La alarma sonó a la una y cuarenta, un pitido de grillo eléctrico que venía del termómetro clavado en el cuadro de las Williams. Hernán abrió los ojos en la pieza de cuando era chico, con las cajas de mudanza apiladas contra el ropero, y tardó un segundo en acordarse de dónde estaba. En Allen. En la chacra de su viejo. A las diez de la mañana tenía que firmar el boleto de venta en una escribanía de la calle Roca.
Bajó la escalera en medias. En la cocina ya estaba prendida la luz, y su padre, Ítalo, sentado con la campera de abrigo puesta sobre el piyama, calentaba agua en la pava abollada.
—Dos grados —dijo Ítalo, sin darse vuelta—. Y bajando.
—Ya sé, pa. Lo vi en el celular. Voy a prender la bomba.
—La bomba la prendiste vos hace veinte minutos, con el aviso del pronóstico. Yo la escuché arrancar.
Hernán no contestó. Era cierto. Había salido al galpón a las doce y media, había abierto las válvulas del turno y había vuelto a acostarse con la ropa de trabajo todavía en la silla, como hacía a los dieciséis. Lo que no sabía era que su padre, que a los setenta y nueve años dormía de a ratos y con un oído afuera, lo había seguido con el cuerpo desde la cama.
—Poné la yerba —dijo Ítalo—. Tenemos hasta que salga el sol.
Salieron con un termo y dos mates. Afuera no había viento. Eso era lo peor: durante tres días el sudoeste había soplado seco y duro, y ahora se había apagado de golpe, y en el valle un cielo sin viento y sin una sola nube dejaba que el calor se escapara hacia arriba como el agua de una bañadera destapada. Los álamos de la cortina quedaron quietos contra las estrellas. Se oía el canal, lejos, y más cerca, desde los cuadros, un sonido finito y repetido, tac, tac, tac, tac, el martillo de cada aspersor pegándole a la boquilla de bronce.
Hernán conocía ese ruido de toda la vida y lo había olvidado. Un giro por minuto, le había enseñado su padre. Si da la vuelta más rápido, tira poco agua. Si da la vuelta más lento, el hielo no alcanza a cubrir la flor y la helada se la come igual.
—Ahí —dijo Ítalo, parado en la cabecera del cuadro de las Packham’s, con el mate frío en la mano—. Escuchá.
—No escucho nada raro.
—Justamente. Falta uno.
Hernán aguzó el oído. Tac, tac, tac, tac. Contó mentalmente las filas, separó los sonidos como se separan las voces en una mesa larga. Y entonces lo oyó: un hueco, un compás que no caía, hacia el fondo, entre la quinta y la sexta línea.
Fueron caminando entre los perales, con la linterna apuntando al piso. El suelo estaba duro y brillante, y el agua que rebotaba de los aspersores se iba convirtiendo en una costra de vidrio sobre cada rama. Las flores de peral, blancas, ya no eran flores: eran cápsulas de hielo con un punto de color adentro, como esas moscas dentro del ámbar que había visto una vez en un museo de Neuquén.
El aspersor trabado era uno de los viejos, de metal, con el capuchón torcido. El resorte se había llenado de hielo y el brazo no podía girar. Ítalo se agachó con una dificultad que a Hernán le dolió ver, sacó del bolsillo un destornillador chico y empezó a golpear el hielo con el mango, de a poco, sin apuro.
—Dejame a mí.
—Alumbrame.
Alumbró. Su padre rompió la costra, sopló sobre los dedos, destrabó el brazo con dos golpecitos secos. El aspersor arrancó de nuevo, tac, tac, tac, y el chorro volvió a abrirse en abanico sobre las plantas de la fila.
—Cuarenta años que le pongo capuchón a este —dijo Ítalo—. Y cada tanto se acuerda de que no le gusta.
Siguieron la ronda hasta las cuatro. Dos veces más hubo que arreglar un pico tapado. Una vez Hernán resbaló y se sentó en el barro congelado, y Ítalo se rió con una risa corta, de tos, que Hernán no escuchaba desde antes de que se fuera a vivir a la ciudad. A las cinco y media, el termómetro del cuadro marcaba menos uno y medio. El cielo, hacia el este, empezó a ponerse del color de la leche con un poco de té.
Se sentaron en dos cajones de madera, al borde del cuadro. Ítalo cebó un mate y se lo pasó.
—El comprador es buena gente —dijo—. Tiene malla antigranizo y todo. No te hagas problema.
—Pa, no tenemos que…
—No te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo que es buena gente. —Ítalo miró las filas, el vapor que subía de la tierra cuando el agua tibia tocaba el suelo helado—. Yo sólo quería ver una más. Una noche entera de esas. Pensé que iba a poder solo, pero me alegra que no.
El sol salió por detrás de la barda con un filo de cobre. Y entonces las flores se encendieron. Cada peral, cada rama, cada cápsula de hielo se prendió desde adentro con una luz amarilla y rosa, miles y miles, y el tac de los aspersores se mezcló con un crujido finito, como de vidrio cuando se parte despacio.
Hernán sacó el celular del bolsillo. Tenía un mensaje de la escribanía confirmando el horario. Lo miró un rato, y después lo dio vuelta sobre la rodilla y dejó que la pantalla se apagara sola, mientras su padre, a su lado, contaba bajito, uno por uno, los aspersores que seguían girando.
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