A las cuatro y media de la madrugada, con tres grados bajo cero en el patio, Fermina Brizuela ya tenía el fuego prendido y la pava arriba. Había dormido poco y mal, como siempre en julio, cuando la fiesta se acerca y las manos no alcanzan. En el telar, tensado entre los dos palos de algarrobo que su marido había clavado en el galpón hacía cuarenta años, colgaba el poncho de vicuña. Le faltaban cuatro palmos.
Lo había urdido Eusebio el invierno anterior, cuando todavía podía sentarse una hora seguida. Ojo de perdiz, en blanco y marrón, con ese damero chico que obliga a contar cada hilo como quien cuenta ovejas en la noche. «El cuadro para urdir es más difícil», decía él, «porque si confundís el hilo ya sale mal». Después se había muerto en marzo, con la urdimbre lista y la trama sin empezar, y Fermina había dicho en el velorio, delante de todos, que ese poncho iba a llegar a Catamarca.
Tomó el mate cocido parada, mirando la lana. Era de la vicuña que los chicos de la cooperativa habían esquilado en el arreo de octubre, hilada a mano durante meses, tan liviana que el viento del galpón la hacía respirar. Se sentó en el banquito, pasó la lanzadera, apretó con la pala y contó. Uno, dos, tres. La luz del foco le temblaba sobre los nudillos hinchados.
Fue a las cinco menos veinte cuando lo vio.
Era un solo hilo, en la octava franja de abajo hacia arriba. Un blanco donde tenía que ir un marrón. Desde lejos no se notaba, pero desde cerca sí: el damero se torcía un cuadradito, como un escalón que alguien pisó mal. Fermina dejó la pala sobre las rodillas. Se quedó mirando, y sintió que el frío le subía por las piernas.
Podía deshacerlo. Eran siete franjas de trama para atrás, dos horas y media de trabajo si no se le cortaba la vicuña, y el colectivo a San Fernando del Valle salía de la plaza de Belén a las seis, con el poncho adentro o sin poncho. Podía no ir. Podía llegar al pabellón de artesanías y decir que no estaba terminado. Podía, también, dejar el hilo.
—Vos sabías —dijo en voz alta, al telar—. Vos sabías que lo habías puesto mal.
El galpón no contestó. Afuera ladró un perro, y a lo lejos se oyó el motor de la camioneta de los Suárez, que bajaba temprano por el camino de ripio.
Fermina se acordó de otra cosa. En 1989, cuando se casaron, Eusebio le había tejido un chal de oveja para que no pasara frío en la casa nueva. Ella lo usó treinta años y siempre le dio rabia una guarda que salía torcida en una esquina. Nunca se lo dijo. Un día, lavándolo en el río, se dio cuenta de que le gustaba esa esquina más que todo el resto. Era lo único del chal que tenía su letra.
Se levantó, se puso el poncho viejo sobre los hombros y salió al patio. El cielo estaba negro y clarísimo, con las estrellas tan bajas que parecían de la casa de al lado. Respiró hondo, le dolió el pecho de frío, y volvió a entrar.
No deshizo nada. Tejió la octava franja entera con el hilo blanco donde no tocaba, y siguió con la novena y la décima, contando, apretando, sin apurarse más de lo que las manos podían. A las cinco y media cerró el último palmo. Cortó la trama con el cuchillo chico, ató los flecos de a cuatro, y recién ahí lo soltó del telar. El poncho cayó sobre sus brazos con un peso que no era el de la lana. Pesaba seiscientos gramos, quizás menos.
Lo dobló en cuatro, lo envolvió en una funda de algodón y se lo puso bajo el brazo. En la plaza de Belén ya estaba el colectivo con el motor andando y los vidrios empañados. Los del pueblo subían con sus bultos, sus termos y sus abrigos de domingo. La Juana Gutiérrez, que tenía puesto en la muestra desde hacía años, le hizo lugar al lado de la ventanilla.
—¿Lo terminaste, Fermina?
—Lo terminé.
—¿Y cómo salió?
Fermina apoyó la funda en la falda y pensó un rato la respuesta mientras el colectivo arrancaba y las últimas casas de adobe iban quedando atrás, con el humo de las cocinas subiendo derecho.
—Con un error —dijo—. Uno solo. Y es de los dos.
Juana no preguntó más. Esa gente sabía de qué hablaba. Afuera clareaba sobre los cerros, el amarillo primero, el rosa después, y en la ventanilla Fermina vio su propia cara con el pelo recogido, tan parecida a la de su madre que se rió sola.
Tres días más tarde, en el Predio Ferial, un jurado de guardapolvo gris levantó el poncho a la luz de un reflector y lo recorrió con los dedos, franja por franja, hasta que llegó a la octava. Se detuvo. Fermina, de pie detrás del mostrador, sintió que el corazón le golpeaba como una pala contra la trama.
El jurado la miró.
—Acá hay un hilo cambiado.
—Sí —dijo Fermina—. Ese es el firmante.
El hombre tardó un momento. Después volvió a bajar la vista, pasó el pulgar por el cuadradito torcido, despacio, como quien toca el borde de una cicatriz, y dejó el poncho sobre el paño con las dos manos, con mucho cuidado, como si estuviera durmiendo.
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