Un cajón para Chile Chico

El primer día que Genaro Aillapán se quedó solo en el puesto de control, el viento del lago ya había volteado dos veces el cartel de los plaguicidas. Lo levantó por tercera vez, lo apoyó contra la garita y se puso el chaleco naranja. Hacía veintiséis años que don Mateo Sandoval abría esa barrera. Se había jubilado el viernes y le había dejado una carpeta, un termo con la tapa abollada y una sola recomendación: «Con las abuelas, vos mirá el cajón primero y la cara después».

Era mediados de enero y en las chacras de Los Antiguos se cosechaba desde el amanecer. Se olía desde la ruta: una dulzura tibia y pegajosa, de fruta que se pasó un día de la mano. Los camiones salían cargados hacia Caleta Olivia y los pibes de la cosecha cruzaban en bicicleta con los baldes colgados del manubrio.

A las diez y cuarto apareció una mujer chiquita, con pañuelo en la cabeza y un cajón de madera abrazado contra el pecho. Caminaba despacio, pero sin pausas, como quien ya sabe cuántos pasos hay hasta el puente.

—Buen día, joven. Soy la Leontina Barría. Voy a lo de mi hermana, a Chile Chico.

—Buen día, señora. Documento, por favor.

Ella le dio el DNI sin soltar el cajón. Tenía ochenta y un años y una foto donde se la veía decidida a no sonreír. Genaro anotó los datos en la planilla y después miró el cajón. Estaba tapado con un repasador a cuadros. Levantó una punta.

Cerezas. Negras, firmes, con el cabito verde todavía, tan apretadas que ni el aire pasaba entre ellas. Calculó cinco kilos.

—Señora, la fruta fresca no puede pasar. Ni para allá ni para acá. Es por las plagas, por la mosca de la fruta. Es una norma de los dos países.

—Ya sé —dijo Leontina—. Me lo explicó tu antecesor. Me lo explicó veintidós veces.

—¿Veintidós?

—Una por enero. Con la de este año, veintitrés.

Genaro se acordó de la carpeta y la abrió ahí mismo, contra el mostrador. En la última hoja, con la letra apretada de don Mateo, había una lista de fechas y debajo una sola palabra repetida: «decomisado, decomisado, decomisado». Al final, en lápiz, otra línea: «Ojo con la Leontina».

—¿Y por qué sigue trayendo el cajón si siempre se lo sacan?

—Porque no se lo sacaban. —Leontina se acomodó el pañuelo—. Mateo lo dejaba sobre esa mesa y se hacía el distraído. Yo me daba vuelta, le agradecía, y cuando miraba otra vez el cajón había desaparecido. Decomiso, decía la planilla. Yo creo que se las comía el pobre.

—Eso no estaría bien.

—Y tampoco estaba mal. Alguien tiene que comerlas.

Genaro se frotó la cara con la mano. Afuera, un camión con acoplado pasó levantando polvo y la barrera tembló en su poste. Pensó en el reglamento, en el sello que tenía que estampar, en el balde azul de la esquina donde se tiraba lo decomisado con un chorro de lavandina por encima.

—¿Por qué su hermana no viene hasta acá? —preguntó.

—Porque no la dejan. Se casó del otro lado en el sesenta y uno, con un baqueano que tenía campo en el lago. Y no tiene piernas para dos aduanas en un día. Desde que enviudó yo cruzo una vez al año. Un año me tocó una cosa y otro año me tocó otra, y cuando quise acordarme llevábamos veintitrés enero sin comer las mismas cerezas.

—¿Las mismas?

—Las de la chacra de mi padre. Mi hermana dice que de ese lado no dan igual. Dice que les falta no sé qué. —Leontina miró hacia el río, que se veía brillar entre los álamos—. Yo digo que lo que falta es que alguien se las ponga en la mano.

Genaro se quedó callado un rato. Después salió de la garita con la planilla y caminó hasta la mitad del puente, mirando el agua. El Jeinimeni bajaba verdoso, rápido, con espuma en los bordes, camino al lago grande. Del otro lado, en la garita chilena, un carabinero tomaba mate sin apuro. Le hizo una seña con la cabeza, como se hace entre colegas.

Volvió.

—Señora, el cajón no pasa. Eso no se discute. Pero la línea del medio del puente también es un lugar. Si usted me acompaña, y si su hermana quiere venir hasta ahí, se pueden sentar cada una de su lado.

—¿Y las cerezas?

—Las cerezas se comen ahí, sin cruzar. Cada fruta que sale del cajón se la come la persona que la agarra. Y los carozos van al río. Lo que sobre, lo decomiso yo.

Leontina lo miró largo, con esos ojos chiquitos y claros que ya habían visto pasar a muchos funcionarios.

—Mateo nunca pensó eso.

—Mateo no tenía el termo abollado de hoy —dijo Genaro, y fue la única broma que se permitió en todo el día.

Llamaron del otro lado por radio. Pasó media hora, y a las once y diez bajó una camioneta vieja del lado chileno. Se bajó una mujer todavía más chiquita que Leontina, con un bastón de pino y un sombrero de ala corta. Caminó despacio por la vereda del puente hasta quedar frente a su hermana, a tres metros, justo donde la pintura marcaba la raya.

No se abrazaron. Se miraron con una especie de enojo antiguo, de los que se arrastran con cariño. La de Chile Chico habló primero.

—Estás más flaca.

—Vos más vieja.

Genaro llevó el cajón hasta la mitad del puente y lo apoyó sobre el pretil de hierro. Retiró el repasador. Leontina eligió una, la más oscura, y se la dio a su hermana estirando el brazo sin cruzar la raya. La otra la tomó con dos dedos, le sacó el cabito y se la llevó a la boca.

Cerró los ojos. Masticó despacio. Cuando abrió los ojos de nuevo estaban brillantes y fruncidos de rabia.

—Ahí está —dijo—. Es la misma.

—Te lo dije hace veintitrés años.

—Callate y dame otra.

Comieron las dos, una por una, hasta que los dedos se les pusieron violetas y las bocas también. Escupían los carozos por encima del pretil, con puntería de chicas, y los carozos caían al Jeinimeni y se iban con la espuma. Genaro, de espaldas, anotó en la planilla: «Decomiso: 5 kg cerezas. Destino: río». Firmó, estampó el sello y cerró la carpeta.

Cuando levantó la vista, el carabinero del otro lado había salido de la garita. Tenía una cereza en la mano que alguien le había alcanzado. La miró a trasluz como si fuera un reloj y se la comió.

Esa tarde el viento se calmó un rato. Al río, que seguía bajando hacia el lago, todavía le iban llegando carozos, lentos, oscuros, brillantes, uno detrás de otro.

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