El parche se rajó a las cinco de la tarde, de borde a borde, con un chasquido de rama seca. Ismael apenas lo había rozado con la llave de afinar. Levantó las manos como si le hubieran gritado.
En el patio del club, entre los espaldares de plumas apoyados contra la pared y las bolsas de lentejuelas sin abrir, nadie dijo nada. Faltaban cinco horas para que la comparsa entrara al corsódromo Nolo Alías, y el surdo mayor, el que le marca el paso a todos los demás tambores, era un tacho con la boca partida.
—Yo no lo toqué —dijo Ismael. Tenía diecinueve años y la voz le salió finita.
—Ya sé, nene. Es el calor. Los cueros de ahora se cansan.
Aurelio Fretes lo dijo sentado junto a la canilla, con el mate en la mano. Tenía sesenta y siete años y había ido a la tarde nada más que a mirar, como todos los años, con la camisa planchada y sin ninguna intención de tocar nada. Treinta años atrás había armado ese surdo con un cuero de chivo que curtió en el fondo de su casa del barrio Cambá Cuá. Hacía veintiocho que no se paraba con un tambor colgado.
Gladis, la presidenta, ya venía por el pasillo con el celular pegado a la oreja y la cara de quien suma problemas.
—Tenemos el de plástico, el del ensayo. Lo ponemos y listo.
—Suena a balde —dijo Aurelio.
—Suena a balde, pero suena. Aurelio, son las cinco.
Él miró el surdo rajado un rato largo. Después se levantó, despacio, porque las rodillas ya no le contestaban de inmediato.
—En casa tengo un cuero. Colgado en el galpón, hace años. Era para otra cosa.
—¿Y sirve?
—Si lo mojo bien, sirve. Pero no lo toco yo —aclaró, levantando un dedo—. Yo lo pongo. Tocar, toca el pibe.
Gladis dijo que sí a todo, porque no había tiempo para decir otra cosa.
Fueron en la camioneta del club, con Ismael callado en el asiento de atrás. El galpón olía a querosén y a tierra caliente. El cuero estaba colgado de un clavo, duro como una chapa y del color del té. Aurelio lo bajó con las dos manos y lo metió en el tanque de agua del fondo. Se quedó mirando cómo las burbujas subían de a una.
—¿Cuánto tiene que estar? —preguntó Ismael.
—Hasta que se afloje. Con el cuero no se pelea, se espera.
Esperaron en el patio, a la sombra de la mandioca, mientras el sol caía despacio sobre las chapas. Aurelio le contó que de joven tocaba el repique en una batería chica de Cambá Cuá y que una noche, en un corso de barrio, se le cayó un palillo en pleno desfile. Se agachó a buscarlo y la columna entera se le vino encima. Nadie se enojó. Pero él nunca más pudo ponerse un tambor al cuello sin acordarse del palillo rodando entre los zapatos.
—Treinta años por un palillo —dijo Ismael.
—No fue el palillo. Fue la vergüenza. Es más pesada.
A las siete sacaron el cuero del agua, blando y oscuro, y lo montaron sobre el aro de madera del surdo. Aurelio lo fue ajustando con las manos y con la boca, soplando entre los dedos, atando una vuelta de cuerda y soltando media. Le temblaban las manos. Ismael lo notó y no dijo nada, y eso a Aurelio le pareció mejor que cualquier otra cosa que le hubiera dicho.
Después hubo que secarlo. Lo pusieron al sol que quedaba, sobre el capó de la camioneta. Cuando el sol se fue, lo acercaron a las brasas de la parrilla del club, que Gladis había mandado encender, con la excusa del asado de los músicos. Cada diez minutos, Aurelio apoyaba la palma en el cuero y escuchaba con la mano.
—Pegale ahora. Despacio.
Ismael pegó. El sonido salió gordo, pero con un zumbido adentro, como una abeja encerrada.
—Todavía no. Está húmedo en el medio. Esperá.
A las ocho y media el zumbido se había ido a la mitad. A las nueve menos diez, casi del todo. En el portón ya se oían los camiones de las otras comparsas y el primer redoble lejano de alguna batería que entraba en calor. Alguien gritó que los espaldares tenían que subir a los autos.
—Una más —dijo Aurelio—. Pegá fuerte.
Ismael pegó con todo el brazo. El sonido salió redondo y largo, y el patio entero se quedó quieto para recibirlo. Hasta las plumas, en la pared, parecieron moverse un poco.
—Ahí está —dijo Aurelio, y se sentó, porque de golpe no le alcanzaban las piernas.
Ismael se colgó el surdo con las correas y quedó parado frente a él, esperando algo.
—Vení con nosotros —dijo por fin—. Aunque sea hasta la entrada.
Aurelio negó con la cabeza, pero fue. Caminó detrás de la comparsa las diez cuadras hasta el corsódromo, con el mate vacío en la mano, entre las plumas que cabeceaban sobre los techos de los autos y los chicos que corrían con las bolsas de brillantina. Se quedó en el portón de ingreso, del lado de afuera de la valla, mientras la batería se acomodaba en fila y alguien contaba en voz baja.
Se oyó un silbato. Después, nada, un segundo entero de nada, con toda la gente de las tribunas conteniendo el aire.
El primer golpe del surdo mayor le llegó a Aurelio por el piso, por las piernas, por la valla de hierro donde apoyaba la mano. El agua que quedaba en el fondo del mate se arrugó en círculos, uno tras otro, al compás.
Aurelio lo miró temblar. No le temblaban las manos.
Leave a Reply