La hilera que va a mano

A las nueve de la noche, la cuadrilla ya había guardado las tijeras en los baldes y Ubaldo Mamani seguía con la suya abierta en la mano, mirando la última hilera del cuartel viejo. Los reflectores del tractor armaban un pasillo amarillo entre los alambres. Más allá, en el espaldero nuevo, las tolvas de la cosechadora esperaban, apagadas, con el rocío empezando a mojarles el costado.

El pronóstico decía tres grados bajo cero para antes del amanecer, y a esa altura de marzo una helada no era un mal rato: era perder lo que quedaba colgado. Por eso la finca había decidido cosechar de noche, con máquina, lo que faltaba. Cuando el termómetro de la galería marcó seis grados, Graciela Funes, la dueña, bajó con la campera de la bodega y la linterna frontal, y lo dijo sin vueltas.

—Ubaldo, a las dos entra la cosechadora a todo el cuartel. Al viejo también.

—Usted me dijo que lo viejo iba a mano.

—Te dije eso cuando pensé que íbamos a tener tres días más. —Se sopló las manos—. No hay tres días.

Él no contestó. Hacía veintiséis inviernos que podaba esas cepas, y las conocía como se conoce a los vecinos: la que echaba brotes tarde, la que soltaba los racimos chicos y apretados, la que se había secado un brazo en la sequía del 2010 y seguía dando fruta con el otro. Eran de parral bajo, plantadas por alguien que había muerto antes de que él llegara de Potosí en el noventa y ocho, con veintidós años y una mochila que olía a coca y a lluvia. El lunes las iban a arrancar para poner espaldero, y todos lo sabían, incluso las cepas, si es que las cepas saben.

—Una hilera —dijo él por fin—. Le pido una sola. Hasta las dos.

Graciela miró el reloj, después miró las plantas, y se encogió de hombros de una manera que no era un sí, pero tampoco un no.

Ubaldo se agachó bajo el primer alambre. Cortar a mano el cuartel viejo era una cuenta de paciencia: había que meter el brazo entre las hojas ya duras, encontrar el pedúnculo por el tacto, cerrar la tijera de un solo gesto. El racimo caía en el tacho de plástico con un golpe sordo, y el olor, mosto, tierra fría, un poco de humo de la quema de poda de otro vecino, le subía a la cara. Hizo seis metros en diez minutos. Cuando levantó la cabeza, Wilmer estaba parado en el borde de la luz.

—¿Qué hacés acá? —le dijo—. Tendrías que estar durmiendo.

—Mamá dice que vengas a cenar.

—Decile que ya voy.

El chico tenía doce años y había nacido en Luján, en la casa de adobe de la finca, y todo lo que sabía de Potosí era una foto y un acento que le salía cuando se enojaba. Se quedó mirando el tacho.

—¿Por qué lo hacés a mano si viene la máquina?

—Porque la máquina no distingue —dijo Ubaldo—. Sacude la planta y cae todo: la uva buena, la hoja, un nido, a veces un lagarto. Acá hay racimos que todavía no están. Hay que dejarlos.

—¿Y si se hiela?

—Se hiela. —Cortó otro—. Pero eso lo decide la helada. Lo otro lo decido yo.

Wilmer no se fue. Se agachó del otro lado del alambre, agarró la tijera chica que Ubaldo guardaba en el bolsillo de la campera y empezó a cortar, torpe, sacando los racimos con las dos manos como si fueran pájaros. A las once, la hilera iba por la mitad. A medianoche, el aire se había puesto tan quieto que se oía la acequia corriendo por la hijuela, apenas un hilo de agua, y se les habían entumecido los dedos. La señora Rufina, la cocinera de la cuadrilla, apareció con el termo y dos panes con grasa, y se fue sin decir nada.

A la una y cuarto, cuando faltaban veinte metros, los faros de la cosechadora se encendieron en la cabecera. Se oyó el motor arrancar, ese ronquido de máquina grande que despierta a los perros de tres fincas. Ubaldo no levantó la cabeza. Siguió cortando, más rápido, y le empezó a temblar la mano derecha, no de frío.

—Papá —dijo Wilmer.

—Ya sé.

—Papá, mirá.

Los faros avanzaban por el callejón, pero se detuvieron antes del cuartel viejo. El motor bajó de golpe, y después se apagó. En el silencio, se escucharon pasos sobre la tierra seca. Graciela venía caminando con la linterna en la frente y un balde vacío en cada mano. Detrás, el maquinista, con las manos en los bolsillos, miraba el suelo.

—El Beto dice que si la hilera va a mano, él se espera —dijo ella—. Una hora. Yo no vine a mirar.

Se agachó del lado de Wilmer, sacó del bolsillo una tijera de podar con el mango descascarado y empezó. Cortaba mal, apurada, pero cortaba. El maquinista se quedó un rato más con la vista en el suelo, hasta que se sacó los guantes y los dejó sobre el capot.

A las dos menos diez quedó un solo racimo. Colgaba bajo una hoja amarilla, al final de la hilera, chico, apretado, de ese violeta casi negro que da la vid vieja. Ubaldo lo tomó con la mano abierta, como se toma una cara, y lo sostuvo un momento sin cortar.

—Cortalo vos —le dijo a Wilmer.

El chico cerró la tijera. El racimo cayó en el último tacho, y en el aire inmóvil se levantó el olor, entero, a fruta fría y a tierra.

Cargaron los tachos entre los cuatro en la caja del tractor. Cuando la cosechadora se metió por fin en el cuartel nuevo, las luces barriendo las hojas, empezó a bajar la escarcha. Ubaldo la vio asentarse sobre los alambres desnudos del parral viejo, hilera por hilera, blanca y despareja, sin un solo racimo que perder.

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