El palillo de Anselmo

Teodora Colque dio el último punto con la luz del domingo entrando de costado por la puerta del patio, y cortó el hilo con los dientes. El pujllay quedó sobre la mesa, del largo de un antebrazo: cuerpo de trapo relleno con chala de maíz, un sombrerito de lana colorada, dos cuentas negras por ojos y una ramita de albahaca seca prendida detrás de la oreja. Hacía cuarenta y un años que lo cosía, uno por carnaval, y cada vez le salía parecido a un chico distinto.

Esta vez tenía algo en el pecho. Antes de cerrar la costura había metido un palillo de bombo, de madera liviana, con la punta forrada en cuero gastado. Era de Anselmo, que había tocado el bombo en la comparsa desde antes de casarse y había muerto en agosto, de un día para el otro, mientras pelaba habas.

Afuera sonó una caja, lejos todavía. Era el aviso. Ese domingo, pasadas las jornadas del carnaval, las comparsas llevaban al diablito de vuelta al mojón y lo dejaban dormir hasta el año siguiente.

Nahuel la esperaba en el zaguán, con la camisa de la comparsa y el celular en la mano. Tenía treinta y cuatro años y llevaba dos de presidente. Se sacó el sombrero cuando la vio.

—Tía, tengo que decirle una cosa antes de salir.

—Decime.

—El baldío de la bajada al río. Lo cerraron el jueves. Están haciendo el cordón de la vereda y pusieron tablones por todos lados. El mojón lo corrieron con una máquina. —Tragó saliva—. Dijimos de hacer el entierro en el patio del local. Hay tierra, hay una piedra grande, el diablo va a estar cómodo.

Teodora se acomodó el rebozo. Tomó el pujllay con las dos manos y lo apoyó contra el pecho, donde la madera del palillo le hacía una línea dura.

—El diablo duerme donde lo dejaste, no donde te queda cómodo.

—Pero tía, es una obra.

—Es un domingo.

Nahuel miró hacia la calle, donde ya pasaba gente con las cajas colgadas del hombro y los más chicos con las máscaras debajo del brazo. Después miró el muñeco. Teodora vio que sabía lo que había adentro, porque ella no se lo había dicho a nadie, pero en un pueblo así las cosas se saben por el peso con que se las lleva.

—Vamos por el baldío —dijo él—. Yo me hago cargo si dicen algo.

Bajaron en silencio, como se baja al entierro: los músicos con los instrumentos en la mano y sin tocar, los disfrazados sin la cara puesta. Olía a humo de leña, a talco húmedo y a las humitas que alguien venía envolviendo en las casas, para después. El Río Grande iba bajo y marrón, con ese ruido de piedras que rueda todo el año.

El baldío ya no era baldío. Una cinta amarilla lo cruzaba, y detrás se veía el encofrado de madera, los hierros atados y una hormigonera quieta, con una lona encima. El cordón nuevo corría derecho hasta casi el final del terreno. Donde antes estaba el mojón había una franja de tierra suelta, de un metro de ancho, entre dos tablones, que esperaba el cemento del lunes.

Nadie dijo nada. Teodora pasó por debajo de la cinta, agachándose como quien entra a una casa de techo bajo. Los demás fueron detrás.

Un muchacho trajo una pala corta. Cavaron poco, el largo de un brazo. Alguien prendió una brasa y el humo del romero subió recto, sin viento. Cada uno fue pasando frente al pozo con lo suyo: hojas de coca, un chorrito de chicha, vino tinto, serpentina vieja, un puñado de papel picado de los días de carnaval. Nahuel puso un cigarrillo sin prender. Una de las nenas puso una ramita de albahaca fresca.

Cuando llegó el turno de Teodora, se arrodilló. Le crujieron las dos rodillas y se rió sola, bajito.

—Ya está, viejo —dijo, y no le habló a nadie de los que estaban—. Tomá el palillo. Acá no hay quien te lo pida, así que tocá cuando quieras.

Puso al pujllay boca arriba, con la albahaca contra la oreja, y lo tapó ella misma con las manos, apretando la tierra hasta que quedó firme. Después alguien tocó una sola vez el bombo, un golpe grave, y el golpe fue y volvió contra los tablones.

El lunes a las siete llegó Evaristo, el albañil, con dos ayudantes. Vio la cinta levantada, vio la tierra removida en medio de la franja y las colillas de serpentina pegadas al barro. Se rascó la nuca debajo del casco. Había nacido en Humahuaca y conocía esa tierra removida.

—¿Qué hacemos, jefe? —preguntó uno de los ayudantes.

Evaristo miró al cerro, que a esa hora se ponía rojo de a poco. Tomó una piedra del tamaño de un pan y la dejó encima del pozo.

—Hormigón a los costados. Ahí dejá una ventanita.

—¿De cuánto?

—De lo que mide un diablo.

Un año después, para el desentierro, entre el cemento gris de la vereda y la zanja se abría un cuadradito de tierra con una piedra. Y detrás de la piedra había crecido una mata de albahaca que nadie había plantado. Teodora se agachó con la taza de té que traía en la mano y la regó, sin decirle nada a nadie.

Esa tarde el bombo sonó desde el primer golpe, y no hizo falta que lo apuraran.

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