Mabel Iturralde llegó a las ruinas a las seis y diez, con el termo bajo el brazo y el balde en la otra mano, cuando la sal todavía crujía de frío. Estacionó la camioneta junto a la estación, apagó el motor y se quedó un rato escuchando el viento, que en Epecuén nunca para y no trae ningún olor, salvo el de la sal, que no huele pero se siente en la nariz como una moneda.
Tenía hasta las nueve. A esa hora llegaba el micro de una escuela de Bahía Blanca, treinta y dos chicos de sexto grado, y ella era la guía.
Hacía diecinueve años que trabajaba ahí. Desde que el agua empezó a retirarse, en 2006, y las paredes sin techo salieron una a una, como si alguien levantara de a poco una sábana. Se sabía el recorrido de memoria: la estación, el esqueleto del matadero, los árboles blancos de sal, la calle donde estuvo la fila de hoteles. Contaba lo del terraplén, lo de la sudestada, lo de los quinientos milímetros de lluvia en la cuenca, y la mañana del 10 de noviembre de 1985. Lo contaba bien. Los chicos se quedaban callados.
Pero siempre llegaba un momento. Algún nene levantaba la mano y preguntaba:
—¿Y cuál era tu casa?
Y ella contestaba lo mismo desde hacía casi veinte años:
—Ya no me acuerdo, mi amor. Yo tenía siete.
Era mentira. Se acordaba de todo. Se acordaba de que la casa quedaba a treinta y cuatro pasos de su papá desde la puerta de la estación, porque él los contaba en voz alta cada vez que la llevaba a tomar el helado, y ella, que no llegaba a la altura de su cinturón, tenía que dar cuarenta y pico. Se acordaba de la reja verde y de la higuera. Lo que no sabía era si algo de eso seguía en pie, y no había querido averiguarlo, porque mientras no mirara, la casa podía estar entera en cualquier parte.
Esa semana la había llamado su hermano Walter desde Neuquén.
—Mabel, ¿vos te acordás del escalón? —le dijo—. Papá le escribió algo con el dedo cuando lo hizo. Estaba fresco el cemento. A mí me dejó poner la fecha.
No se había acordado hasta ese momento. Cortó, se sentó en la cocina y se quedó mirando la pared hasta que se hizo de noche.
Ahora se paró frente a la puerta de la estación, de espaldas al andén, y empezó a caminar. Uno, dos, tres. La costra de sal se quebraba bajo las zapatillas con un ruido de galletita. Había pasado mil veces por ahí con grupos y nunca había contado. Catorce, quince. Un tronco blanco, pelado, de un álamo que murió en el agua y se quedó de pie. Veinte. Una pared baja de ladrillo, sin puerta. Veintiocho.
A los treinta y cuatro se frenó. Delante tenía un cuadrado de ladrillos caídos y un yuyal ralo, de esos que aguantan la sal. Ninguna reja, ninguna higuera. Se le hizo un hueco en el estómago. Se dijo que los pasos de un hombre no son los de una mujer de cuarenta y ocho años, que había contado mal, que tenía que hacerlo de nuevo.
Dejó el balde en el suelo, se arrodilló y empezó a pasar la mano por la tierra.
Tardó veinte minutos. El sol ya había salido por encima de la estación y le calentaba la nuca. Encontró primero un borde recto, después una superficie lisa y gris debajo de una capa de costra blanca. Sacó el cepillo del balde, echó agua del termo, que era para el mate, y frotó. Salió el cemento. Un solo escalón, ancho, con el canto redondeado, de los que se hacían a mano con una cuchara de albañil.
Y en el medio, hundidas con la yema de un dedo hace cuarenta y tres años, unas letras torcidas que el agua había tratado de borrar durante veinte y no había podido:
CASA DE LOS ITURRALDE. WALTER 1983.
Mabel se sentó sobre los talones. Se tapó la boca con la muñeca mojada y se quedó así, sin llorar, porque lo que sentía era más parecido a haber encontrado una llave en un bolsillo viejo. Abajo del nombre de su hermano había otra marca, más chica y más hondo. Una mano de nena, abierta, con los cinco dedos separados. Ella no se acordaba de haberla puesto. Su papá debió de agarrarla de la muñeca y apoyársela en el cemento fresco mientras ella gritaba que le hacía cosquillas.
Puso la mano encima. Le quedaba chica de un solo lado, el del pulgar. Después de tanto tiempo, le entraba casi entera.
Se quedó ahí hasta que oyó el motor del micro a lo lejos, un zumbido que venía de la ruta, desde Carhué. Eran las nueve menos diez. Se paró, se sacudió las rodillas y miró el escalón limpio contra el yuyal. Pensó en tapar todo otra vez con un poco de tierra, como tantas cosas.
No lo hizo. Dejó el cepillo apoyado en el borde y fue a esperar a los chicos a la puerta de la estación.
Los hizo caminar en fila, contó lo del terraplén y lo de la sudestada, y cuando llegaron al álamo blanco un nene de anteojos levantó la mano.
—Seño, ¿y cuál era tu casa?
Mabel sonrió y señaló con el mentón.
—Vení. Son treinta y cuatro pasos. Contalos conmigo.
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