A las siete menos diez, el taller de El Maitén todavía no tenía calefacción y el torno de Graciela Quilodrán ya estaba caliente de tanto girar en vacío. Ella le pasaba el trapo al carro con la mano izquierda y con la derecha sostenía el mate, que se le enfriaba igual. Afuera, el viento de la cordillera arrastraba arena contra las chapas y hacía sonar el portón como si alguien quisiera entrar sin pedir permiso.
Sobre el banco, envuelto en un repasador de cuadros, estaba el buje de bronce que había que reemplazar. Tenía el diámetro de una taza y el desgaste de cuarenta años de curvas. La locomotora tenía que salir a las vías antes de la Fiesta Nacional del Tren a Vapor, en febrero, y faltaban once días para que el jefe de taller diera la última palabra.
—¿Lo vas a hacer vos? —preguntó Ramón Becerra desde la puerta. Traía el termo bajo el brazo y el gorro de lana hasta las cejas.
—Lo estoy haciendo.
—Hay uno de repuesto en el pañol.
—Ese no entra. Lo hizo mi viejo en el noventa y cuatro, para otra máquina, y nunca le quedó bien. Tiene un pelo de juego de más.
—Un pelo no se nota.
—En una caldera, un pelo se nota en el kilómetro doce.
Ramón no discutió. Había trabajado con el padre de Graciela y sabía que en ese taller las discusiones sobre medidas se perdían siempre por goleada. Se sentó en un cajón de madera, destapó el termo y la ayudó a mirar.
Graciela trabajaba despacio. Fijó la barra de bronce en el plato, acercó la herramienta y la viruta salió en una espiral fina, color miel, que cayó sobre el piso de tierra y quedó brillando. En el taller se conservaba el olor a aceite quemado, a hierro frío y a yerba húmeda, el mismo que ella había conocido a los ocho años, cuando venía a la salida de la escuela a esperar a su padre sentada sobre un yunque.
A media mañana, cuando fue a buscar el calibre, abrió el cajón de las herramientas del viejo. Hacía años que no lo tocaba. Adentro había una lima gastada, un compás oxidado y, en un rincón, una cajita de lata de membrillo. Dentro de la cajita, un punzón de acero con una letra grabada en la punta: una Q al revés, porque así sale al golpear.
—¿Y esto? —dijo Ramón, que se había parado detrás de ella.
—Su marca. La ponía en cada pieza que hacía, adentro, donde no se viera. Decía que una pieza sin firma se la lleva cualquiera.
—Nunca vi ninguna.
—Porque no se ven. Se ven cuando se desarma la máquina, a los ocho años, y alguien la da vuelta.
Ramón se quedó callado. Después dijo, bajito, que a él le había tocado desarmar la máquina hacía tres años. Y que había visto la Q.
Graciela lo miró.
—¿La viste?
—En la caja de bielas. Una Q así, chiquita. Pensé que era del fabricante. Alemanes, qué sé yo.
Ella se rió, por primera vez en toda la semana, una risa corta que le sacudió los hombros. Después volvió al torno. Pasó la tarde afinando el diámetro, midiendo cada tanto con el calibre, soplando la viruta. A las seis, cuando se fue la luz natural y quedó solo la lámpara de arriba, el buje estaba listo. Lo probó contra el eje. Entró con un sonido seco y limpio, sin juego, como entra una llave en su cerradura.
Faltaba una sola cosa.
Graciela tomó el punzón y lo apoyó contra la cara interna del buje. Se quedó un rato así, con el martillo en la otra mano, escuchando el viento contra el portón y los pasos de alguien que cruzaba la vía de afuera.
—No sé si corresponde —dijo.
—Ya hay una Q en la caja de bielas —dijo Ramón—. Una más no estorba.
—No es lo mismo. Esa es de él.
—Esta también. Vos hiciste el buje con las manos que te dio.
Ella asintió. Dio un solo golpe, firme, y levantó el punzón. En el bronce quedó la letra, al revés, chiquita, casi invisible.
Esa noche, el buje viajó en el bolsillo de su campera hasta la máquina, y entre los dos lo montaron con grasa y paciencia. Cuando terminaron, Ramón cerró la tapa y apoyó la palma sobre la chapa tibia.
—Dentro de cuarenta años, alguien la desarma y se pregunta de quién es esa Q.
—Y no va a saber que son dos —dijo Graciela.
Apagaron la lámpara. En el taller quedó el olor a bronce nuevo, el tic del metal enfriándose y, bajo la tapa, la letra que nadie iba a ver, trabajando.
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