La lengüeta del La que cierra

El taxista llegó a las nueve de la mañana con el bandoneón en una bolsa de supermercado, como si trajera pan. Nené Ferraro abrió la persiana del taller de Boedo, a dos cuadras de San Juan, y le señaló la mesa con el vidrio rajado.

—Sacalo de a poco —dijo—. Esa bolsa le hizo más daño que veinte años de humedad.

Se llamaba Lisandro y manejaba un Etios por Parque Patricios. El bandoneón era de su abuelo, un Doble A de los años treinta, con los botones de nácar amarillentos y el fuelle remendado con cinta de embalar. Lo había guardado en un ropero hasta que se murió la madre. Ahora quería saber si servía para algo o si lo vendía.

Nené lo abrió sobre la mesa. Salió olor a naftalina, a tabaco viejo, a madera que ya no se acordaba del bosque. Con una pinza finita levantó una tapa de las voces y mostró el interior: filas de lengüetas de acero, cada una con su vaina de cuero, cada una afinada a mano en Sajonia antes de que ella naciera.

—Ciento cuarenta y dos sonidos —dijo—. Tiene setenta y un botones, y cada uno suena distinto si abrís o si cerrás. Mirá. —Apretó un botón del lado izquierdo y abrió el fuelle. Salió un aire largo, sin nota—. Falta una lengüeta. Acá. Este La que cierra.

—¿Y eso es grave?

—Para un tango, sí. Es la nota que te cuenta cuándo termina la frase.

Lisandro se rascó la barba y miró el reloj de la pared, que marcaba la hora con tres minutos de atraso desde 1994. Dijo que no tenía apuro. Dijo también que lo del taxi no daba para un arreglo de esos, y que se lo llevaba nomás.

—No te lo llevás —dijo Nené—. Dejámelo hasta la noche.

No supo bien por qué lo dijo. Hacía un año que no tocaba un bandoneón ajeno. Desde que Aníbal, su marido, se había quedado dormido una siesta de septiembre con las manos todavía tibias, el taller le olía a ausencia, y ella trabajaba con la radio fuerte para no escucharla.

Durante la mañana buscó en los cajones. Lengüetas sueltas había muchas, en frascos de dulce de membrillo rotulados con letra de imprenta, pero ninguna calzaba. Un acero que no es el de origen suena parecido y miente. Se pasó la tarde probando con una lupa y un diapasón de horquilla, sosteniendo cada candidata contra la ranura. Una sonaba chata. Otra sonaba áspera, con un zumbido de abeja atrapada en una lata.

A las siete llovía sobre San Juan. Nené se sentó con el bandoneón en las rodillas y pensó en el último que había armado Aníbal, un 142 propio, hecho con repuestos de diez instrumentos muertos. Estaba guardado arriba del armario, en su cajón de pino, con una funda de terciopelo que ella había cosido mal a propósito para que él se riera.

Lo bajó con una silla. Lo abrió. Y ahí estaba, quieta en su ranura, la lengüeta del La que cierra, con la marca de la lima de él en el borde: una muesca chiquita, casi invisible, que ponía en todas.

Se quedó mirándola un buen rato. La radio pasaba una publicidad de colchones.

—Sos terco, Aníbal —dijo en voz baja—. Siempre decías que el que presta un acero tiene que prestar la mano también.

Con las pinzas sacó la lengüeta, limpió la vaina, aflojó una gota de cera de abejas y la montó en el Doble A. Después cerró la tapa, ajustó los tornillos y probó. Abrió el fuelle. Cerró. Apretó el botón.

Sonó. Sonó el La entero, ronco y claro, y la nota tembló en los vidrios de la vitrina como si hubiera estado esperando detrás de la puerta.

Lisandro volvió a las diez, mojado hasta los codos, porque se había quedado sin nafta justo en Sáenz. Nené le abrió. No dijo nada. Le puso el bandoneón en las manos y lo acompañó hasta la esquina de San Juan y Boedo, donde el café de la ochava tenía las luces prendidas y se oía un piano ensayando.

—Yo no sé tocar —dijo él.

—Ya sé. Pero hoy hay una prueba de sonido y conozco al muchacho de la puerta. Nada más tenés que sostenerlo en el escenario cinco minutos. Después hacés lo que quieras.

Entraron. El muchacho de la puerta, que sí sabía, los dejó pasar sin preguntar. Sobre el escenario había un bandoneonista de pelo gris, que miró el instrumento y después a Lisandro y después a Nené. Se limpió las manos en el pantalón. Pidió permiso con los ojos.

Se sentó, se acomodó el fuelle sobre las piernas y tocó unos compases de una milonga, de esas que se bailan con los ojos cerrados. Cuando llegó al final de la frase, cerró el fuelle sobre el La.

Ahí, en medio de las mesas vacías, la nota pegó contra la pared del fondo y volvió.

Nené, de pie junto a la barra, sintió en el pecho un hueco que se movía de lugar. Pensó que en alguna parte de ese sonido había una muesca de lima, chiquita, casi invisible, que solo ella podía ver.

Afuera seguía lloviendo. Alguien en el escenario dijo “otra vez”, y el bandoneón volvió a empezar.

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