La torta de las diez menos diez

El sábado a las dos de la tarde, Rosana Gentile ya tenía harina hasta los codos y la cocina del museo todavía olía a lavandina. Abrían a las tres. En la mesa larga, bajo la ventana de chapa, esperaban dos bandejas enteras de masitas, el chocolate en la olla grande y un espacio vacío en el medio, del tamaño de una fuente.

La fuente era para Abelardo.

Abelardo Sosa venía todos los sábados desde hacía once años. Se sentaba en la punta de la mesa, pedía un chocolate, lo tomaba despacio, y no probaba nada de lo que había para comer. Ni los bizcochuelos de las vecinas, ni las tortas fritas de la colectividad, ni la cassata de los domingos. Rosana se lo había tomado como una ofensa personal durante cuatro meses y después como un misterio.

El sábado anterior, por fin, él había hablado.

—Yo comía una torta —dijo, mirando el chocolate—. A las diez menos diez de la mañana, cuando sonaba la sirena y paraban las bodegas diez minutos. Nos la traían de la cantina en un papel de estraza. Nunca volví a probar una igual.

—¿Y cómo era?

Abelardo pensó con la cuchara en el aire. Tenía las manos grandes, hinchadas en las articulaciones, de cuarenta años de bolsas de sesenta kilos.

—Tenía gusto a bolsa —dijo.

Rosana esperó que agregara algo. No agregó nada.

Esa semana había hecho lo que hacía siempre que algo se le metía en la cabeza: preguntar. Le preguntó a Dora, que cocinaba desde antes de que existiera el museo, y Dora dijo que de cantina de puerto había de todo, que cada una tenía su mano. Le preguntó a la hija de un estibador, que se acordaba de un pan dulce con grasa y chicharrones. Le preguntó a un chico del archivo, que buscó en las entrevistas viejas y encontró a una señora que decía “torta de bolsa” sin explicar a qué se refería. Rosana escuchó la grabación tres veces. Se oían gaviotas atrás, y una radio.

Al final decidió hacerla de grasa y de azúcar morena, espesa, de miga cerrada, de las que pesan en el bolsillo del mameluco. Pero con eso no alcanzaba, y lo sabía. Lo que Abelardo extrañaba no estaba en ninguna receta.

A las dos y veinte entró Dora con el delantal puesto al revés.

—¿Probaste? —preguntó.

—Todavía no. Está en el horno.

—Te va a salir rica. Y él te va a decir que no es.

—Ya sé.

—Entonces, ¿para qué la hacés?

Rosana abrió el horno. La torta había subido bien, con la costra oscura y el borde despegado de la lata. Olía a azúcar quemada y a algo más, un olor de panadería vieja que ella no había puesto a propósito. Se quedó mirándola.

—Porque hace once años que viene y nunca le dimos nada que se pudiera comer.

Dora no contestó. Se puso a acomodar tazas.

A las tres menos cinco, por la ventana, Rosana vio venir a Abelardo por Guillermo Torres, con la gorra y el paso corto. Del otro lado de la calle, desde los silos, llegaba como todos los días el olor a cereal tostado, ese que se mete en la ropa y en el pelo y que los de afuera confunden con pan. Una gaviota cangrejera cruzó la vía sin apuro.

Cortó la torta cuando todavía estaba tibia. La puso en un papel de estraza, porque había comprado un rollo para eso, y la llevó a la mesa justo cuando él se sentaba.

—Chocolate —dijo Abelardo, como siempre.

—Ya viene. Probá esto primero.

Él miró el papel sin tocarlo. Rosana se quedó parada, con las manos en el delantal.

—No me hice la ilusión —dijo ella—. Probala igual.

Abelardo levantó el trozo, lo olió, lo mordió. Masticó mucho tiempo. En la cocina se había hecho un silencio raro, con Dora quieta junto a la olla.

—No es —dijo al fin.

—Ya sé.

—Es mejor. Tiene más azúcar. La de la cantina era seca, se te pegaba al paladar.

—Entonces, ¿qué le falta?

Abelardo se miró las manos. Después miró hacia la ventana, hacia los silos, hacia el lugar donde ya no estaban las bodegas ni la sirena.

—Diez minutos —dijo—. Le faltan diez minutos. Esa torta se comía rápido, parado, con el polvo del cereal pegado en los brazos, y con el Ramón al lado diciendo que los de arriba se iban a ir a la mierda. Y cuando terminaba de masticar, sonaba otra vez la sirena y había que bajar.

Se quedó callado. Rosana pensó que ahí se terminaba, que había hecho mal.

Pero Abelardo se comió el trozo entero. Después se limpió los dedos en la servilleta, pidió otro y lo comió más despacio, con el chocolate al lado, mirando cómo entraba la luz de la tarde por la chapa.

A las cuatro, cuando la cocina ya estaba llena de chicos y de vecinas, Rosana lo vio sacar del bolsillo un reloj de pulsera sin correa. Le dio cuerda con el pulgar, lo apoyó sobre la mesa, boca arriba, entre la taza y el papel.

Y lo dejó andar.

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