El jueves de la semana de la Tradición, a las siete de la mañana, Fermín Olivera ya había fundido la plata dos veces y las dos veces le había salido mal. La granalla se juntaba en el fondo del crisol con un brillo de agua sucia, y él, que llevaba cuarenta y dos años en el taller de Alsina y General Paz, sabía que cuando la plata no se junta el problema no está en el fuego sino en las manos que la miran.
Apagó el soplete. Del otro lado de la puerta, la calle empezaba a llenarse de camionetas con patente de Capitán Sarmiento y de Duggan, y de paisanos de bombacha bataraza que caminaban despacio, mirando vidrieras como si no las conocieran de toda la vida.
Sobre el banco, junto al yunque chico, estaba el encargo: un facón de hoja gastada, con más de ochenta años de afilado hasta la mitad de su ancho, y una vaina de cuero negro sin brocal ni puntera. Ismael Pereyra lo había dejado el lunes envuelto en un repasador.
—Era de mi viejo —había dicho—. Quiero ir con él en el desfile del domingo. Pero con vaina como la gente, con la plata puesta y el nombre.
—¿Qué nombre?
—Las iniciales. Están en la hoja, del lado del talón. Hacelas iguales en el brocal.
Fermín había limpiado la hoja con un trapo y aceite. Ahí estaban, apenas marcadas por un punzón de campo: una T, una P y entre las dos una letra que no era letra. Tenía un palo derecho, una panza arriba y una patita que se salía para la izquierda en vez de para la derecha, como si el que la hizo hubiera aprendido a escribir en un espejo. No era una R, no era una B. Fermín la miró con la lupa de relojero, la dibujó tres veces en un papel de estraza y la tiró tres veces al canasto.
A las nueve volvió Ismael, que había dormido en lo de una prima y no se había afeitado.
—¿Cómo va eso?
—Va. ¿Tu papá cómo se llamaba?
—Tito. Tito Pereyra. Toda la vida Tito.
—T, P. Y en el medio, ¿qué sería?
Ismael se rascó la nuca.
—Yo pensé que era un adorno. Algo que le dibujó el que le hizo el facón.
—Lo marcó él. Se ve que marcó las tres juntas, con el mismo golpe. —Fermín le alcanzó la lupa—. Mirá cómo cierra la panza. Eso no es un adorno, es una letra que alguien no sabía hacer.
Ismael miró un rato largo. Afuera pasó un sulky con las ruedas finitas y el repiqueteo seco del caballo al trote sobre el asfalto, y los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si la calle los hubiera llamado.
—Mi viejo trabajó en el campo desde los nueve —dijo Ismael por fin—. Escuela hizo hasta segundo grado, en Villa Lía. Firmaba con una cruz hasta que lo casaron y mi mamá le enseñó la T y la P. Nada más. Después el nombre completo de memoria, pero lo escribía lento, con la lengua afuera.
—¿Y el nombre completo cuál era?
—Tito. Ya te dije.
—Tito es apodo, Ismael.
Ismael abrió la boca y la cerró. Le quedó la cara de alguien a quien le avisan que un cuarto de su casa llevaba cuarenta años cerrado con llave.
Esa tarde, mientras Fermín pulía el brocal en el torno con la piedra suave, Ismael fue hasta el Registro Civil con la libreta de familia. Volvió a las cinco, cuando el sol bajo entraba por la puerta del taller y ponía una raya amarilla sobre el yunque. Traía la libreta abierta en la mano, como una bandeja.
—Teodomiro —dijo—. Teodomiro Pereyra.
—Ahí tenés.
—Se avergonzaba. Mi mamá me contó una vez que lo cargaban en el campo y que él decía que se llamaba Tito desde que nació. —Se rió, con los ojos mojados—. Entonces la letra del medio es una D. Una D mal hecha.
—Una D al revés —dijo Fermín—. Hecha por un hombre que sabía que existía y nunca se animó a mirarla de frente.
Esa noche, Fermín cerró la persiana del taller con la luz prendida por dentro. Fundió la plata ochocientos, ochenta por ciento plata, veinte cobre, porque un brocal de facón que va a andar a caballo tiene que aguantar golpes, y esta vez el lingote salió limpio, parejo, de un blanco con apenas un dejo de leche. Lo laminó, lo cortó, lo soldó con bórax y un hilo de soldadura, y lo asentó sobre el cuero negro con un martillito de cabeza redonda, golpe por golpe, con el oído puesto en el sonido, que tiene que ser seco, sin eco, cuando la plata ya está abrazando el cuero.
A las dos de la mañana tomó el buril. Dibujó la T y la P con una mano firme, como había hecho miles de veces. En el medio dudó. Pensó en grabar una D de molde, derecha, correcta, la que cualquier maestra de grado habría aprobado. Después se acordó del palo recto, de la panza cerrada demasiado arriba, de la patita que salía para el lado equivocado. Apoyó el buril, respiró y la grabó igual que la había marcado Teodomiro Pereyra con el punzón en la hoja, torcida, honesta, tal cual.
El domingo, a las diez de la mañana, en la Plaza Ruiz de Arellano, el desfile empezó con la bandera y las tropillas de pelo overo, y después pasaron los paisanos de a uno, con el rebenque colgado de la muñeca y el sombrero en la mano al pasar frente al palco. Fermín los miró desde la vereda de enfrente, con el delantal todavía puesto debajo del saco.
Ismael pasó en un tordillo que no era suyo, prestado por la prima. Llevaba el facón cruzado en la cintura, con la vaina nueva y el brocal que agarraba el sol de lleno. No miró a nadie. Pasó con la espalda derecha y la mano izquierda apoyada sobre las tres letras, tapándolas apenas, como se tapa con la palma el hombro de alguien que camina al lado.
Fermín se quedó mirándolo hasta que el caballo dobló en la esquina de Lavalle. Después volvió al taller, prendió el soplete y empezó otra vez, porque tenía para el martes una hebilla de cinto y la plata, cuando se la trata bien, también se junta sola.
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