El telar de la galería tenía la urdimbre tirante como una cuerda de guitarra, y Ceferino Aybar la tocó con el dorso de los dedos antes de sentarse. Eran las diez de la noche de un miércoles de julio, en Belén, y hacía tanto frío que la lana se le pegaba a las uñas. Le faltaban dos palmos de trama. La camioneta de la cooperativa salía el viernes a las cinco de la mañana hacia la Fiesta del Poncho, y el poncho tenía que subir con los demás.
Era el primero que tejía en ojo de perdiz. Tenía diecisiete años y había empezado con caminos de mesa, después chalinas, después un año entero de rayas y guardas simples, mientras su tía Nélida le repetía que el ojo de perdiz no se enseña, se descubre. Él había hilado la oveja en el huso hasta tener callos nuevos. Había teñido con cáscara de cebolla, que da un marrón dorado, y con cáscara de nuez para el oscuro. Había urdido solo, contando hilo por hilo, y cuando terminó se paró en la galería con las manos en la cintura, como había visto hacer a los hombres con un camión recién cargado.
Pasó la lanzadera, golpeó con el peine, cambió los lizos, y a la luz del foco miró lo tejido. Después se quedó quieto.
Cuatro dedos más arriba, en la tercera fila de rombos, uno estaba torcido. No mucho. Pero el pequeño punto de color del centro, que debía quedar justo en medio, se había corrido hacia la izquierda, y el rombo entero parecía mirar de reojo. Se había equivocado en un cruce de hilos hacía tres días, y recién ahora lo veía, con dos palmos de tela por encima que ya lo habían encerrado.
Se levantó, dio una vuelta por la galería y volvió. El perro de la casa levantó la cabeza y la volvió a poner entre las patas. Del patio llegaba olor a leña húmeda y a nueces secas, de las que su abuela guardaba en una lata.
Sabía lo que tenía que hacer. Destejer era posible: sacar trama fila por fila, hasta llegar al error, y empezar otra vez. Tres días de trabajo. Le quedaban dos noches.
—¿Qué hacés despierto?
Su abuela Casilda estaba en la puerta de la cocina, con el chal sobre la cabeza y una taza en cada mano. Le alcanzó una. Era té de poleo, y estaba tan caliente que le dolió.
—Se me torció un ojo —dijo Ceferino, y señaló sin mirar.
Casilda se acercó, bajó los anteojos y estudió la tela un rato largo, con la cabeza inclinada. Tocó el rombo con la uña del pulgar.
—Ah, sí. Mirá vos. Se te escapó la perdiz.
—Lo voy a destejer.
—¿Hasta ahí?
—Hasta ahí.
—No llegás.
—Llego si no duermo.
Casilda sopló su té. En la calle pasó una moto, y después nada, solo el viento que venía del cerro y movía las hojas de la parra pelada.
—Tu abuelo tejió cuarenta años —dijo—. Y yo le conté, una vez, en un poncho de los buenos, ocho errores. Los encontraba como quien cuenta cabras. Los veía todos, y los ponía a la vista de cualquiera. Nadie compraba el poncho por eso. Pero tampoco lo dejaban de comprar.
—Es mi primer ojo de perdiz, abuela. En la Fiesta va a haber gente que sabe.
—Va a haber gente que sabe —repitió ella—. Entonces te van a mirar el poncho mejor que vos.
Se fue a acostar. Ceferino se quedó con la taza en las manos hasta que dejó de quemar. Después se sentó, agarró la tijera, y cortó la primera hebra de trama.
Destejió toda la noche. Desenhebraba, enrollaba el hilo sobrante en un ovillo flojo, y bajaba una fila, y otra. A las tres le dolían los hombros. A las cuatro empezó a tener la certeza de que el rombo torcido era lo único que su poncho tenía de verdad suyo, y se enojó consigo mismo por pensarlo. A las cinco se fue a lavar la cara con el agua helada de la canilla del patio.
Los dos días siguientes fueron un solo día largo. Rehizo las filas con una atención que le dio miedo, porque no podía dejar de contar. Cada cruce, cada golpe de peine. Su tía Nélida apareció el jueves a la tarde con empanadas de la cooperativa y no dijo nada, pero se quedó un rato parada detrás de él, y después se fue sin tocar el telar.
A las dos de la madrugada del viernes pasó la última pasada de trama y cortó la tela del telar con un solo tijeretazo limpio. Quedó un hueco al fondo de la galería, y el poncho en su falda, pesado y tibio como un animal dormido. Los rombos subían parejos, uno tras otro, con su punto justo en el medio. Los miró despacio. El rombo de la tercera fila estaba derecho. Lo cubrió con las dos manos para ver si el corazón se le calmaba, y no se le calmó.
Hizo los flecos a la luz del foco, retorciendo de a cuatro hilos con los dedos fríos. Cuando terminó, afuera ya se oía el motor de la camioneta frenando en la esquina, y el aire olía a nafta y a pan.
Plegó el poncho con cuidado y salió. Casilda lo esperaba en el portón, vestida, con la lata de nueces bajo el brazo para el viaje.
—¿Lo destejiste?
—Hasta el final.
—¿Y quedó perfecto?
Ceferino abrió la boca para decir que sí. Después desdobló una punta del poncho bajo la luz del farol y buscó con los ojos la fila de rombos, sin apuro. Y entonces lo vio, a la derecha, en la octava fila, casi en el borde donde nadie mira: un rombo apenas más ancho que los otros, con el punto del centro corrido un hilo hacia arriba.
No se había equivocado en el cruce. Se había cansado.
Casilda se rió bajito, con la risa de las que ya se saben el final, y le puso la lata en la mano.
—Ahí está —dijo—. Ya tenés un ojo tuyo.
Ceferino cerró el poncho, lo abrazó contra el pecho, y subió a la camioneta bajo las estrellas. En la caja, entre los fardos de los otros tejedores, hizo un lugarcito para el suyo y lo acomodó con el rombo chueco para arriba, mirando de reojo el camino a Catamarca.
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