calle, donde el canal había dejado de ser un canal y se acercaba al pueblo como una persona que se acerca a pedir algo.

Hermes terminó de rebobinar, cerró la lata, le pasó la mano por encima y la dejó junto a la puerta. El tren salía a las cinco. Si la lata no estaba en la estación, el distribuidor de Buenos Aires no mandaba la próxima película, y sin película no había función, y sin función no había cine. Así de simple lo había dicho siempre don Pascual, el dueño, que ahora estaba con una pala en alguna parte, seguramente, a los setenta y ocho años y con la cadera mal.

Bajó a la vereda con la lata bajo el brazo. La lluvia era finita y de costado, de las que se meten por el cuello. Ahí vio el terraplén, a tres cuadras, y vio lo que pasaba: había cientos de personas armando una pared de bolsas en la oscuridad, y la oscuridad era el problema. Alguien había cortado la luz de ese lado del barrio, o se había caído, nadie sabía. Los faroles de mano alcanzaban para un metro. Un hombre resbaló y se oyó el golpe contra la bolsa mojada, y después una risa nerviosa, y después nada.

—¡Hermes! —gritó una voz de mujer. Era Mirta, la de la verdulería, con barro hasta las rodillas—. ¿Vos no tenés esa luz tan fuerte, la de la máquina?

—Tengo la lámpara de la cabina.

—¿Y dónde la tenés?

—En la cabina.

—Ya sé que en la cabina. Digo si se puede apuntar para allá.

Hermes miró la lata que llevaba bajo el brazo. Después miró el reloj de la farmacia, que alguna vez marcaba la hora y esa noche marcaba las diez y veinte con una seguridad sospechosa. Faltaban casi siete horas para el tren. Las cuentas le salían raras.

—La máquina pesa doscientos kilos —dijo—. No se mueve.

—No te pido que la muevas —dijo Mirta—. Te pido que la prendas.

Subió de nuevo. La cabina del Select tenía una ventanita cuadrada que daba a la sala y otra, más chica, que daba a la calle y que nadie había abierto desde que se mudó el ventilador. Hermes la forzó con el hombro. Entró el aire mojado. Destapó el proyector, sacó la película, dejó la lámpara pelada, sin cinta, sin imagen, solamente la luz. Giró la máquina con las dos manos, centímetro a centímetro, hasta que el cañón de metal apuntó por la ventana, calle abajo, hacia el terraplén. Respiró. Cerró el arco.

La luz salió blanca y dura y partió la lluvia en hilos. Cruzó las tres cuadras y se apoyó en la pared de bolsas como una mano grande.

Desde la cabina, Hermes no oyó el grito, pero vio lo que pasó: toda la fila se dio vuelta a la vez. Quedaron quietos un segundo, con las palas en alto, recortados contra el resplandor, cientos de sombras largas estiradas sobre el barro. Después alguien levantó una bolsa, y otro la agarró, y la pared empezó a crecer.

Hermes se quedó ahí. Tuvo que cambiar los carbones dos veces, a las tres y a las cuatro y media, con los dedos quemados y la lata contra la pierna, abandonada junto a la puerta. A las cuatro y cuarenta pensó en bajar. A las cuatro y cincuenta pensó que ya no llegaba. A las cinco menos diez pensó una cosa distinta: que en veinte años había proyectado miles de personas en una pared, y nunca había visto a una pared de personas iluminar a nadie.

A las cinco en punto, se oyó la bocina del tren a lo lejos. Pasó por la estación y siguió sin parar.

Hermes dejó el proyector prendido. Cuando empezó a clarear, la luz fue perdiendo fuerza sin que él hiciera nada, se hizo amarilla, después se hizo de nada, y el terraplén se vio de pronto entero, gris y alto, con la gente sentada encima como pájaros en un cable.

Abajo golpearon la puerta. Era don Pascual, apoyado en un palo.

—¿Mandaste la lata?

—No.

El viejo miró la cabina, la ventana abierta, la máquina torcida. Se quedó callado un rato largo.

—Mandala en el de las nueve —dijo al fin—. Total, ese también sale.

Hermes agarró la lata, ya con la etiqueta empapada, y bajó las escaleras. Afuera todavía llovía un poco, pero era una lluvia distinta, casi educada. En la vereda, alguien le alcanzó un jarro de mate cocido con la mano llena de barro. Él lo tomó con las dos manos, quemadas, y se sentó en el cordón a mirar la calle, que por primera vez en once días no iba hacia ningún lado.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *