Una carta para las cuatro esquinas

El sobre llegó un martes, entre las boletas de la cooperativa y un folleto de semillas, y Dora Fainstein lo reconoció antes de leerlo. Tenía ese papel finito de los correos de afuera, con tres sellos que no se parecían entre sí y una letra que apretaba las vocales como si el cartero hubiera sido avaro con la tinta.

Lo dio vuelta dos veces sobre la mesa de la sucursal. “Familia Rabinovich. Moisés Ville, Santa Fe. Las cuatro esquinas, casa del portón verde.”

—¿Rabinovich? —dijo Ramiro, el otro empleado, sin levantar los ojos de la balanza—. Acá no hay ningún Rabinovich desde que yo trabajo.

—Treinta años de cartera, Ramiro. Y esa dirección no me suena.

—Devolvelo. Pone “destinatario desconocido” y que se arreglen.

Dora no lo devolvió. Lo guardó en el bolsillo de la campera, entre el termo y el paquete de pastillas de menta, y salió con la moto por la calle de tierra que corta el pueblo en línea recta, como si alguien la hubiera trazado con regla un siglo atrás. En parte alguien lo había hecho. Las casas de la colonia se pusieron pegadas a las esquinas para que los vecinos se oyeran toser, y desde entonces el pueblo conserva esa costumbre de saber de más.

La fiesta era el sábado. Ya había banderines en la plaza, y en la panadería de la calle principal una chica amasaba pan trenzado con el delantal lleno de harina hasta los codos. Dora se bajó, pidió dos y preguntó por el portón verde.

—Hay muchos portones verdes —dijo la chica—. Pregunte en la biblioteca.

La biblioteca Barón Hirsch olía a papel húmedo y a pava recién calentada. Adentro, la bibliotecaria, una mujer menuda que se llamaba Sara y tomaba mate sin apuro, miró el sobre a trasluz, como quien busca una filigrana.

—Rabinovich —repitió—. Ese apellido se fue en el treinta y pico. Una parte a Rosario, otra a Buenos Aires. Quedó un tío abuelo sin hijos, y la casa la compró un tambero.

—¿Y el portón verde?

—Ese lo repintaron cuatro veces. Ahora es azul. —Sara sonrió con un solo costado de la boca—. Pero no se lo digas al que vive ahí. Dice que sigue siendo verde, que es la luz.

Dora salió con las trenzas de pan en una bolsa y una dirección: la esquina de la sinagoga, la casa del tambero Horacio Bender. Llegó a las cinco de la tarde con el sol bajo, que en el campo pega de costado y le saca el color a todo. El portón era azul, descascarado, con una cadena y un perro dormido atrás que no se movió.

Horacio salió secándose las manos con un trapo. Tenía las botas todavía con barro de la ordeñe y una gorra que había perdido el color hacía décadas.

—No conozco a ningún Rabinovich —dijo, después de mirar el sobre un rato largo—. Pero la letra… Esa letra la vi.

Entró y volvió con una caja de galletitas oxidada. Adentro había cartas viejas atadas con hilo de coser, todas con el mismo apretujamiento de vocales.

—Estaban debajo del piso de la cocina. Cuando levantamos las baldosas, el año del agua. No las tiré porque no las entendía y no me animé a tirar lo que no entiendo.

Dora abrió el sobre nuevo con el permiso de nadie y con la culpa de todos. Adentro había una hoja escrita a mano, en castellano de diccionario, y una fotografía en blanco y negro de una puerta de madera con una mezuzá torcida. Detrás, con lápiz, alguien había anotado: “Kamianets-Podilskyi, la puerta de mi abuelo. Busco la que se llevó mi tío a la Argentina.”

—Mi tío no se llevó ninguna puerta —murmuró Horacio, y después se quedó callado.

Los dos miraron el marco de la cocina, que se veía por la ventana, una madera oscura con una marca más clara en el lado derecho, a la altura de un hombro. Ahí hubo algo clavado, durante mucho tiempo, y alguien lo sacó con cuidado para no romper la madera.

—Yo creí que era una marca de humedad —dijo Horacio.

Dora puso la fotografía contra el marco. Calzaban. Hasta la inclinación del travesaño.

No hablaron del asunto más de lo necesario. Horacio fue hasta la caja de herramientas, buscó un martillo y unos clavos finitos, y después de mucho rebuscar apareció con algo envuelto en un repasador: una mezuzá de latón, abollada, que había guardado “por si acaso”, sin saber para qué. La clavó él mismo en el lado derecho, con tres golpes, sin ponerse solemne. Dora sostuvo el marco con la palma.

—Tengo que escribirle —dijo Horacio—. Pero no sé cómo se empieza.

—Se empieza por la dirección —contestó Dora—. Y le ponés bien clarito que el portón es azul, pero que usted lo ve verde.

El sábado, en la fiesta, la plaza se llenó de mesas largas, y cada colectividad llevó lo suyo: empanadas, varenikes, pasteles de dulce de membrillo. Dora anduvo entre los puestos con la bolsa de la correspondencia vacía y la moto estacionada atrás de la iglesia. Al pasar por la mesa de la biblioteca, Sara le acercó un mate sin preguntar.

A las siete, cuando empezó a bajar el sol, Horacio llegó con un sobre en la mano y se lo dio a Dora sin decir palabra. Tenía una estampilla de las comunes, puesta apenas torcida, y una dirección escrita con letra de tambero, grande y despareja.

Dora lo tomó, lo puso en el bolsillo de la campera y se quedó un momento mirando cómo el sol, que pegaba de costado, le sacaba el azul al portón y lo devolvía verde.

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