El cartel de la demolición llevaba tres semanas pegado en la persiana y Aldo ya había dejado de leerlo. Decía una fecha, un número de expediente y el nombre de una constructora. Lo que no decía era que el lunes a las ocho entraban las máquinas, y que el sábado, por lo tanto, era el último día de la peluquería.
Había barrido temprano. Había guardado los peines en el cajón de abajo, envuelto el sillón con una frazada y bajado de la pared el almanaque de la panadería, que seguía en abril de hacía dos años. Quedaba una sola cosa por hacer, y esa cosa llegaba a las diez.
A las diez menos cinco se oyó el chirrido de la puerta. Entró Marisa, la hija de Pelusa Giménez, con un hombre agarrado del brazo. Era alto, flaco, de saco marrón abrochado hasta arriba aunque ya apretaba el calor, y miraba el piso de mosaicos como si el piso fuera a decirle algo.
—Don Aldo, este es mi papá, Teodoro —dijo Marisa—. Hoy le toca. Me caso en dos horas y quiere estar prolijo.
—Ya sé quién es —dijo Aldo.
Teodoro levantó la vista por primera vez.
—Yo a vos no te conozco.
—Ahí está el asunto. Yo a usted sí. Usted pasaba por esa vereda todos los sábados cuando yo todavía barría pelos para mi viejo. Después dejó de pasar.
Marisa abrió la boca para decir algo, y Aldo le hizo un gesto con la mano. Ella se sentó en la silla de espera con la cartera en la falda, y Teodoro, que parecía haber estado esperando el permiso, se dejó caer en el sillón.
Aldo le puso la capa. Le humedeció el pelo con el spray, que olía a lavanda barata, y empezó con la tijera por la nuca. Al principio nadie habló. Por la ventana entraba el ruido de un camión de los silos, y más lejos, bajito, el silbato de alguna formación que cruzaba las tres vías hacia el norte.
—Treinta y un años —dijo Teodoro de golpe—. Desde la huelga del talle.
—Del taller del Central Argentino.
—De ahí. Yo era capataz. Me tocó firmar una lista y no la firmé, y después la firmé. Y los muchachos del barrio dejaron de saludarme. Entonces me mudé a calle Alberdi, que está del otro lado, y me dije que cruzar las vías no valía la pena.
—Siete cuadras.
—Siete cuadras. Treinta y un años.
Aldo no contestó. Pasó la máquina por las patillas y sintió que el hombre se ablandaba en el sillón, como se ablandan los que no saben que estaban tensos. Marisa miraba para otro lado y se apretaba el borde de la cartera.
—Mi viejo tenía esta peluquería cuando se hizo la lista —dijo Aldo—. Lo sé porque lo escuché. Él decía que el pelo de los que firmaron y el pelo de los que no firmaron cortaba igual.
—Qué sabio.
—No. Tenía miedo de perder clientela. Pero lo decía bien.
Teodoro se rio, una risa corta, medio atragantada. Aldo aprovechó y le giró el sillón hacia el espejo.
—Falta la barba.
Abrió el cajón de arriba, el único que no había vaciado, y sacó la navaja. Era de su padre, con el cabo de hueso amarillento y una muesca cerca del tornillo. Le pasó el cuero dos veces, despacio. Después batió la espuma en la taza, con la brocha, hasta que hizo punta.
—Hace veinte años que nadie me afeita con navaja —dijo Teodoro.
—Yo hace nueve que no afeito a nadie con ella. La guardaba.
—¿Para qué?
Aldo le extendió la espuma por la mejilla y el mentón. Tenía las manos firmes, de ese pulso que no se pierde aunque se pierda todo lo demás.
—Para hoy, parece.
Fue bajando por el cuello con la hoja, de arriba abajo, sin apurarse. El filo hacía un sonido seco y parejo, como una hoja de papel que se rasga. Teodoro cerró los ojos. Marisa dejó de apretar la cartera.
Cuando terminó, Aldo le pasó una toalla caliente y esperó. Después sacó la capa de un tirón, la sacudió, y los pelos grises cayeron al mosaico, sobre las baldosas que su padre había elegido en 1961 por baratas y ahora iban a quedar enterradas en escombro.
Teodoro se miró. Se tocó la cara con las dos manos, como si fuera la de otro.
—No me debés nada —dijo Aldo, antes de que sacara la billetera.
—Algo te voy a dejar.
—Déjeme que vaya a su casamiento del otro lado de las vías, aunque sea a la puerta. Quiero ver cómo cruza.
Fueron los tres hasta la esquina. Aldo bajó la persiana por última vez y dejó la llave puesta en la cerradura, porque a las máquinas no les hacía falta. A la vuelta, en las tres vías, el guarda levantaba la barrera para dejar pasar a un camión del puerto, y los autos esperaban con el motor en marcha. Del otro lado, entre los silos, se veía el río, ancho y marrón, con el sol encima.
Teodoro se acomodó el saco, dio el brazo a su hija, y cruzó. No miró para atrás. Aldo se quedó en la vereda con la navaja todavía en el bolsillo, tibia, y vio cómo el hombre, ya del otro lado, se llevaba una mano a la mejilla recién afeitada y la dejaba ahí, como quien no quiere que se le escape el último rato de algo.
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