A las cuatro y diez, con el termómetro de la puerta marcando cuatro bajo cero y ninguna estrella en el cielo, Olga Cárdenas giró la llave de la panadería y la luz no prendió.
Probó el interruptor dos veces más, por costumbre. Afuera el viento del Beagle empujaba nieve fina contra la persiana y, hacia el fondo de la calle, en dirección a la Gobernador Paz, no se veía un solo farol. La ciudad entera estaba apagada, con el Martial encima, invisible, tapando el aire.
Maxi llegó a las cuatro y veinte, con el gorro hasta las cejas y el celular haciendo de linterna.
—No hay luz en ningún lado —dijo—. Ni en lo de la esquina ni en el semáforo. Dicen que se cayó la línea.
—Ya sé.
—El horno rotativo no arranca. El ventilador es eléctrico.
—Ya sé, Maxi.
Tenía diecisiete años, había llegado de Quilmes en marzo con una madre que trabajaba en una fábrica de televisores, y todavía se sorprendía de que a las nueve de la mañana siguiera oscuro. Olga lo había tomado para que doblara cajas y terminó enseñándole a estirar masa.
En la cámara, bajo una tela, descansaban doscientas cuarenta medialunas armadas la noche anterior, más cuarenta panes para los sándwiches. Eran para el desayuno del acto del 9 de Julio en la escuela, ciento veinte chicos, mate cocido y bandejas. El acto empezaba a las ocho y media. Todavía iba a estar oscuro.
—Llamá a la directora y decile que no hay —dijo Maxi—. Se entiende. Es un apagón.
Olga no contestó. Miraba la puerta del fondo, la que daba al patio, la de la chapa pintada de verde que hacía años que no abría nadie.
—Traé la linterna grande —dijo.
Detrás de esa puerta, entre una pila de bandejas rotas y un cartel de «Se vende pan de campo» que ya nadie vendía, estaba el horno de leña. Ladrillo refractario, boca baja, un arco hollinado. Lo habían construido antes de que ella comprara el local, y cada vez que alguien le decía que lo sacara para ganar lugar, ella decía que el mes que viene. Hacía seis años que decía el mes que viene.
—¿Eso anda? —preguntó Maxi.
—Eso no necesita que nadie lo enchufe.
La leña estaba en el patio, bajo un nylon, con una costra de nieve encima. Eran rajas de lenga y de ñire cortadas en otoño. Olga eligió una, la golpeó contra la pared y sonó seca, hueca, como una puerta.
—Mezclá —le explicó, mientras armaban la pirámide adentro—. La lenga prende rápido y calienta enseguida. El ñire aguanta. Si ponés solo lenga, tenés fuego una hora y después frío.
—¿Y cómo sé cuándo está a punto?
—Metés la mano y contás.
A las cinco menos diez el fuego ya tenía cuerpo, y la panadería, que había estado helada, empezó a oler a otra cosa: a resina, a humo dulce, a algo que Maxi, que nunca había vivido con leña, no supo nombrar. Las llamas le iluminaban la cara desde abajo. Se veía más chico y más atento.
Esperaron a que la llama bajara y quedara la brasa. Olga barrió el piso del horno con un trapo mojado atado a un palo. Después acercó el antebrazo a la boca del horno.
—Contá en voz alta.
—Uno. Dos. Tres…
A los seis retiró el brazo.
—Está fuerte. Muy fuerte para las medialunas. Tiene que aguantar hasta diez.
Esperaron doce minutos más. A los diez segundos, Olga asintió. Metieron la primera tanda con la pala larga, doce bandejas por vez, no más, porque el horno era chico y el resto del trabajo tenía que seguir bajando de la cámara a la mesada, de la mesada a la pala, de la pala al fuego, sin que se apagara el ritmo. Maxi sacaba, Olga acomodaba. A las seis, la primera tanda salió con el color justo, el dorado que a la luz de linterna parecía casi rojo, y el pan se oyó crujir sobre la rejilla como si hablara.
La segunda se les quemó de un lado. Olga la miró un rato largo, sin decir nada. Maxi esperó el reto.
—Así aprendés dónde está el calor —dijo ella, y le dio vuelta a la bandeja con la pala—. Esas son para nosotros.
A las siete menos cuarto la calle empezó a oler. Se abrió una puerta enfrente y salió un hombre en pantuflas con una vela en un frasco. Después una mujer con un termo. Después dos pibes con mochila, que tendrían que estar durmiendo. Se juntaron en la vereda sin hablar de nada, mirando el humo que salía de la chimenea chata de la panadería y se perdía en la nevada, y nadie preguntó si había pan, porque era obvio.
Olga vendió quince docenas sin cobrar ni una. Después le dijo a Maxi que se quedara con la última bandeja de la tanda quemada, y que la repartiera.
A las ocho y diez, con los canastos cubiertos con repasadores, salieron para la escuela. Era noche cerrada todavía. Caminaron por el medio de la calle, porque no pasaba ningún auto, con el Beagle respirando abajo y los techos de chapa blancos. Cuando doblaron la esquina, dentro del edificio alguien había armado una hilera de velas sobre las ventanas, y se veían las banderitas colgadas, y se oía el ensayo del himno con una guitarra.
La directora los esperaba en la puerta con un abrigo sobre el guardapolvo. Miró los canastos, miró a Olga, y no dijo nada. Se limitó a sacar un pan con la mano, partirlo, y soplarlo antes de probar.
A la vuelta, ya con las manos vacías, Maxi caminaba con la ropa llena de humo y el pelo duro de harina.
—Mañana tampoco va a haber luz, ¿no? —dijo.
—Mañana va a haber luz.
—Entonces no hace falta que venga a las cuatro.
Olga se detuvo en la puerta de la panadería. Todavía salía una hebra de humo por la chimenea del fondo, fina, derecha, y se mezclaba con la nieve que no terminaba de caer.
—Vení a las cuatro —dijo—. Aunque haya luz. Hay que aprender a prender el horno de leña antes de que me arrepienta de haberlo dejado.
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