A las once de la noche, en el galpón de las vías viejas, el único ruido era el del alambre caliente entrando en el telgopor. Un chisporroteo finito, como grasa en una sartén chica. Walter Schönfeld movía la mano despacio, sin apurar el corte, y el olor a plástico tibio se mezclaba con el de la cola vinílica que se secaba en los tachos. Era noviembre. A dos cuadras, el Corsódromo dormía vacío, con los palcos desnudos y los pastos altos en la zona de la ex estación. Pero ahí, en los galpones, el carnaval de enero ya había empezado hacía rato.
Tenía setenta y un años y cuarenta y dos de tallador. Había hecho dragones, soles, un Quijote de ocho metros que se le doblaba en el cuello y un ángel que nunca lo convenció. Esa noche tenía delante el pez. Un surubí de seis metros, tendido sobre caballetes de hierro, con la boca abierta y el lomo pintado a medias. Le faltaba una sola cosa: el ojo.
—Walter, ¿todavía acá? —Facundo apareció en la puerta con el mate abajo del brazo. Era el director de la carroza y tenía treinta y cuatro años, el celular siempre en la mano y la cara de no dormir desde octubre—. Mirá que mañana viene el chico de las luces.
—Ya sé.
—Le pedí un ojo con LED. Un aro que gire, de esos que cambian de color. Cuando la carroza entre a la pista, el pez tiene que guiñar. El jurado se lo come con los ojos.
Walter no contestó. Se limpió las manos en el pantalón y miró al pez. Facundo se acercó, le cebó un mate y se lo dejó en el caballete.
—No me mirés así. Es lo que se usa ahora.
—Yo no dije nada.
—Por eso.
Se quedaron un rato callados. Después Facundo se fue, y desde el pasillo se oyó la voz de su hijo, Thiago, que tenía nueve años y dormía en una bolsa de dormir arriba de unos rollos de tela, porque la madre trabajaba de noche en el hospital y no había con quién dejarlo.
Walter volvió al pez. Tenía el ojo dibujado con tiza, un círculo del tamaño de un plato playo. Pero no lo cortaba. Lo que Walter quería tallar no era un ojo de carnaval. Era el ojo de un surubí que había visto a los diez años, en el puerto viejo, el día que su padre y su tío sacaron uno de la corriente y lo dejaron un rato sobre las tablas, todavía vivo. Un ojo negro, húmedo, sin nada adentro que pidiera algo. No suplicaba ni brillaba. Miraba al río, no a la gente. Cuarenta años después todavía se acordaba de que ese ojo lo había hecho sentir pequeño.
Cortó. Primero la cuenca, hundida, con el borde un poco hinchado, como lo tienen los peces grandes. Después fue sacando el párpado de piel, con el alambre en ángulo y el pulso firme, aunque la mano derecha ya le temblaba por la humedad de noviembre. Pasó la lija fina. Pasó la cartapesta, capa por capa, con el papel madera rasgado a mano. Hacia las dos de la mañana tenía la cuenca lista y empezó a pintarla con un negro espeso, mezclado con un poco de azul oscuro y cola.
A las dos y media se cortó la luz.
No fue solo el galpón. Se apagó la cuadra entera, después el barrio, y por las ventanas altas dejó de entrar el naranja de las lámparas de la calle. Walter se quedó con el pincel en el aire. Oyó un crujido atrás, el de la bolsa de dormir, y unos pasos chiquitos.
—Abuelo Walter, ¿qué pasó?
—Se fue la luz, Thiago. Volvé a dormir.
—Tengo miedo del pez.
Walter buscó a tientas la linterna del taller, una Eveready vieja de las que se golpean contra la mano para que prendan. Prendió. El haz cayó sobre el lomo del surubí y lo hizo enorme, una sombra con escamas. El pibe se agarró de su campera, y los dos se quedaron mirando.
—¿Por qué no tiene ojo?
—Tiene. Todavía está fresco. Esperá.
Walter movió la linterna sobre la cuenca y la luz rebotó en el negro húmedo. Se juntó en un punto chiquito, justo en el centro, y el ojo pareció abrirse hacia adentro. El pez, que un minuto antes era una cosa grande y torpe de telgopor, de pronto miraba. Pero no a ellos. Miraba más allá, hacia la pared del fondo, hacia la puerta, hacia donde en algún lugar pasaba el río.
Thiago dejó de agarrarle la campera.
—Está mirando el agua —dijo.
Walter apagó la linterna de golpe, a propósito, y el galpón volvió a ser oscuro. Los dos oyeron el aire pasar por la chapa del techo.
—¿Te acordás de eso cuando seas grande? —preguntó Walter, bajito.
—No sé. Capaz.
—Acordate.
La luz volvió a las tres y diez con un golpe seco. Se encendieron los tubos, el heladero del fondo zumbó, y el pez quedó otra vez bajo la luz blanca del galpón, un poco ridículo, con la boca abierta y el lomo a medio pintar. Thiago ya dormía sentado contra los rollos de tela. Walter lo tapó con la bolsa, lo levantó un poco para acomodarle la cabeza, y volvió a la cuenca. Le puso la última capa de barniz, al agua, grueso, con un pincel que ya no soltaba pelo. Esperó mientras se secaba y se tomó el mate frío que le había dejado Facundo.
A la mañana el director llegó con el chico de las luces. Se pararon frente al pez con el aro de LED en la mano. Nadie dijo nada durante un rato largo.
—Es un ojo muy… —empezó Facundo.
—Apagado, sí —dijo el de las luces, por decir algo.
—Probalo —pidió Walter, sin darse vuelta—. Con el reflector grande, el del techo. Si no te gusta, yo mismo le saco el negro.
Prendieron el reflector. La luz entró en el ojo, se juntó en el centro y el surubí miró otra vez hacia la pared del fondo, hacia donde corría el río. Facundo dejó el aro de LED sobre el caballete.
En enero, el sábado de la primera noche, la carroza salió a la pista entre las baterías y las plumas, con la gente de pie en los palcos y los reflectores girando. El pez pasó lento, enorme, con todo brillando alrededor: las escamas con lentejuelas, las aletas con espejitos, la boca llena de luz. Lo único que no brillaba era el ojo. Era un ojo negro y quieto que no le pedía nada a nadie. Y por un momento, cuando la carroza dobló frente a los palcos, los que estaban más cerca dejaron de aplaudir y se quedaron mirando hacia donde miraba el pez.
Walter lo vio desde la reja, con un nieto de nueve años sentado en los hombros que no le soltaba el pelo.
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