A las seis menos diez, Cacho Ferreyra ya estaba en la Avenida de los Corrales con las botas de goma puestas y el termo bajo el brazo. Hacía frío de mayo, de ese que se mete por la nuca, y el aire olía a lo de siempre: bosta mojada, pasto húmedo, humo de las parrillas que alguien había prendido temprano para el choripán. Hacía cuarenta y cuatro años que entraba por esa puerta. Ese viernes, por primera vez, la entrada tenía una guirnalda de banderines.
—Cacho, hoy no se trabaja, se despide —le dijo el portero, y le pasó una medalla de lata con una cinta celeste y blanca.
—Yo vengo a trabajar —dijo Cacho, y se guardó la medalla en el bolsillo de la campera sin mirarla.
Del otro lado de la reja, los camiones jaula esperaban en fila, con los motores en ralentí y los focos prendidos. Adentro se movían los lomos oscuros de la hacienda, y el vapor de los hocicos subía en columnitas. Se iban a rematar siete mil quinientas cabezas antes de las once. Después, el lunes, todo seguiría en Cañuelas, a setenta kilómetros, en un predio nuevo con techos de chapa y pasarelas altas. Todo el mundo lo decía con respeto y con una especie de culpa.
Cacho caminó por la pasarela del medio hasta el corral catorce. Ahí lo esperaba su tropa de la mañana: sesenta novillos de un campo de Las Flores, flacos de viaje, nerviosos por el ruido. Moverlos hasta la manga de pesaje era su tarea, y la hacía como la aprendió de su padre, que fue peón de corrales antes que él: sin gritar, sin rebenque, con un silbido de dos notas, una larga que sube y una corta que baja. Los animales lo seguían como si los llamara por el nombre.
Su único deseo para ese día era chico y concreto. Quería mover esa tropa con el silbido, la última de su vida, y que alguien lo escuchara terminar.
A las siete y media sonó la campana de la rueda de ventas y empezó la puja. A las ocho y cuarto, el gerente joven, un flaco con campera de la empresa y un handy en la mano, lo agarró del codo.
—Cacho, escuchame. A las diez y media hay discurso y música en vivo ahí, en el patio de la administración. Vienen autoridades, vienen canales. Necesitamos que los peones no hagan ruido de este lado, ¿puede ser? Que no se escuchen gritos ni silbidos.
—Yo no grito nunca.
—Ya sé, pero los silbidos. El micrófono capta todo.
Cacho miró los corrales, las pasarelas, la torre vieja, las hileras de caños pintados de verde descascarado. Tomó un trago de mate del termo y dijo que bueno.
La mañana corrió rápido y confusa. Los martilleros cantaban sin respirar, los compradores levantaban un dedo, los camiones salían uno tras otro con el acoplado pesado. Cuando le tocó a su tropa, Cacho abrió la tranquera del catorce, se paró en medio de la pasarela baja y esperó. Los novillos se amontonaban contra el fondo, mirándolo de costado. Los dos primeros se plantaron. El tercero resbaló y casi lo lleva por delante.
Con las manos en los bolsillos, Cacho juntó los labios. No salió el silbido. Del patio venía un parlante probando un acordeón, y el gerente joven pasaba por la pasarela alta con el handy, mirando hacia abajo. Se quedó callado. Probó con la voz, con la palma contra el costillar de uno, con paciencia. Los novillos no se movían.
Pasaron veinte minutos. El corral catorce era el último de la fila sin descargar y la rueda estaba por cerrar. Un peón más joven, el Mati, se le acercó con el palo de arreo.
—Dejame a mí, Cacho, así los saco a los empujones.
—No.
Eran las diez y veinticinco. En el patio, alguien dijo «un, dos, probando» y un grupo folklórico empezó a afinar. Desde todos los rincones del mercado se oía un solo murmullo grande, de gente que se despide y no sabe dónde poner las manos. Cacho miró el reloj de pared de la administración, miró al gerente que ya no lo estaba mirando, y entendió que no iba a haber un momento mejor. Iba a haber un momento donde el ruido de todos los demás lo tapara.
Entonces silbó.
La primera nota larga subió despacio, y se perdió enseguida en la música que arrancaba. La nota corta bajó. Los novillos del fondo levantaron las cabezas. Cacho silbó otra vez, sin apuro, dos notas, otra vez dos notas, y el primero se dio vuelta, y el segundo lo siguió, y después los sesenta empezaron a caminar por la pasarela baja en fila, pisando el barro con el mismo ruido pesado de siempre, derechos a la manga, como si los llamara por el nombre.
El Mati se quedó con el palo colgando. El gerente, arriba, levantó la cabeza y por un segundo pareció que iba a decir algo. Después se sacó el handy de la oreja y lo apagó.
Cuando el último novillo entró a la manga, la rueda cerró. Alguien gritó «¡Se terminó!» y se oyeron aplausos en el patio. Subieron la música. Cacho se sentó en el travesaño del catorce con el termo entre las rodillas, y el Mati le trajo un choripán envuelto en una servilleta.
—¿Qué era eso que silbaste?
—Nada. Una seña de mi viejo.
Se comió el choripán despacio. Sacó la medalla de lata del bolsillo, la miró un rato, y se la colgó del clavo donde guardaba el pañuelo de cuello, en la pared del corral. Después juntó los labios y silbó otra vez, bajito, para nadie, las dos notas. La pasarela vacía las devolvió una y otra vez, hasta que el último camión arrancó en la Avenida de los Corrales y ya no quedó nada que contestara.
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