A las siete de la mañana el salar todavía no brillaba. Estaba gris y duro, con la escarcha pegada a los bordes de las piletas, y Facundina Vilte ya llevaba dos horas con el pico en la mano. La pileta número nueve medía cuatro metros por dos y medio, y hacía casi un año que la salmuera dormía ahí adentro. Ahora tenía una costra blanca de cuarenta centímetros, y a las dos de la tarde, cuando el viento de la Puna empezara a levantar polvo de sal, había que dejarla vacía.
—Abuela, ¿por qué esa de arriba la tiramos?
Luján tenía diez años, un gorro rojo con orejeras y la nariz pelada de frío. Había bajado de Purmamarca con el colectivo de las vacaciones de invierno, con una mochila y la orden de no estorbar. Estorbaba un poco, pero preguntaba bien.
—Porque es la que se ensucia —dijo Facundina, y levantó con la pala carbonera un pedazo gris, del grosor de un palmo—. Los primeros diez centímetros se llevan todo lo que cae del cielo y del camino. Polvo, bichos, lo que sea. La de abajo es la que se come.
—¿Y la que no se come?
—Esa se la dejamos al salar. Él se la guarda.
Tiraron los pedazos grises fuera de la pileta, en un cordón que ya parecía una pared baja. Después Facundina clavó el pico en la sal limpia y salió un bloque blanco, con vetas de cristal que parecían vidrio. Luján lo levantó con las dos manos y lo dejó caer en la carretilla. Sonó hueco y seco, a plato que se parte.
Hacia las diez, el sol ya pegaba en el cuello. Del lado de la Ruta 52 pasaban camiones hacia el Paso de Jama, uno cada tanto, y el ruido llegaba desfasado, como si viniera de otro día. Facundina se paró a tomar aire. Tenía sesenta y dos años y la espalda de quien llevaba cuarenta cosechando sal.
—Mi papá hacía otra cosa —dijo, mirando la pileta—. Él cortaba la sal en panes. Con cuchilla, derechito, así de largo. —Separó las manos como quien mide un pescado—. Se armaba la tropa de burros, veinte, treinta, y se iban a la Quebrada. Cambiaban sal por harina, por maíz, por duraznos. Ida y vuelta, quince días.
—¿Y vos fuiste?
—Una vez. Tenía tu edad. Me acuerdo del olor del burro mojado y de las apachetas. Había que dejarles una coquita, un poco de alcohol. —Se rió, sin ganas—. Después hicieron la ruta, empezaron a venir los camiones, y se acabó.
Luján no dijo nada. Se puso a juntar con la palita los cristales sueltos que habían saltado, y los fue apilando en el fondo de un balde.
A las doce y media Facundina oyó el motor antes de ver el camión. Venía demasiado temprano. Era el de la fraccionadora, un Mercedes viejo, blanco de polvo, y del volante bajó Nolberto, flaco, apurado, con el celular en la mano.
—Doña, cargo ahora y me voy. Se viene el viento y yo tengo que estar en Purmamarca antes de que cierren la ruta.
—Todavía me falta un tercio.
—Tercio, tercio. Termine usted y yo espero media hora, no más.
Facundina miró la pileta, miró el cielo limpio y miró a la nieta. Entonces hizo algo que Luján no esperaba: dejó el pico, agarró la cuchilla larga que guardaba envuelta en un trapo detrás de la carretilla y se agachó en una esquina de la pileta, donde la sal estaba más parejita y más blanca.
—Abuela, no llegás.
—Llego. Vos cargá la carretilla, que yo corto.
Cortó. Primero un surco recto, después otro, después una cuña por debajo, y el pan salió entero, del largo de un antebrazo, con las aristas limpias y la cara lisa como una lápida. Lo apoyó en el trapo. Después volvió al pico y al resto de la pileta, y Luján, que no había entendido, se puso a empujar la carretilla con todo el cuerpo hasta que se le aflojaron los brazos.
Terminaron a la una y veinte. El viento ya traía un hilo de polvo blanco desde el sur y se les metía en las pestañas. Nolberto había cargado los últimos bolsones sin decir una palabra, con la boca cubierta por el cuello de la campera.
—Ahí tiene, dos toneladas y pico. Bien pesado —dijo, y le alcanzó un sobre.
Facundina lo guardó sin contarlo. Después levantó el pan de sal del trapo, con las dos manos, y se lo extendió.
—Esto no va a la fraccionadora. Es para usted. Para la mesa o para los animales, como quiera.
—Doña, ¿qué quiere por esto? —preguntó él, desconfiado.
—Una bolsa de harina. La que lleve en la cabina, si tiene.
Nolberto la miró un rato largo. Tenía una cara cansada y buena, de camionero que no duerme. Se rió, de golpe, con una risa que le sacudió los hombros.
—Una de tres kilos, nomás. Para el desayuno de mañana.
—Alcanza. Para hacer ulpada alcanza.
Se la trajo. Estaba un poco aplastada por el viaje, con una esquina rota por donde se escapaba un hilo de polvo, y Facundina la apretó contra el pecho como si fuera algo más que harina. Nolberto subió el pan al asiento, lo cubrió con una manta y arrancó. El camión se fue hacia la ruta con el viento atrás, levantando una nube blanca que tardó en bajar.
Luján se quedó mirando.
—Abuela, ¿eso fue un trueque?
—Eso fue una cuenta mal hecha —dijo Facundina, y se acomodó la harina bajo el brazo—. Pero es la mejor que hice este año.
Caminaron hacia la casa con el viento en la espalda. Detrás de ellas, en la pileta vacía, la salmuera empezó a subir por abajo, despacito, cubriendo el fondo con una película brillante. Dentro de un año iba a volver a ser sal.
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