La lista de clientes de Aníbal Villalba nunca estuvo escrita. Estaba en su cabeza, y desde el ACV la cabeza seguía ahí, pero la boca ya no le respondía del lado izquierdo. Brian, su hijo, de veintisiete años, había pasado tres semanas haciendo el reparto con un cuaderno de tapa dura y una birome que dejaba de andar cada vez que hacía frío. Anotaba lo que podía: la casa de la esquina con perro, el kiosco que pide dos sifones y un bidón, el taller mecánico donde se paga los sábados. Ya tenía cuatrocientas doce direcciones.
Faltaba una.
Lo sabía porque cada viernes, cuando iba a verlo a la sala de rehabilitación, el viejo le agarraba la muñeca con la mano buena y decía una sola palabra, tan gastada que sonaba a otra cosa.
—Viernes.
—Ya sé, pa. Hoy es viernes.
—Es-qui-ú.
Esquiú era una calle de Remedios de Escalada, adentro del barrio ferroviario, donde las casas las había hecho el Ferrocarril del Sud para su gente a principios del siglo pasado, todas con techo a dos aguas y ladrillo a la vista, como si alguien hubiera trasplantado un pedazo de Inglaterra al lado de los talleres. Brian había pasado por Esquiú dos veces con el camión. En el cuaderno no figuraba ninguna casa de esa calle.
Esa noche, en la cocina, se lo contó a su madre.
—Hay una clienta de los viernes que no sé cuál es —dijo—. Papá dice Esquiú.
Nora estaba sentada con la calculadora y las facturas de la fábrica de gas carbónico. No levantó la vista.
—Si no figura, no paga. Y si no paga, no es cliente. Con lo que sube el gasoil, Brian, no estamos para regalar nada. Cortá lo que no cobrás.
—No sé si no cobra.
—Tu padre era el hombre que más soda regaló en Lanús. Cortá.
Brian no dijo nada. Se llevó el cuaderno al cuarto.
El viernes siguiente salió a las seis, con el camión cargado de bidones y de cajones de sifones de plástico, que sonaban como macetas huecas cada vez que tomaba la curva de Almeyra. Hizo las cuadras de siempre. A las once y media, con la camiseta pegada a la espalda, estacionó en Esquiú entre Almeyra y Ferré y empezó a caminar la calle con un sifón lleno en cada mano, mirando las rejas una por una.
Cuarta casa, reja verde, un limonero que le sacaba la mitad de la vereda. En el escalón de la entrada había un sifón vacío con la boquilla hacia arriba, limpio, como puesto para que alguien lo viera desde lejos. Brian dejó el suyo al lado. Cuando se enderezó, la puerta ya estaba abierta.
—Vos no sos Aníbal.
La mujer tenía como ochenta y cinco años, un delantal de cuadritos y una mirada que pesaba. Se apoyaba en el marco con las dos manos.
—Soy el hijo. Brian. A mi papá le dio un ACV hace un mes.
—Ya sé. Me avisó la vecina de al lado, la de la farmacia. —Miró el sifón nuevo, después a él—. Pasá. Se te va a cocinar el camión.
La cocina olía a leña y a naranja hervida. Sobre la mesa había una lata de galletitas de las de antes, con dibujo de un velero, y al lado una fotografía enmarcada: un hombre de gorra de guarda, serio, con un farol colgando del brazo.
—Amalia Soria —dijo ella—. Mi marido era guarda del Roca. Murió en el noventa y dos, una semana antes de que me quedara sola de verdad. Tu papá era flaquito entonces, con el pelo hasta acá. Vino al velorio con un sifón de vidrio, de los azules, con la malla de alambre. Lo dejó en la puerta y no dijo nada. Al viernes siguiente trajo otro.
—¿Y nunca le cobró?
—Nunca. Le quise pagar el primer año, el segundo, el tercero. Me decía que después, que no tenía vuelto. Hace treinta y tres años que no tiene vuelto.
Brian miró el techo, donde alguien había pintado un celeste desteñido. Pensó en su madre y en la calculadora. Pensó en el gasoil, en los sifones que explotan de viejos aunque sean de plástico, en los diecisiete mil pesos por mes de patente del camión.
—Yo le pago lo que me diga —dijo ella, y abrió la lata de galletitas. Adentro no había galletitas sino billetes doblados, ordenados de menor a mayor—. Lo guardé todo este tiempo para el día que viniera alguien a cobrarme. Pero no sé de qué año me estoy acordando, ya no sé qué vale cada cosa.
Los billetes eran de varias épocas, algunos de plata que ya no existía. Brian los miró un buen rato. Después cerró la lata con las dos manos y la puso de nuevo en la mesa, despacio, como se cierra una puerta en una casa donde duerme alguien.
—Guárdela, señora. Yo vengo los viernes. Cuando mi papá se mejore, viene él.
—¿Y tu mamá?
—A mi mamá le explico yo.
Doña Amalia lo miró con la cabeza un poco de costado. Después fue hasta la alacena y volvió con algo envuelto en un repasador. Lo desenvolvió sobre la mesa: un sifón de vidrio azul, con la malla de alambre intacta, la cabeza de metal gastada de tantas manos. No tenía una sola raspadura.
—Es el primero que me trajo. No lo usé nunca. Me da miedo que explote y me da más miedo tirarlo. Llevátelo y mostráselo a Aníbal. Que sepa que lo tuve guardado.
Esa tarde, después del último bidón, Brian manejó hasta la rehabilitación con el sifón azul en el asiento de al lado, sujeto con el cinturón. En el pasillo se cruzó con una enfermera que lo miró dos veces. El viejo estaba en la silla de ruedas, mirando el patio.
Brian se arrodilló, le puso el sifón en el regazo y abrió el cuaderno en la última página. Con la birome que no andaba, apretando, escribió la línea cuatrocientos trece: Amalia Soria, Esquiú, viernes. No se cobra.
Aníbal bajó la vista. Pasó la mano buena por el vidrio, por la malla, por la cabeza gastada. Después puso un dedo sobre la línea escrita, justo debajo de la palabra viernes, y lo dejó ahí, como quien firma.
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