El carro estaba debajo de una lona en el fondo del galpón, entre una rueda de tractor y dos latas de pintura que nadie abría desde el invierno del año pasado. Lidia Olguín tiró de la lona de una sola vez y levantó una nube de polvo de Barreal, ese polvo finito que se te mete en el pelo y en el mate.
Era un carro de tres ruedas, bajo, con el caño de la estructura pintado de verde botella y la vela enrollada como un paraguas viejo. Aurelio lo había armado en el ochenta y pico con tubos de una cama de hierro y una rueda delantera de bicicleta de carga. Durante cuarenta años lo manejó los domingos de octubre a marzo, y durante cuarenta años le dijo a Lidia lo mismo.
—Después, Lidia. Cuando haya menos viento.
Nunca había menos viento. Ese era el chiste de la Pampa del Leoncito, y Aurelio lo contaba como si fuera suyo.
Ahora él llevaba ocho meses en el cementerio de Barreal, bajo el cerro Alcázar, y ella había decidido que ya era después.
Cargó el carro en la caja de la camioneta con ayuda de Iván, el hijo del vecino, que tenía quince años y la mirada de quien sospecha algo.
—¿Usted sabe manejarlo, doña?
—Lo vi manejar cuarenta años.
—No es lo mismo.
—Nunca es lo mismo, nene. Subí.
Salieron por la ruta 149 con las ventanillas abiertas. A la izquierda se levantaba la cordillera de Ansilta, todavía con nieve arriba, y el aire olía a jarilla y a gasoil. Lidia llevaba un termo, un pañuelo de Aurelio atado en la muñeca y el casco de él, que le quedaba grande y le bailaba al tomar las curvas.
Cuando doblaron hacia la pampa, el piso se puso blanco de golpe. Es difícil explicar eso a quien no lo vio. Un día es monte, arbustos bajos, tierra de color oscuro, y al otro lado de una línea invisible no queda ni una planta. Solo una planicie de arcilla seca partida en pentágonos perfectos, como si alguien hubiera estirado una piel y la hubiera dejado secar al sol. A lo lejos, dos o tres velas de colores se movían bajito sobre el horizonte.
Era la primera semana de la temporada. El viento, el Conchabado, ya estaba apretando desde el sur, tibio y seco, con ese silbido que parece venir de adentro de los oídos.
Armaron el carro entre los dos. Iván ajustó la driza y los tensores con una prolijidad que no tenía nada de adolescente. Lidia revisó el freno, la dirección, el pasador del mástil, todo lo que había visto hacer, y al final se quedó con la mano apoyada en el asiento de lona, que todavía tenía la forma de la espalda de Aurelio.
—Si se da vuelta, suelte la escota —dijo Iván—. Suelte y listo. No se la agarre.
—Soltar es lo que mejor me sale. Cuarenta años de práctica.
Se sentó. Los pies encontraron los pedales de dirección más lejos de lo que ella esperaba. Entonces la vela se llenó, y el carro, que había pesado toda la mañana, dejó de pesar.
No fue como en las fotos. En las fotos todo se ve limpio y rápido. Adentro, a treinta centímetros del suelo, la pampa era un ruido de goma contra arcilla, un temblor que subía por la columna y un horizonte que se tragaba el piso. Los pentágonos pasaban como cartas barajadas. Lidia soltó un grito corto, de sorpresa, y después otro, y después se dio cuenta de que se estaba riendo sola, con el casco golpeándole la frente.
Aurelio tenía razón en una cosa. El viento no pedía permiso.
A mitad de la pampa, cuando ya el galpón y la camioneta y Iván eran un puntito oscuro, el Conchabado giró un poco. Lo sintió en la vela antes de entenderlo: un tirón de costado, el carro levantando una rueda como un perro que olfatea. Pensó en soltar la escota. Pensó en lo que Aurelio decía, que ese carro tenía mañas. Pensó también en todos los domingos que se quedó mirando desde la camioneta con el termo tibio entre las rodillas.
No soltó. Tiró de la escota un palmo, apoyó el peso del cuerpo hacia el lado de la rueda levantada, y el carro bajó de golpe, firme, y siguió corriendo como si nada.
—Mirá vos —dijo en voz alta—. Era eso.
Hizo la vuelta completa, ancha y torpe, con una curva que se le abrió más de la cuenta. Volvió despacio, soltando viento hasta que el carro se detuvo solo a diez metros de la camioneta, con la vela flameando. Iván corrió hasta ella con la cara colorada.
—¡Se dio vuelta casi! ¡La vi!
—Casi no es darse vuelta.
Bajó con las piernas flojas. Se sacó el casco y el pelo se le pegó a la cara. Se sentó en el piso blanco, sobre las grietas, y sirvió dos tazas del termo. Iván aceptó la suya sin decir nada, que en un chico de quince es una forma de respeto.
Detrás del carro, sobre la arcilla, quedaron dos huellas largas y una más fina, la de la rueda de adelante. Dibujaban un óvalo abierto que no cerraba del todo. Lidia lo miró un rato, con el pañuelo de Aurelio todavía atado a la muñeca.
—El año que viene la cierro —dijo.
El viento ya estaba empezando a borrar la primera curva.
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