El camioncito de Hugo Cabañas

A las siete de la mañana Hugo Cabañas ya había levantado la persiana de la gomería, aunque ese día nadie iba a venir a pinchar nada. En la Ruta 141, a la altura de Vallecito, los camiones no paraban a arreglar cubiertas. Pasaban en fila, lentos, con las bocinas atadas a una sola alegría, camino al santuario. Era noviembre y era la caravana.

Él tenía otra cosa en la cabeza. Sobre el banco de trabajo, entre el desmontador y la lata de parches, descansaba un camioncito de chapa de treinta centímetros de largo, un Mercedes con acoplado, pintado de azul con una franja blanca. Lo había hecho durante el invierno, de noche, con latas de aceite abiertas con la tijera y soldadas con estaño. Tenía puertas que se abrían, espejos de alambre y una patente chiquita que decía SJ 417.

Le faltaba una pieza. Una sola.

Había prometido dejarlo en la Capilla del Camionero ese mismo día. Lo había prometido hacía treinta y un años, una noche de tormenta de tierra en la que volvía de Caucete con la camioneta sin frenos, el hijo chico dormido en el asiento y la ruta borrada por el viento. Había frenado en el último metro antes del zanjón. Después, con la mano temblando, había dejado en la banquina una botella de agua y había dicho en voz alta: si salimos de esta, te llevo un camión. Al hijo, que ahora manejaba largas distancias para una empresa de Mendoza, nunca le había contado la promesa.

Treinta y un años. Primero no había plata, después no había tiempo, después le dio vergüenza que lo vieran llegar con un juguete. Este año se le había acabado la vergüenza, o se le había acabado el resto.

Lo que faltaba era la rueda de auxilio, la que va colgada bajo el acoplado. Había probado con una tapa de gaseosa, con un botón, con una arandela. Todo quedaba chueco. Un camión sin su rueda de auxilio es un camión que confía demasiado, y Hugo, que había visto cada rotura posible en cuarenta años de ruta, no podía ofrecer algo así.

A las ocho y media llegó Norma, la de la proveeduría, con el termo bajo el brazo.

—¿Qué hacés acá, Hugo? Hoy es la fiesta.

—Estoy trabajando.

—No hay un alma.

—Ya sé.

Norma miró el camioncito y no dijo nada. Sirvió dos mates y se sentó en un banquito de cubierta. A lo lejos se escuchaban los motores, un trueno parejo que venía subiendo desde San Juan, sesenta y cuatro kilómetros de camiones.

—Te falta una rueda —dijo ella al fin.

—Una rueda de auxilio.

—Chiquita.

—Chiquita y buena. Con goma de verdad.

Norma tomó el mate despacio. Después se levantó, rebuscó en la cartera, y volvió con algo en la palma. Era un aro de bronce, más grande que una moneda, con un reborde gastado. Lo apoyó sobre el banco.

—Es de la canilla de mi mamá —dijo—. Se rompió la canilla hace años, el aro quedó. Mirá si te sirve.

Hugo lo tomó con dos dedos. Era casi del diámetro. Le faltaba la goma, y la goma era la parte difícil, porque la goma tenía que oler a goma, a taller, a camino. Entonces se acordó de la cubierta vieja que colgaba de un clavo, la que había sacado de un Torino en el ochenta y pico y que nunca había tirado. Cortó con el cuchillo una tira finita del flanco. La enhebró por el aro, la pegó con cemento de parches y la dejó apretada bajo una morsa mientras se acababa el mate.

A las diez la caravana ya pasaba por la puerta. Camiones azules, rojos, de acoplado con banderas, un Scania con la imagen de la Difunta pintada en el parabrisas. Alguien tocó la bocina larga para saludarlo y Hugo levantó la mano sin darse vuelta, con la lupa puesta, soldando la rueda al soporte con una gota de estaño.

—Listo —dijo.

Norma se asomó. El camioncito estaba entero, con su rueda de auxilio negra, redonda, firme. Hugo lo envolvió en un repasador y salió caminando por la banquina, porque la ruta estaba tomada por los camiones y no había otra forma de llegar.

Era un kilómetro y pico hasta el santuario. Cruzó el predio entre carpas, vendedores de estampitas, familias comiendo empanadas bajo los algarrobos, y la pasarela con sus cintas rojas, y los puestos con las botellas de agua apiladas como ladrillos. Entró a la capilla con el corazón en la boca. Adentro era un galpón lleno de camiones: de lata, de madera, de plástico, de juguete comprado y de juguete hecho, chapas patentes clavadas en las paredes, fotos de choferes con sus hijos.

No encontró lugar libre. Dio la vuelta una vez, dos. Estaba por salir cuando vio, en un rincón bajo, junto a una patente de Santiago del Estero, un espacio del tamaño justo para un camión chico.

Se agachó. Desenvolvió el repasador. Lo acomodó con el frente hacia la puerta, como se acomoda un camión que está por salir. Después sacó del bolsillo una botella de agua de medio litro que había llenado esa mañana en la canilla de la gomería y la dejó al lado.

—Treinta y un años —dijo, bajito—. Perdoná la demora.

Afuera sonó una bocina larga, y después otra, y otra más, hasta que la capilla entera vibró con los camiones que llegaban. En el rincón, la rueda de auxilio del camioncito azul tembló apenas, como si alguien hubiera pasado por la ruta.

Hugo se persignó, se levantó con las rodillas crujiendo y salió a buscar a Norma, que seguramente ya estaba haciendo la cola del almuerzo.

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