El paquete verde de Genaro

El camión de reparto había dejado la yerba el lunes, y recién el jueves, con la estufa a leña ya prendida y la escarcha todavía pegada a los vidrios, Genaro Ibáñez se animó a abrir la caja.

Los paquetes eran azules. Azul eléctrico, con letras blancas y una guarda amarilla. El de siempre había sido verde oscuro, con un gaucho medio borrado por los años que todo Aluminé reconocía a diez metros.

—Cambiaron el diseño, Genaro —le había dicho el chofer, encogiéndose de hombros—. Es la misma yerba.

La misma yerba. Genaro apoyó un paquete sobre el mostrador del almacén, bajo el cartel de chapa que había heredado de su padre. Ramos Generales, decía, y debajo, en letra más chica, Se compra lana, cuero y piñón. Eran los últimos días de abril, o casi. La temporada de recolección cerraba el sábado 20, y desde marzo el almacén olía a tierra mojada, a bolsas de arpillera y a ese dulzor áspero que dejan los piñones cuando se los junta por kilos en el piso.

Hacía más de treinta años que Genaro cambiaba piñón por mercadería. Venían las familias de los parajes con las bolsas al hombro, él las ponía en la balanza de platillo y después apuntaba en un cuaderno cuánto traía cada uno. Harina, azúcar, aceite, yerba, fideos. Algunos sabían leer la lista que colgaba de un clavo. Otros no, y para ellos su padre había inventado algo mejor: un pizarrón con dibujos. Una espiga para la harina, un terrón para el azúcar, una botella para el aceite. Y para la yerba, un paquete verde con un gaucho, pintado con esmalte sintético, que Genaro retocaba cada otoño con el pincel finito.

Ese paquete ya no existía.

La campanilla de la puerta sonó a media mañana. Entró Eusebia Antileo envuelta en un poncho gris, con una bolsa de piñones que le llegaba casi a la cintura y el paso lento de quien conoce el camino de memoria. Detrás venía su nieta, de unos doce años, con el celular en la mano y la cabeza gacha.

—Buen día, Genaro.

—Buen día, doña Eusebia. ¿Cómo viene el bosque?

—Generoso, este año. Las piñas cayeron todas juntas.

Genaro levantó la bolsa con las dos manos y la acomodó en el platillo. Dieciocho kilos y medio. Eusebia se quedó mirando el pizarrón, como todos los años, con las manos cruzadas sobre el poncho.

—Ponele harina —dijo—. Dos bolsas. Un aceite. Fideos, los que son como moñitos. Y la yerba, la de siempre.

Genaro tragó saliva. Buscó la caja bajo el mostrador y sacó un paquete azul.

—Doña Eusebia, hay un cambio. Es la misma yerba, pero vino en otro envase. Mire.

Ella lo tomó con las dos manos, lo dio vuelta y lo olió a través del plástico. Lo sostuvo lejos, después cerca, igual que alguien que busca una cara en una foto vieja.

—Este no es —dijo.

—Es el mismo, abuela —intervino la nieta, sin levantar la vista—. Dice la marca acá, mirá.

—Yo no sé qué dice. —Eusebia lo dejó sobre el mostrador con cuidado—. Yo sé que la yerba es verde. Cuarenta años llevo el paquete verde. Si me llevo uno azul, capaz que mañana me traen otra cosa y no me doy cuenta.

No lo dijo con enojo. Lo dijo como se dice una cosa simple, de las que sostienen una vida. Genaro sintió que algo se le acomodaba en el pecho, un peso viejo y conocido. Miró la caja, miró el pizarrón, miró el gaucho descascarado del clavo.

—Tiene razón —dijo—. Tiene toda la razón.

Fue a la trastienda y volvió con el frasco de esmalte azul y el pincel finito. Despejó una esquina del pizarrón, justo al lado de la botella de aceite. Con el pulso que le daban treinta años de rótulos y de letras torcidas, empezó a pintar un paquete nuevo. Azul eléctrico, la guarda amarilla, un rectángulo blanco donde su padre hubiera puesto el gaucho. La nieta dejó el celular. Se acercó para ver cómo salía.

—¿Qué le ponés ahí, en lo blanco? —preguntó.

—Algo que ella conozca.

Genaro dudó un momento. Después dibujó, con tres trazos, una pehuén chiquita, con sus ramas abiertas como paraguas. Los pehuenes que Eusebia había visto caer de piñas cada marzo de su vida.

—Ahora este paquete es la yerba —dijo, soplando la pintura para que secara—. Cuando venga el año que viene, va a estar en el mismo lugar, con el mismo dibujo. Aunque cambien el envase mil veces.

Eusebia se acercó, apoyó un dedo en el aire sin llegar a tocar el esmalte y estudió el árbol minúsculo. Sus ojos se achicaron hasta casi cerrarse.

—Este sí —dijo por fin.

La nieta guardó las cosas en la bolsa mientras Genaro anotaba en el cuaderno: dieciocho kilos y medio, dos harinas, un aceite, fideos, una yerba. Cuando salieron, el frío entró un instante por la puerta abierta y movió las hojas sueltas del almanaque.

Esa noche, después de cerrar, Genaro se quedó un rato más con la estufa. Sacó del cajón el gaucho original, el que había recortado del primer paquete verde que llegó a Aluminé cuando él era chico, y lo pegó con una chinche al costado del pizarrón. Bajo el cartel de chapa, entre las bolsas de arpillera, el pehuén azul brillaba todavía húmedo, y hasta la mañana el almacén olió a esmalte y a piñón.

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