Se repite el mensaje

El generador de la radio arrancó a la tercera, con una tos de camión viejo, y Aníbal Cayupán esperó a que las agujas dejaran de temblar antes de sentarse. Afuera, en Ingeniero Jacobacci, la nieve venía de costado desde las seis de la mañana. Habían cortado la luz del pueblo a las once y diez. La ruta 23 estaba cerrada desde Comallo.

Faltaban veinte minutos para el espacio de los avisos y mensajes al poblador rural. Treinta y un años lo hacía. Se leía lo que decía el papel, ni una palabra más ni una menos. Eso le había enseñado el locutor anterior, don Eliseo, que en el noventa y dos le dijo: “Vos no sos el que avisa, sos el que lleva. El que lleva no opina”.

Sobre la consola estaban los papeles de la mañana, apilados bajo la taza de mate para que no volaran con la corriente que se colaba por el marco de la puerta. Que el camión de la leña llegaba el jueves si abría el camino. Que la escuela del paraje no tenía clases. Que la señora de Los Menucos avisaba que la tropilla estaba bien. Todo en birome azul, con letra de gente que escribe poco.

A las doce menos cuarto golpearon la puerta del estudio. Era Hortensia Quilaqueo, la de la panadería de la avenida, con un pañuelo atado bajo la barbilla y la nieve derretida en los hombros.

—Me lo dio un hombre que venía en una camioneta —dijo, y le tendió un papel doblado en cuatro—. Dice que es urgente y que lo lea tal cual.

—Acá se lee todo tal cual, Hortensia.

—Bueno. Leelo vos primero.

Aníbal desplegó el papel. La letra era apretada, de lápiz de carpintero, con las eses al revés.

Para Rubén Nahuelquir, paraje Clemente Onelli. Avisa tu padre que la camioneta ya tiene la correa nueva. Que no te quedes en Comallo con el temporal, que ahí no hay dónde dormir. Que vengas igual, aunque sea tarde. Que el fuego queda prendido.

Lo leyó dos veces. La primera por costumbre, para chequear nombres y parajes. La segunda porque algo no cerraba, y tardó en darse cuenta qué. Rubén Nahuelquir no estaba en Comallo. Rubén Nahuelquir había pasado el sábado por la radio a dejar un aviso de su propio puño, de que salía para el pueblo con la camioneta del padre, y no había vuelto a aparecer. Y la camioneta del padre, Aníbal lo sabía porque el viejo Nahuelquir se lo había contado hacía un mes, con orgullo, tenía la correa nueva desde octubre.

Ese mensaje no era para avisarle nada a Rubén. Era para que Rubén supiera que lo estaban esperando, y que la correa era una excusa que el padre había inventado para que el hijo pudiera volver sin tener que pedir perdón.

—¿Lo vas a leer? —preguntó Hortensia.

—Es mi trabajo.

—No, digo si lo vas a leer bien.

Aníbal no contestó. Mucho tiempo atrás había discutido con su propio hermano por una pavada de alambrados, y recordaba el silencio que vino después, que no fue de enojo sino de vergüenza. Un silencio que se va pareciendo a un mueble. Se acostumbra uno a esquivarlo.

A las doce en punto prendió el micrófono. La luz roja del transmisor, alimentada por el generador, parpadeó una vez y se quedó fija. Leyó los avisos como siempre: el camión de la leña, la escuela, la tropilla. Su voz sonaba pareja, un poco grave, como la voz de una cosa que existe desde antes que uno.

Al llegar al último papel se detuvo medio segundo. Después lo leyó. Cada palabra, tal como estaba escrita. No cambió una coma. Pero cuando llegó a “que vengas igual”, se quedó callado un instante más largo de lo que permite la radio, y en ese instante se oyó el viento golpeando la chapa del techo, la nieve rozando el vidrio, el generador respirando en el cuarto de al lado.

—Que el fuego queda prendido —terminó.

Apagó el micrófono. Hortensia, parada junto a la puerta, tenía los ojos húmedos y fingía mirar la nieve.

—Don Eliseo decía que el que lleva no opina —dijo Aníbal.

—Y vos no opinaste.

—Hice una pausa.

—Una pausa no es opinar. Es lo que se hace cuando algo pesa.

Él se quedó mirando la perilla del micrófono. Después, sin pedir permiso a nadie, volvió a prender. Los avisos se repetían a las doce y media por si alguien se los había perdido, esa era la regla, y la regla no decía cuáles.

—Se repite el último mensaje —dijo—. Para Rubén Nahuelquir, paraje Clemente Onelli.

Leyó otra vez. Despacio, para quien estuviera en una cabina con el motor apagado y la nieve tapando el parabrisas. Para quien tuviera la mano en la llave sin decidirse a girarla.

A las doce y cuarenta, mientras Hortensia calentaba agua en la pava eléctrica que ahora no andaba y terminaba usando el calentador a garrafa del fondo, Aníbal se acercó a la ventana. La nevada había aflojado un poco. Por la avenida, desde el lado de Comallo, venían dos faros amarillos, torcidos, avanzando muy despacio detrás de una máquina vial.

No sabía de quién eran. No hacía falta. Se sentó de nuevo frente a la consola, juntó los papeles de la mañana y los puso otra vez bajo la taza, para que no se volaran.

Los faros pasaron frente a la radio sin detenerse, y siguieron hacia el camino de Clemente Onelli, donde alguien, a esa hora, mantenía el fuego prendido.

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