A las seis y diez de la mañana, la Banquina Chica olía a gas oil, a red mojada y a anchoíta recién descargada en cajones. Nélida Tarantino dejó el tarro de amarillo sobre un cajón dado vuelta, abrió el de rojo con un destornillador y le habló a la lancha como les hablaba a todas.
—Quedate quieta, que esto no duele.
Hacía cuarenta años que pintaba nombres en las lanchitas amarillas del puerto de Mar del Plata. Había heredado el pincel de su tío, un pincel de pelo de marta con el mango gastado por el pulgar, y con él había escrito Santa Lucía, Dos Marías, Mi Nono Salvatore y una vez, por encargo de un borracho simpático, Sin Rumbo Fijo. Ahora tenía que repasar el casco de la Tres Hermanos antes de la bendición de las embarcaciones, que era mañana, y la lancha todavía tenía costras de sal en la proa.
Vicente Lo Presti la miraba trabajar desde la banquina, con las manos en los bolsillos de una campera que le quedaba grande. Tenía setenta y cuatro años y la cara cortada como una tabla de cortar pescado. Detrás de él, sobre la escollera sur, los lobos marinos se quejaban con esa voz de portón sin aceite.
—Sacale el nombre —dijo.
—¿Qué nombre?
—El de la proa. Ponele Rosalía.
Nélida bajó el pincel. Rosalía era la mujer de Vicente. Se había muerto en marzo, un martes, y él había salido a pescar el miércoles igual, porque la corvina no entiende de velorios.
—Vicente, a una lancha no se le cambia el nombre así nomás. Se queda sin salir. Mi tío decía que el nombre viejo se queda agarrado de la madera y, si lo sacás sin avisar, se pone a tirar para el otro lado.
—Mi viejo la bautizó así porque éramos tres. Somos uno. Uno solo y una lancha que ya no necesita tres.
Dijo eso sin levantar la voz. Nélida lo conocía desde chica y sabía que cuando Vicente hablaba bajo era porque lo había pensado toda la noche. Agarró la espátula.
—Lo hago —dijo—. Pero lo hago a mi manera.
Raspó la T primero. Debajo del amarillo de este año salió el amarillo del año anterior, y debajo ese, un amarillo más claro, de cuando se usaba otra marca de pintura, y más abajo todavía una capa de rojo, que era el detalle de las lanchas que salen más lejos. Cada letra era un pozo de años. A las nueve había despejado la palabra Tres y a las diez, con el sol ya alto y el olor de los puestos de pescado frito empezando a mezclarse con el de la pintura, estaba por empezar con Hermanos.
—Esperá —dijo Vicente.
Se había acercado hasta el borde del muelle. Miraba la H.
—Esa H la hizo mi hermano Gino. Tenía doce años. Mi viejo le dio el pincel un domingo porque se quería lucir con un amigo, y Gino la hizo con un travesaño torcido. Nadie la corrigió nunca. Cada vez que la repasaban, se la dejaban torcida.
Nélida miró la H. En cuarenta años de repasos se había dado cuenta de que estaba torcida y había creído que era un error de otro pintor.
—Eso no te lo iba a decir —siguió Vicente—. Gino se fue a Necochea y no volvió. Mario se murió en el ochenta y nueve, en el mar. Y yo quedé acá, con la H de Gino.
Nélida se sentó en el cajón, al lado del tarro de amarillo. Las gaviotas bajaban a la banquina a pelearse por una cabeza de besugo y se iban. Pensó en su tío, en el pincel, en todos los nombres que había escrito sobre otros nombres.
—Tengo una idea —dijo al fin—. Rosalía va en la proa, grande, en rojo, con la sombra para el lado del mar, como corresponde. Y Tres Hermanos lo escribo adentro, en la tabla de la bodega, donde se apoya la red. Chiquito, con la H de Gino.
—¿Eso se puede?
—Se puede si nadie lo ve. Los nombres que nadie ve son los que sostienen a los otros.
Vicente se rascó la nuca. Miró la lancha, la banquina, los cajones apilados, el mástil de la lancha vecina con una bolsa de pan atada para las gaviotas. Después asintió una sola vez, como quien firma.
Nélida pintó toda la tarde. Rosalía le salió con la R larga y el rulo final apuntando al horizonte, y cuando la última mano de rojo todavía brillaba, bajó a la bodega con un frasco de pintura blanca y el pincel de su tío. Se arrodilló sobre la madera húmeda, entre olor a pescado y a sal, y escribió despacio, letra por letra, Tres Hermanos. A la H le hizo el travesaño torcido.
A la mañana siguiente, en la bendición, el cura rocío con agua bendita las proas y las redes, y nadie miró dos veces la bodega de la lancha de Vicente Lo Presti. Esa tarde, de vuelta de la pesca, Vicente tendió la red mojada sobre la tabla y la red cubrió las letras de abajo. Los lobos marinos ladraban desde la escollera. La lancha entró a la banquina con dos nombres, uno para el que la mira desde el muelle y otro para el que la carga, y flotó más derecha que nunca.
Leave a Reply