El fusible de Nelson

A las cuatro de la tarde, con el cielo de Oberá cargado de un gris que todavía no se decidía a llover, Nelson Procopiuk encontró el tablero muerto. Era miércoles, la Noche de las Colectividades, y el escenario del parque tenía los reflectores apagados, el sonido mudo y a tres muchachos con remeras de la organización mirando una caja gris como quien mira un animal dormido.

—Se cortó todo a la una —dijo uno—. Ya vino el de la cooperativa y dice que la red está bien. Es de acá adentro.

Nelson tenía sesenta y ocho años, la espalda dura de tanto subir a postes y una caja de herramientas de lata verde que había sido de su padre. Hacía cuatro años que se había jubilado. Hacía cuarenta que había armado ese tablero, en una semana de septiembre en la que llovió todos los días, cuando la fiesta todavía se hacía con mucho menos de lo que se hacía ahora.

—Yo lo puse —dijo, sin darle importancia.

Los muchachos se miraron. Uno sacó el celular y empezó a buscar el teléfono de un técnico de Posadas.

—Esperá —dijo Nelson—. Dejame abrir.

Abrió. Olía a polvo caliente y a algo dulce, de bichos viejos. Las llaves modernas, de plástico blanco, eran de los últimos años. Pero abajo, escondido detrás de un riel, había un portafusibles de porcelana marrón, con una tapa de rosca, y adentro un fusible de cartucho que se había puesto negro como un diente.

—Ahí está —dijo.

—¿Eso hay que cambiarlo?

—Eso hay que cambiarlo —confirmó Nelson—. Y no hay en ninguna ferretería, porque ya nadie usa ese calibre.

Lo dijo con una calma que no sentía. Miró el reloj. Su nieta Lucía, diecisiete años, subía al escenario a las nueve con el grupo de danzas de la colectividad. Se había probado el vestido tres veces delante de él, para que le dijera si el bordado del cuello se veía derecho. Nelson le había dicho que sí, aunque no entendía nada de bordados. Lo único que entendía era de corriente.

Salió caminando bajo las luces de mercurio todavía apagadas, entre los puestos que armaban sus mostradores y las casas de las colectividades, cada una con su techo, su bandera y su cocina funcionando desde el mediodía. Pasó por una donde alguien estaba abriendo masa con un palo largo y fino, y por otra donde dos señoras discutían si el repollo ya estaba lo bastante agrio. Todo era ruido de ollas y de gente que se saluda.

Fue a tres ferreterías. En la primera, el chico lo miró como si hubiera pedido un caballo. En la segunda, un viejo le ofreció uno parecido y le dijo que probara, que a lo mejor. No servía. En la tercera, ya con las primeras gotas gordas pegándole en los hombros, la dueña se encogió de hombros.

—Don Nelson, eso no existe más. Lo que sí, mi marido tenía un cajón de cosas de esas. Se lo llevó una vecina, hace años, para la escuela técnica.

La escuela técnica estaba cerrada, claro. Era la hora en que cierran las escuelas. Nelson se quedó parado en la vereda, con el agua que ya corría roja por la calle, esa tierra colorada que se te mete en las zapatillas y no sale más, y pensó en Lucía arriba del escenario a oscuras, bailando para gente que no iba a verle el bordado.

Volvió despacio. Al lado del tablero lo esperaba su caja verde, que había dejado abierta. Se sentó en un cajón de cerveza y empezó a revolver. Tornillos, cinta aisladora gris de cuando existía la gris, un rollo de alambre, y en el fondo, envuelto en un trapo de franela, un tubo corto de vidrio con dos tapitas de bronce.

Era un fusible. Uno solo, del calibre justo. Su padre lo había guardado ahí y le había dicho, hacía mucho: «Este no se toca. Es para el día que hagas falta». Nelson se había reído. Ni siquiera se acordaba de haberlo vuelto a ver.

—Ay, viejo —dijo en voz baja, y no supo si hablaba con su padre o con el fusible.

Lo puso en el portafusibles con dos dedos, como se pone una moneda en una alcancía. Giró la tapa de porcelana hasta que cerró. Después le pidió a uno de los muchachos que bajara las llaves de a una, porque si no iba a saltar todo junto, y que no le preguntara por qué.

Primero se encendió el sonido, con un zumbido grave que hizo reír a alguien. Después los reflectores de a uno, con ese golpe de calor que se siente en la cara aunque estés lejos. La lluvia ya caía derecha, sin apuro, sobre el techo del escenario.

—Don —dijo el muchacho—, ¿cuánto le debemos?

—Nada. Ponemos que fue de la casa.

A las nueve menos diez se sentó en la tercera fila, con el piloto sobre las rodillas y las manos todavía negras. Lucía salió con las otras chicas, con el bordado del cuello derecho como él le había asegurado, y buscó entre la gente hasta encontrarlo. Le levantó apenas las cejas, de lejos, una sola vez.

Atrás, en el tablero, la porcelana marrón se iba entibiando. Nelson no podía verla desde ahí, pero sabía exactamente cuánto aguantaba.

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