El teléfono de la Estación 3 sonaba distinto cuando venía de arriba. Remedios Ocampo había aprendido a reconocerlo en dos años de turnos en El Parrón: de abajo, desde Chilecito, el timbre llegaba seco y puntual, como una orden. De arriba llegaba con un temblor, porque la línea trepaba por los cerros colgada de los mismos postes que el cable, y el viento del Famatina le metía el dedo.
Esa tarde no sonaba. Remedios miraba el aparato con la pava en la mano, sentada en el cuartito de la estación, entre la caldera que roncaba despacio y el libro de partes con su lápiz atado a un piolín. Afuera pasaban las vagonetas, una tras otra, con ese ruido de rueda sobre cable que a los de abajo les parecía música y a ella, cansancio. Bajaban cargadas de mineral. Hacía semanas que bajaban menos.
Había nacido una nena. Eso era todo. La partera de Famatina la había traído esa mañana, a las seis, con la ayuda de dos vecinas y un fuego de algarrobo, y la madre estaba bien, y la cuñada de Remedios lloraba y reía en la casa de adobe de la calle Joaquín V. González, mientras en el pueblo se hablaba de otra cosa: de que el cablecarril iba a parar, de que los ingleses se iban, de que no se sabía qué hacer con tanta torre.
Teodoro no lo sabía. Teodoro, su hermano, hacía cuatro meses que estaba arriba, en La Mejicana, de balancero, a más de cuatro mil metros, donde el agua se helaba en el balde y el pan se llevaba duro desde abajo. Había bajado una sola vez, para el casamiento. Había dicho: «Cuando nazca, avisame, Reme, aunque sea con una seña». Y no había forma. El teléfono era de la empresa. El libro decía, en la primera página, en letra de imprenta: Prohibido todo mensaje que no sea de servicio.
Levantó el auricular. Lo bajó. Lo volvió a levantar.
—Estación 3 llamando a Estación 4 —dijo, y la voz le salió más baja de lo que quería.
Del otro lado, en Siete Cuestas, contestó Anselmo Barrionuevo, un viejo que había puesto torres de joven y todavía les hablaba como a animales.
—Dígame, Ocampito.
—Don Anselmo, tengo un parte para La Mejicana. Para el balancero Teodoro Ocampo.
—¿De servicio?
Remedios cerró los ojos.
—De servicio —mintió—. Dice: «Llegó repuesto. Mujer, sin novedad. Pieza nueva, funcionando bien».
Hubo un silencio largo, de esos donde se oye el hilo trabajando. Después Anselmo carraspeó.
—Pieza nueva —repitió—. Entendido. Lo paso. Yo en su lugar le agregaría «peso: tres kilos doscientos», que los repuestos siempre se pesan.
—No sé el peso.
—Yo lo averiguo. Tengo una sobrina en la partera.
Cortó. Remedios se quedó con el auricular tibio contra la oreja, sin saber si se había salvado o si se había metido en un lío. Se tomó un mate lavado. Se asomó a la ventana: la vagoneta número cuarenta y siete pasó balanceándose, y en el balde de atrás alguien había dejado, quién sabe por qué, una pala torcida.
Pasó una hora. Pasaron dos. El parte subía de estación en estación, de cabina en cabina, y ella lo imaginaba por el aire, colgado del cable como una vagoneta chica, más liviano que cualquiera. Cueva de Romero. El Cielito. Calderita Nueva. En cada una, un hombre solo en un cuartito, con un lápiz y un reglamento, decidiendo si levantar o no un auricular.
A las ocho, cuando ya había encendido el farol, sonó el teléfono. Sonó con el temblor de arriba.
—Estación 3.
—Parte de La Mejicana para Estación 3 —dijo una voz que no era la de su hermano, una voz de telefonista, plana, de oficina—. Recibido su aviso. Acuse de recibo. Se pide… —y acá la voz perdió un poco el reglamento—. Se pide que se confirme el nombre de la pieza nueva, por razones de inventario.
Remedios sintió que le subía el calor a la cara. Miró el libro de partes, miró el piolín, miró la caldera. Pensó que la nena no tenía nombre todavía. La cuñada había dicho que esperaba la opinión del padre. Pero el padre estaba a cuatro mil metros, y esa pregunta había hecho todo el camino hacia abajo, estación por estación, por una línea que solo servía para hablar de repuestos.
—Un momento —dijo.
Bajó el auricular. Salió al pasillo de la estación, donde el aire ya era frío y olía a carbón mojado, y le gritó a un peón que pasaba con un farol:
—¡Don Lucho! ¿Me hace el favor de bajar a Chilecito y preguntar a la casa de mi cuñada cómo quedó decidido?
—¿Cómo quedó qué?
—¡El nombre!
El peón se rio y se fue trotando por el sendero, con el farol dando saltos. Remedios volvió a entrar y esperó, con el auricular otra vez en la mano, sin cortar, para que la línea no se enfriara. Del otro lado nadie hablaba. Pero se oía respirar, lejos, a un hombre que había subido hasta el último poste del mundo para escuchar una sola palabra.
Don Lucho volvió casi a las diez, sin aire.
—Dice la señora… —jadeó— que, si el padre quiere, Remedios.
Remedios se llevó la mano a la boca. Después acercó el auricular a los labios y habló despacio, como quien dicta una carta de verdad.
—Parte para La Mejicana. Nombre de la pieza: Remedios Ocampo. Peso: tres kilos doscientos. Estado: perfecto.
Del otro lado hubo un ruido que podía ser el viento, o la estática, o un hombre que se sonaba la nariz con un pañuelo de lona. Después la voz de la oficina, otra vez plana, ya sin ganas de disimular:
—Recibido. Se acusa recibo. —Una pausa—. El balancero Ocampo dice que gracias, que no se baja hoy porque no hay vagoneta, pero que mañana baja en la primera aunque tenga que venir colgado del cable.
—Dígale que no hace falta —dijo ella, riendo y llorando a la vez—. Que la pieza no se va a ningún lado.
Cortó. Se sentó. Tomó el lápiz del piolín y anotó en el libro de partes, con su mejor letra, en la columna de «Novedades»: Sin novedad.
Y arriba, entre los cerros, la última vagoneta de la noche siguió su camino por el cable, con la pala torcida en el balde de atrás y el farol de la torre cuarenta y siete encendido para nadie.
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