El tun de la abuela

Griselda Bazán se levantó a las seis, como siempre, y antes del mate abrió la tapa del piano. Se miró la mano izquierda. Los dedos estaban hinchados en las articulaciones, duros como nudos de soga, y el meñique se le había quedado doblado hacia adentro durante la noche. Los estiró uno por uno sobre el repasador tibio. Era 3 de junio, y mañana, en el salón del club Sportivo Las Altas, en Alta Córdoba, tenía que tocar.

No era un baile cualquiera. El 4 de junio es el Día del Cuarteto, y la comisión del club había armado una noche con orquesta de las de antes, con piano, acordeón, contrabajo y violín, como en la época de Leonor Marzano. Habían llamado a Griselda porque en el barrio todavía se acordaban de ella. Entre 1981 y 1994 había tocado el piano en La Típica del Suquía, y nadie marcaba el tunga como ella.

El tunga está en la mano izquierda. Eso lo sabe cualquiera que haya tocado cuarteto: el golpe fuerte va primero, el tun, y después el ga, más suave, al revés de lo que enseña el pasodoble. Con la derecha se puede adornar, improvisar, hacerse la linda. Pero la izquierda tiene que sostener el baile entero, y esa mano ya no le respondía.

—Abuela, ¿otra vez con el piano a esta hora?

Luz apareció en la puerta de la cocina con el uniforme del colegio a medio poner y una tostada en la boca. Tenía catorce años y los auriculares colgados del cuello. Vivía con Griselda desde que su mamá se había ido a trabajar a Neuquén.

—Mañana toco en el Sportivo —dijo Griselda, sin darse vuelta—. Y no me sale el tun.

—Ponele un acompañamiento grabado.

—Un baile de cuarteto sin tunga en vivo es una misa sin cura.

Luz se encogió de hombros, agarró la mochila y se fue. Por la ventana se oyó el Tren de las Sierras saliendo de la estación Belgrano, ese ronroneo largo que en Alta Córdoba hace de despertador para los que ya no lo escuchan.

Griselda probó toda la mañana. Probó con la bolsa de agua caliente, con la pomada de árnica que le había dejado la vecina, con una pelotita de goma que apretaba mirando el noticiero. A las doce tocó el tun-ga una vez, despacio, y le salió. Dos veces, y le salió. A la tercera el meñique se trabó y la nota quedó colgada, fea, en medio de la sala.

Cerró la tapa. Se quedó un rato con las dos manos encima, sintiendo el barniz frío.

A la tarde, cuando volvió Luz, el olor a ajo de la salsa ya había ganado la casa. Griselda estaba sentada en el banquito con un fernet con coca que no había tocado.

—No voy —dijo—. Le aviso al presidente del club que no voy.

Luz dejó la mochila en una silla. Miró el piano, miró a su abuela, y por primera vez en mucho tiempo no tuvo nada para contestar. Se sentó al lado de ella, en el borde del banco.

—Mostrame cómo es.

—¿Cómo es qué?

—El tun. Mostrame.

Griselda levantó la mano izquierda y la apoyó sobre las teclas. Tun, ga. Tun, ga. Despacio. Luz la miraba como se mira a alguien que hace un truco.

—Es fácil —dijo.

—Es fácil para mirar.

—Dejame.

Luz puso su mano izquierda sobre la de la abuela, y después sobre las teclas. El primer tun le salió flojo, como un golpe de nudillo en una puerta ajena. Griselda le corrigió la muñeca. Le dijo que el peso viene del hombro y no de los dedos, que el ga no es un descanso sino una caricia, que había que sentir la pista llena aunque la sala estuviera vacía. Tun, ga. Tun, ga. A las nueve de la noche, con la salsa fría en la olla y los vecinos golpeando la pared, a Luz le salía.

—Y ahora vos con la derecha —dijo Luz, sin sacar la izquierda de las teclas.

—Yo con la derecha.

Probaron una vez, y se enredaron. Probaron otra, y la melodía se cayó. A la tercera, Griselda cerró los ojos y dejó de contar. El tunga de su nieta sostenía el piso, la derecha de ella corría arriba con el estribillo de una canción vieja de La Típica, y de pronto el piano sonó como había sonado en 1986, con dos manos distintas haciendo una sola música.

Al otro día, el salón del Sportivo se llenó antes de las once. Había señoras con las carteras apretadas bajo el brazo, pibes con gorra, un hombre que había venido desde Villa Allende en colectivo para escuchar piano de verdad. Sobre el escenario, el contrabajista afinaba y el acordeonista tosía. El presidente del club vio llegar a Griselda con una chica de remera negra, y no preguntó nada.

Había un solo piano. Griselda y Luz se sentaron juntas, hombro con hombro, en el mismo banco.

—Si me trabo, seguí vos —susurró Griselda.

—Si me trabo yo, seguí vos.

El acordeón arrancó. Griselda levantó la mano derecha, Luz bajó la izquierda, y en el primer compás el salón entero giró como un solo cuerpo. Atrás, en las vías, el último tren pasó sin hacer ruido y nadie lo escuchó.

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