El último viaje de las brujas

Olga Sandoval llegó a Carabobo a las tres de la tarde con un termo, dos mates y una nieta que no quería bajar la escalera.

—Hace calor, abuela.

—Abajo hay menos.

Era viernes 11 de enero de 2013 y el aire de la calle Rivadavia pesaba como una frazada mojada. Camila tenía nueve años, una remera de Violetta y la costumbre de tapar con las manos todo lo que sonaba fuerte. Olga la agarró de la muñeca, no de la mano, y bajaron juntas hasta el andén, donde olía a aceite caliente y a madera vieja, un olor dulzón que ella habría reconocido con los ojos vendados.

Trabajó cuarenta y un años en un taller de corbatas de la Avenida de Mayo, cerca de la Casa de Gobierno, y todas las mañanas bajó en Carabobo para ir hasta Plaza de Mayo, y todas las tardes hizo el camino a la inversa. Durante cuatro décadas, ni una sola vez le había prestado atención al tren. Eso le pasó recién esa semana, cuando leyó en el diario que los coches belgas, los de madera, los que llamaban las brujas, hacían su último día de servicio.

Del túnel salió un viento tibio, y atrás del viento el ruido: un rechinar largo, de bisagra, con un traqueteo adentro como de tazas en una bandeja. Camila se llevó las manos a las orejas.

—Escuchá un poquito —dijo Olga—. Después te las tapás.

La formación frenó con un suspiro. Era marrón y estaba rayada por tantos años de pintura encima de la pintura. Había gente con cámaras, un muchacho con un trípode, una pareja de turistas que se sacaban fotos con las puertas todavía cerradas. Un guarda de camisa celeste, con la frente brillante, iba de coche en coche abriendo a mano.

—Tiren de la manija, señoras —dijo, con voz de haber repetido eso todo el día—. Son puertas de verdad.

Olga tiró. La puerta cedió con un quejido y adentro estaba todo igual: los asientos de tablitas de madera, los bronces gastados en los pasamanos, las lámparas redondas con sus espejitos, el piso que cedía un poquito bajo el zapato. Eligió el tercer coche. El lado izquierdo, mirando hacia Plaza de Mayo, el cuarto asiento contando desde la puerta. Estaba libre. Se sentó y acomodó a Camila contra la ventanilla, con la bolsa de tela entre las dos.

—¿Por qué justo este? —preguntó la nena.

—Porque en el setenta y uno, el primer día que fui al taller, me senté acá. Tenía dieciséis años y llevaba un bolsito de plástico con un sándwich de milanesa adentro. Y una señora que no conocía me dijo: nena, sacá los pies del medio.

—¿Y los sacaste?

—Los saqué. Y los dejé afuera cuarenta años.

Camila se rio por la nariz. El guarda silbó dos veces, alguien soltó las puertas a los empujones, y el tren arrancó con un tirón que le hizo chocar la cabeza contra el hombro de la abuela. Después empezó el bamboleo. No era un movimiento suave, era un vaivén con crujido, como si el coche entero hiciera fuerza para no desarmarse, y en cada curva la madera cantaba en una nota distinta.

La nena apretó los dientes. Olga vio cómo le subían las manos hacia la cara y, antes de que llegaran, destapó el termo y le puso el mate en la palma.

—Tomá. Con las dos manos. Está caliente.

Camila agarró el mate. Ya no tenía manos libres para taparse nada.

—Ahora contá —dijo Olga, bajito—. Contá las lámparas que tiemblan.

—Una. Dos. Tres. —La nena miraba el techo—. Abuela, esa tiembla distinto.

—Es la de la punta. Siempre tembló esa. Una vez le aposté a una compañera, a Nelly, que se apagaba antes de Loria. Y se apagó.

—¿Ganaste?

—Me pagó con una caja de botones.

Pasaron Pasco, Congreso, Sáenz Peña. En cada parada subía gente con la cara de quien llega tarde a una despedida: un señor de traje con un maletín viejo, un chico con una guitarra, dos mujeres que se tomaban de las manos. Nadie hablaba fuerte. Una señora mayor, de pie, acariciaba el pasamanos con la punta de los dedos como se acaricia el lomo de un animal que ya no se va a ver más. El guarda recorría el pasillo diciendo gracias, gracias por venir, con la camisa pegada a la espalda.

En Lima, Camila dejó de contar y empezó a escuchar. Olga se dio cuenta porque la nena ladeó la cabeza y se quedó quieta, con el mate ya tibio entre las manos. Detrás del rechinar se oía otra cosa: el roce de los zapatos sobre el piso de tablas, los arneses de las ventanillas, el chasquido de los bronces cuando el tren se inclinaba. Era como estar adentro de un instrumento.

—Suena a casa vieja —dijo la nena.

—Suena a tren —dijo Olga—. Pero casi.

Al llegar a Piedras, el coche se vació de golpe y se llenó de nuevo. Un muchacho con una cámara se arrodilló en el pasillo para filmar el piso. Camila lo miró fastidiada, porque le tapaba la vista, y recién entonces Olga sintió algo raro en la garganta. Había imaginado muchas veces ese viaje, pero lo había imaginado sola. No había contado con tener que explicar nada.

—Abuela, ¿mañana también viene este tren?

—No.

—¿Y adónde se va?

—Lo van a llevar a un taller. En Primera Junta lo sacan a la calle por una rampa, como en las películas. —Se acomodó el pañuelo en la cabeza—. Y después se verá.

La nena se quedó pensando.

—¿Y si lo extrañás?

—Vengo y me siento en el tren nuevo. En el mismo lugar.

—Pero no es el mismo asiento.

—No. Pero es el mismo lugar.

Llegaron a Plaza de Mayo con la formación crujiendo en la última curva, con un grito de hierro que hizo que medio coche aplaudiera. Camila no se tapó los oídos. Se bajó de la mano de la abuela, y después de dar tres pasos en el andén se dio vuelta, soltó la mano y volvió a subir.

—Nena —dijo el guarda, riéndose—, ya terminó el recorrido.

—Es que me olvidé algo.

Se agachó junto al cuarto asiento, apoyó la palma abierta sobre la madera y la dejó ahí un momento, quieta, como se hace con la frente de alguien que tiene fiebre. Después bajó corriendo, con el mate vacío en la otra mano, y le dijo a la abuela, antes de que Olga pudiera preguntarle nada:

—Ya está. Ahora sí, vamos.

Subieron las escaleras agarradas de la muñeca, las dos, hacia la luz de la Avenida de Mayo. Atrás, en el andén, la última brujita de la tarde esperaba con las puertas abiertas.

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