Hacía treinta y un años que Mirta Bazán cerraba la sala de carruajes a las seis y media, y hacía treinta y un años que, a las seis en punto, mientras ella pasaba el trapo por los guardabarros, los guías salían con los visitantes hacia el mirador y los ciervos empezaban a hablar en el monte.
Ella los oía igual, claro. Por la puerta entornada entraba el olor a caldén y a tierra fría, y de vez en cuando, muy lejos, algo largo y ronco, como un camión arrancando debajo de la tierra. Pero oír de adentro no es lo mismo, se decía. Era como escuchar un partido por la pared del vecino.
Esa tarde era el último martes de abril. La brama se iba acabando, y ella se jubilaba el quince de mayo.
A las cinco y diez ya había barrido, ya había guardado el cuaderno de visitas y ya se había puesto, abajo del guardapolvo, el chaleco de lana que traía en la cartera desde la mañana. Nadie se había dado cuenta. Pensaba salir a las seis menos veinte, caminar el sendero hasta el mirador de la loma y pararse atrás de todo, sin decirle nada a nadie, como quien va al baño.
A las cinco y media sonó un portazo en la entrada, risas, la voz de una maestra pidiendo que por favor hicieran fila. Era una escuela de Toay. Veinte chicos de séptimo, un micro, un guía apurado que gritó desde el patio:
—¡Mirta, los dejo diez minutos nomás en los carruajes y salimos para el mirador!
—Dejalos —dijo ella—. Que no toquen nada.
Tocaron todo, naturalmente. Pasaron en tropel junto al Mail Coach, ese coche enorme, amarillo y negro, con el pescante tan alto que parecía un balcón con ruedas. Uno se subió al estribo, la maestra lo bajó de la oreja. A las cinco y cincuenta el guía pasó lista, contó diecinueve, volvió a contar, dijo “bueno, veinte” para no perder la luz, y se los llevó a todos monte adentro.
Quedó el silencio y el polvo en los rayos de sol. Mirta se sacó el guardapolvo, lo dobló, buscó las llaves.
Entonces vio los championes.
Eran unos championes celestes, de nene, asomando entre las ruedas traseras del Mail Coach. Se agachó con la rodilla crujiéndole. Adentro, abrazado a una mochila con dibujo de dinosaurio, había un chico de doce años mirándola con la cara colorada de quien ya perdió.
—Yo no me quería ir —dijo.
—¿Cómo te llamás?
—Joaquín.
—¿Y por qué no querías ir, Joaquín?
El chico dudó. Se limpió la nariz con la manga.
—Mi papá cría ciervos en un campo de Anguil. Chiquitos, de los que se venden. Dice que los de acá son los de verdad y que la brama es un ruido de lástima. Que uno grita porque está solo.
—¿Y vos qué pensás?
—Que si voy y lo escucho, a lo mejor tiene razón.
Mirta miró el reloj de pared. Seis y cuatro. Si lo llevaba hasta la entrada y esperaba al guía, perdía todo. Si lo dejaba ahí y salía, perdía al chico. Si llamaba por radio, el guía volvía con veinte pibes, la maestra con la cara desencajada, y ya no habría monte para nadie.
—Pará —dijo—. Hagamos otra cosa.
Cerró la sala con llave, le dio la mano al chico, y salieron al sendero. El aire había cambiado. Se había puesto de ese azul oscuro que tienen los caldenes antes de la noche, retorcidos, con las copas chatas como paraguas viejos. Caminaban rápido. Él preguntaba cosas, ella contestaba cualquiera: que el castillo tenía una chimenea comprada en París junto con todo un restaurante, que los carruajes eran quince, que el Mail Coach llevaba a veinte pasajeros y a un cochero con un cuerno.
—¿Un cuerno de verdad?
—De bronce. Para avisar que llegaban.
Llegaron al mirador cuando el grupo ya estaba en silencio, apiñado en la baranda. El guía las vio y abrió la boca; Mirta levantó un dedo y él la cerró. La maestra se llevó la mano al pecho y contó diecinueve más uno.
Y entonces, por primera vez desde adentro, Mirta oyó.
No era un grito. Eso fue lo primero que entendió. Empezaba bajo, casi un ronroneo de máquina, subía, se ensanchaba, se rompía en el medio como una madera y volvía a bajar, y en la pausa se oía a otro, más lejos, contestando. Venía del suelo, de los pies. En la loma de enfrente apareció una hembra, después otra, color canela contra el pastizal pálido, y detrás, con la cornamenta como un árbol sin hojas, el macho, que iba y venía, y contaba, y volvía a contar.
Joaquín no dijo nada. Tenía la mochila apretada contra la panza.
—No está solo —susurró por fin.
—No —dijo Mirta—. Está llamando. Es distinto.
Del otro lado del valle, otro bramido le respondió, y después un golpe seco, como dos ramas gruesas que se parten. Mirta se dio cuenta de que tenía las manos juntas, apretadas, igual que cuando era chica y esperaban en la ruta el micro de la abuela.
Treinta y un años, pensó. Y nunca había hecho falta más que caminar quince minutos.
Cuando se acabó la luz, el guía prendió la linterna roja y los chicos empezaron a bajar. Joaquín esperó a que pasaran todos y se quedó un paso atrás, con ella.
—¿Vas a volver mañana? —preguntó.
—Hasta el quince de mayo, sí.
—Digo, a escucharlos.
Mirta miró hacia el monte, donde el macho seguía hablando solo para los que quisieran entender.
—Mañana a las seis cierro la sala a las seis menos veinte —dijo—. Y dejo un cartel en la puerta.
—¿Qué dice?
—Que volví enseguida.
El chico se rió. Bajaron juntos por el sendero, atrás del grupo, con el chaleco de lana de Mirta ya a la vista de todos y el bramido todavía subiendo desde la tierra, atrás, cada vez más ancho, cada vez menos lejos.
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