A las siete y diez, con la niebla todavía pegada al Luján como una sábana mojada, Norma Ibarra soltó las amarras de la lancha en la Estación Fluvial de Tigre y contó los bultos del techo, igual que cada mañana. Dos garrafas, un cajón de verduras, una bolsa de portland, una heladera chica atada con cuerdas de colores. Y al fondo, envuelta en una frazada, una bicicleta rodado doce, roja, con dos rueditas de apoyo que asomaban como orejas.
—¿Esa es la de Joaquín? —preguntó Gabi, el marinero, que tenía diecinueve años y todavía no aprendió a hacerse el distraído.
—Esa es. Cumple nueve mañana. Que no se entere nadie.
—Pero si en la lancha va el almacenero de la segunda y se entera todo el Delta.
—Entonces que se entere, pero que la bici llegue.
Norma era patrona hacía veintiséis años. Había aprendido el río de oído: el golpe del agua contra el casco le decía cuánta profundidad quedaba, y el humo del escape de las otras lanchas, de colores distintos para que la gente las reconociera desde el muelle, le avisaba quién venía adelante. Esa mañana el río sonaba raro. Sonaba flaco.
Entraron al Sarmiento con el motor bajo y la gente subiendo y bajando. En cada muelle alguien estiraba el brazo como para parar un colectivo, y ella gritaba el nombre de la parada para que los que dormían en los asientos de madera se enteraran de dónde estaban. Bajó la señora de las verduras. Bajó un hombre con un bidón de nafta. Gabi recibió dos monedas de propina por cada bulto y las guardó en el bolsillo del buzo sin mirarlas.
Al llegar a la boca del arroyo Espera, Norma frenó. Ya lo sabía antes de verlo. El agua había bajado de golpe con la bajante de la semana, y en la orilla asomaban los troncos negros que nadie recordaba haber visto nunca, con barro seco en la panza.
—Por acá no entramos —dijo.
—¿Y la bici?
—Eso estoy pensando.
Los pasajeros que seguían más adelante la miraron con la paciencia de quien conoce el río. Uno de ellos, un viejo de gorra, dijo lo que decía siempre en estos casos: que el río hace lo que quiere y que a la lancha no le queda otra que acompañarlo. Norma no contestó. Tenía una regla, la única que nunca había roto: lo que sube al techo llega al muelle. Y el muelle de Joaquín quedaba doscientos metros adentro, arroyo arriba, donde el casco de la lancha se iba a clavar en el fondo como una cuchara en un flan.
Faltaba la canoa. La canoa de aluminio que colgaba atrás, y que la empresa había puesto para emergencias. Una bicicleta de cumpleaños, según el reglamento, no era una emergencia.
—Gabi. Bajá la canoa.
—Norma, ¿vos sabés lo que dice el…?
—Lo sé. Bajala.
El pibe obedeció. Entre los dos pasaron la bicicleta del techo a la canoa, cuidando de no rayar la pintura roja contra el borde. Gabi se sentó adelante con la bici entre las piernas, como quien lleva un animal dormido, y agarró el remo corto. Norma se quedó en el puente, con el motor en punto muerto, mirando a los pasajeros.
—Van a ser diez minutos —dijo—. Si alguien tiene apuro, que lo diga ahora.
Nadie dijo nada. El viejo de la gorra sacó un mate del morral y lo hizo circular.
Desde la lancha vieron cómo la canoa se metía en el arroyo, despacito, rozando el fondo con cada palada. Gabi remaba con la espalda recta y la bicicleta se le iba moviendo entre las rodillas con el balanceo del agua. A mitad de camino, la niebla se abrió un poco y se vio el muelle de madera con cuatro pilotes torcidos. Y en el muelle, parado en puntas de pie, un chico flaco con un guardapolvo a medio abrochar.
—Seguro vino a ver si llega la lancha —murmuró una mujer—. Los chicos de acá miran la lancha como en otro lado miran la tele.
Joaquín vio la canoa y vio lo que traía. No gritó. Se quedó quieto, con las manos pegadas a los costados, como si un movimiento de más pudiera deshacer la imagen. Gabi amarró de un pilote, subió la bicicleta al muelle y la apoyó sobre las rueditas. Después le dijo algo que desde la lancha no se escuchó. El chico asintió dos veces, muy serio, y se subió.
Pedaleó. Al principio con miedo, con las rodillas abiertas, y después con más fuerza. Las rueditas golpeaban contra las tablas con un ruido seco y parejo, tac, tac, tac, que el agua devolvía de las dos orillas y que llegó hasta la lancha un segundo tarde, desparejo, como si el arroyo entero estuviera aplaudiendo despacio.
Norma apagó el motor para escucharlo mejor. Ni se dio cuenta de que lo había hecho.
—Lo que sube al techo llega al muelle —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.
—¿Qué? —preguntó el viejo, alcanzándole el mate.
—Nada. Que hoy llegamos tarde al resto del recorrido.
—Y qué —dijo el viejo—. El río no se corre.
Gabi volvió remando, con la canoa liviana y las manos rojas de tanto esfuerzo. Se subió a la lancha sin decir palabra, se sacó las monedas de propina del bolsillo y las puso sobre el tablero, junto al timón, como quien paga algo.
—Guardalas —dijo Norma.
Arrancó el motor. En el arroyo, el chico seguía dando la vuelta al muelle, ida y vuelta, ida y vuelta, y el ruido de las rueditas sobre la madera las acompañó hasta la primera curva, cada vez más lejos, cada vez más chico, hasta que se mezcló con el agua.
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