Quieto, Héctor

Héctor Acuña apagó el aire del Corsa a las dos de la tarde, con treinta y nueve grados en el cartel de la farmacia, porque el compresor hacía un ruido de lata y prefería sudar a escucharlo. Bajó las dos ventanillas. Entró olor a tierra recalentada y a carbón de algún asador de la avenida. Sobre el tablero, la guampa de tereré, con el agua ya tibia.

La chica subió frente a la facultad con una mochila en el pecho y una libreta con el elástico gastado.

—A la plaza 25 de Mayo, por favor. Y después al Parque 2 de Febrero. Tengo que fotografiar doce esculturas para una cátedra y me quedan cinco horas de luz.

—Doce —dijo Héctor—. En esta ciudad vas a sacar doce en una cuadra y media.

Se llamaba Camila, estudiaba Artes Visuales y tenía que armar una ficha por cada obra: autor, material, año, estado de conservación. Hablaba mirando por la ventanilla, con el celular en alto, como si la ciudad fuera a cambiar de lugar. Héctor manejó despacio. Conocía cada esquina con escultura de memoria, igual que un colectivero conoce los pozos: no por arte, sino por cómo había que esquivarlos.

En la plaza, ella bajó y él se quedó con el motor apagado, mirándola trabajar. Camila se agachaba, se paraba, rodeaba los bloques de mármol, anotaba. A la tercera ficha volvió hasta la ventanilla.

—¿Usted me espera? No le corro el taxímetro, pero quiero decirle que no tiene que quedarse.

—Es remís, no taxi. Y no tengo apuro. —Hizo una pausa y después lo dijo, porque hacía treinta años que no lo decía en voz alta—: Yo busco una escultura. Si en tu libreta tenés fotos de las de madera, me ayudás.

Se la contó apoyado en el volante. En el noventa y seis tenía veintiocho años y trabajaba de peón en un corralón. Un viernes, a la hora de la siesta, pasó por la plaza y vio que los escultores tallaban el urunday a maza y cincel, con la gente mirando detrás de las vallas. Un muchacho de Formosa, flaco, con la camisa abierta, lo paró a los gritos: se le había caído el modelo, un amigo que había prometido venir, y necesitaba a alguien sentado dos horas para fijar la postura.

—Me senté en un cajón de cerveza, con las manos colgando entre las rodillas. Me dijo: «Quieto, no pienses en nada». Dos horas. Me dolía la espalda, me picaba una pierna. A las cuatro me levanté, le di la mano y me fui a cobrar el jornal. Nunca vi cómo terminó.

—¿Y por qué no lo buscó?

—Porque si lo encontraba y no era yo, me quedaba sin nada. Y si era yo, no sabía qué iba a hacer con eso. —Sonrió con un costado de la boca—. Así que miro a todos los que están sentados. Treinta años mirando bancos, Camila.

Ella no dijo nada. Abrió la libreta, sacó el celular y empezó a pasar fotos. Había cientos, de las salidas anteriores, de la cátedra, de todo el año. Pasaba y pasaba. Héctor miraba la tierra del cordón, la hormiga que cruzaba la goma de la rueda.

—¿Hombre sentado, de madera, manos entre las rodillas?

—Puede ser.

—Hay uno. —Giró el celular—. Se llama «Espera». Está en una plazoleta a diez cuadras. Lo tengo en la lista, pero es el último, porque la madera está bastante rajada.

Tardaron once minutos, con las ventanillas bajas y el sol de frente. La plazoleta era chica, con un paraíso viejo y dos bancos de cemento. El hombre de urunday estaba en el medio, sentado sobre un bloque cuadrado, las manos colgando, la cabeza un poco inclinada, mirando algo a unos metros que no estaba. Tenía una grieta larga que le cruzaba el pecho y los pies ennegrecidos por tantos inviernos de lluvia.

Héctor se bajó despacio. Caminó alrededor sin hablar. La chapita decía el nombre del escultor, el año, «Madera de urunday». No decía nada del modelo.

Se agachó a la altura de las manos. Eran grandes, con los nudillos marcados, y en la izquierda el dedo meñique salía doblado hacia afuera, como una rama que alguien pisó.

Héctor levantó su propia mano izquierda y la puso al lado. Se quedó así un rato. Camila no sacó el celular.

—Me lo rompí a los once, jugando a la pelota en la calle —dijo al fin—. Nunca se lo mostré al muchacho. Se lo miró solo, mientras yo estaba quieto.

Se sentó en el borde del bloque, al lado de la escultura, con las manos entre las rodillas, y miró hacia el mismo lugar donde miraba el otro. Las chicharras gritaban en el paraíso. A lo lejos, un chico pasaba en bicicleta con un termo.

—Ahora sí —dijo Camila, levantando el celular—. Quedate quieto, Héctor.

—Treinta años que no hago otra cosa —dijo él, sin moverse.

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