La chapa de la ventanilla ya estaba caliente a las seis de la tarde, y Nilda Benítez la tocó con la punta de los dedos, como se toca una plancha, para saber cuánto faltaba. Faltaba mucho. En Corrientes, en enero, el calor no baja con el sol: se queda a vivir en las cosas. Abrió el cajón, contó los rollos de entradas por tercera vez y puso el termo de tereré en el piso, donde el aire de la sombra era un poco menos malo.
Desde las siete la gente empezaría a llegar con las conservadoras y las sillitas plegables, los chicos con el pelo mojado de la ducha de las cinco, los mayores con el pañuelo al cuello. Ella cobraba la entrada, devolvía el vuelto y decía «que disfruten» ciento cincuenta veces por noche. Era la décima noche, el cierre. Desde el mediodía el cartel decía AGOTADO, escrito con marcador sobre un cartón, porque el cartel de verdad se había gastado.
—Nilda.
Su padre estaba parado del lado de afuera, bajo el alero, con la camisa blanca abotonada hasta arriba y el sombrero en la mano. Don Teodoro Benítez tenía ochenta y un años, había tocado el acordeón de botones en bailes de Mercedes y de Curuzú Cuatiá durante medio siglo, y hacía seis años que no oía ni el timbre de su propia casa. Había venido en el colectivo desde la otra punta de la ciudad, solo, y eso ya era una noticia.
—Papá. No me avisaste.
Él leyó los labios, que era lo que hacía ahora con todo, y se encogió de hombros. Sacó del bolsillo una libretita y escribió con la letra grande de los que ya no se escuchan escribir: «No vine a entrar. Vine a estar cerca».
Nilda miró el cartón, miró la fila que ya se armaba en la vereda, miró el cajón donde guardaba, doblada en cuatro, la entrada que le tocaba a ella por ser del personal, la que nunca usaba porque siempre había alguien que necesitaba el cambio. La sacó. Se la mostró. Él negó con la cabeza, despacio, y escribió: «Adentro es mucho. Me mareo con el ruido que no oigo».
Era cierto, y ella lo sabía. Los primeros meses, después de que se le apagó el oído, su padre iba a los lugares llenos y volvía enfermo, como si el cuerpo siguiera esperando un sonido que no llegaba y se lo cobrara en vértigo. Dejó de ir. Dejó de tocar. El acordeón quedó en su funda, sobre el ropero, con las hebillas de bronce cada vez más opacas.
—¿Entonces qué querés?
La libretita otra vez. «El grito. El de la última noche. Quiero estar cerca cuando lo den».
El sapucay. Cada noche, a una hora que nadie anunciaba, alguien subía al escenario y soltaba ese grito largo y quebrado que no es de dolor ni de alegría, sino de las dos cosas juntas. Esa noche era el décimo. Nilda lo había escuchado nueve veces desde la ventanilla, con la música llegándole por encima de la pared y de las cabezas, y las nueve veces le había dado un escalofrío en la nuca.
—Pasá —dijo, y levantó la tabla del mostrador.
Don Teodoro entró a la boletería, que medía tres metros por dos y olía a tinta, a plata gastada y a repelente. Se sentó en el banquito de ella. Ella le puso el termo entre las piernas y un vaso con yuyos, y él chupó la bombilla con los ojos cerrados, agradecido, como quien por fin llega a una sombra.
La fila avanzó. Nilda cobró, devolvió vuelto, dijo «que disfruten». Cada tanto miraba de reojo: su padre con el sombrero en la rodilla, mirando el techo de chapa como si leyera algo escrito ahí. A las ocho y diez, desde adentro, llegó el primer golpe grave. Los vidrios de la ventanilla zumbaron. Los chicos que pasaban saltaron un poco, riéndose, y se perdieron corriendo hacia la puerta.
Su padre abrió los ojos.
No había oído nada, pero algo le había llegado igual. Puso la mano abierta sobre el mostrador de chapa, plana, con los dedos separados, y la dejó ahí. Nilda entendió. El bombo no se oía, pero se sentía a través de la pared, del piso, del metal. Era el único idioma que le quedaba sin traducir.
Pasó una hora. Pasaron dos. La fila se acabó y las entradas también, y Nilda bajó la persiana hasta la mitad y se sentó en el cajón de las bobinas, al lado de él, con la espalda contra la pared. La música ya no era música sino temperatura: un pulso lento que subía por el cemento y se les metía en los huesos. Él le seguía el compás con el pulgar, sobre la chapa, medio tiempo atrasado, como siempre había tocado.
Y entonces la pared cambió. Fue un segundo antes. Nilda lo notó en los pelos del brazo: el pulso se detuvo, y adentro, a doscientos metros de ese cuartito, miles de personas dejaron de respirar juntas. Su padre levantó la cabeza. No había oído nada. Sintió el silencio, que también tiene peso, y supo.
El grito subió desde el escenario, largo, rajado, y la chapa del mostrador tembló bajo la palma de él como una cuerda tocada. Nilda se tapó la boca. Los ojos de su padre se llenaron y él ni siquiera parpadeó. Abrió la boca. Ella pensó que iba a decir algo, y no dijo: dio un grito. Un sapucay viejo, de garganta oxidada, que no se había usado en seis años y que salió desparejo, demasiado fuerte, sin saber de qué tamaño era.
Se perdió adentro del otro. Nadie en el mundo habría podido decir cuál era cuál.
Cuando terminó, él se quedó con la boca todavía abierta, mirándose la palma sobre la chapa. Después sonrió, agarró la libretita y escribió una sola línea, con la letra de siempre: «Mañana me bajás el acordeón del ropero».
Nilda dijo que sí. Aunque no la oyó, él lo leyó en los labios.
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