La campana de Celestino

Celestino Barrios salió de la casa a las dos de la tarde, con el sol parado encima del techo de chapa y el tereré recién cambiado. Le avisó a la mujer que iba hasta el parque, y ella, sin levantar la vista de la masa del chipá, le preguntó si llevaba el sombrero. Llevaba el sombrero. Llevaba también, en el bolsillo del pantalón, el anillo de casamiento, que se había sacado esa mañana con jabón y paciencia, porque los nudillos ya no le dejaban.

Gancedo andaba de víspera. En la plaza armaban el escenario y alguien probaba un micrófono que decía «uno, dos» con voz de lata. Un chico pasó en bicicleta con una banderita celeste y blanca atada al manubrio. Celestino lo saludó con el mentón y tomó la ruta hacia el sur, donde el asfalto se termina y empieza el ripio, trece kilómetros de camino colorado que levantaban polvo hasta en los pensamientos.

Hizo dedo. Lo levantó una camioneta con una heladera atada en la caja, rumbo al camping.

—¿Va a la fiesta, don? —preguntó el conductor.

—Voy a ver a un conocido.

El hombre lo miró de reojo, esperando el resto. No hubo resto.

El parque lo recibió con olor a quebracho recalentado y a carbón de las parrillas que ya estaban listas para mañana. Celestino pagó la entrada, saludó a la chica de la boletería, y caminó por el sendero con las manos atrás, como en misa. Pasó frente a las piezas chicas, las de vidrio y cartel, y no las miró. Él las conocía desde antes de que tuvieran cartel.

En mil novecientos ochenta tenía veinte años y una pala prestada. Lo habían llevado de peón con la gente que venía a sacar el Chaco de la tierra, y durante semanas cavó alrededor de algo que nadie veía entero. Se acordaba de la humedad del pozo, de las raíces cortadas como cables, de la tarde en que la pala hizo un ruido que no era de tierra. Ahí había pegado el primer golpe. Una sola vez, de costado, con el filo, sin querer.

Y el hierro había cantado.

No fuerte. Una nota larga, baja, que se quedó en el aire del pozo un rato después de que todos dejaron de hablar. El capataz lo agarró del brazo y le dijo que no se le ocurriera volver a hacerlo. Después vinieron los cables, las lonas, los militares, la fotografía. El Chaco salió envuelto, con pompa, y Celestino volvió a Gancedo con la palma de la mano zumbándole todavía. Se hizo herrero. Pasó cuarenta años escuchando yunques, rejas de arado y campanas rotas, y nunca encontró esa nota.

Ahora estaba parado delante de la mole. Era más grande de lo que él recordaba y más oscura, de un gris que tiraba a marrón, con hoyos como huellas de dedos. Alrededor tenía una baranda baja de caño y un cartel que pedía no tocar. En la sombra de la galería, sentada en un banquito, una guardaparque de unos treinta años con la credencial colgada tomaba mate y miraba el celular.

—Buenas tardes —dijo él.

—Buenas. Puede mirar todo lo que quiera, don. Tocar no.

—Ya sé. —Celestino se quedó callado un rato—. Yo estuve cuando lo sacaron.

La chica levantó la cabeza. Se llamaba Yanina Lezcano; lo decía la credencial, y también lo decía la cara de alguien a quien le habían contado esa historia en la escuela y nunca había conocido a un protagonista.

—¿Usted cavó?

—Seis semanas. Me pagaban en pesos que ya no existen.

Ella soltó una risa corta, se acomodó la gorra y lo miró a él, a la baranda, de nuevo a él. Celestino no pidió nada. Había aprendido en el oficio que cuando uno pide, el otro tiene que decir que no.

—Yo tengo que ir hasta la cantina a buscar agua caliente —dijo Yanina, parándose despacio—. Son cinco minutos. A veces diez, si hay cola.

—Qué lástima, con el día que hace.

—Y la cámara de ahí no funciona desde marzo.

Se fue sin apuro, con el termo bajo el brazo. Se escuchó el ripio debajo de sus zapatillas y después nada, solo las chicharras y, lejos, el micrófono de la plaza repitiendo su «uno, dos».

Celestino pasó la pierna por encima de la baranda con la dignidad que le permitía la rodilla. Se acercó. El metal despedía calor, el de cuatro mil años y el de esa tarde, mezclados. Metió la mano en el bolsillo, sacó el anillo y lo sostuvo entre dos dedos, a la altura de una de las hendiduras.

Pensó en su padre, que fue hachero, y en su madre, que le decía que el hierro tiene memoria. Pensó en la cara de la mujer, que a esa hora estaría friendo. Y entonces, con el borde del anillo, golpeó una vez.

Fue un sonido chico, apenas un toc. Pero detrás del toc, abajo, empezó a levantarse algo. Una nota larga y baja, que salía del centro mismo de la mole como si recién despertara, y que se quedó flotando en el parque por debajo de las chicharras, por debajo del micrófono, por debajo de todo. Celestino cerró los ojos. Veinte años, el pozo, el olor a tierra mojada. La nota no había cambiado. Había esperado.

La dejó terminar entera. Cuando el último temblor se apagó, abrió los ojos y volvió a pasar la pierna por encima de la baranda. Se puso el anillo, que le entró con dolor y con gusto, y se sentó en el banquito de Yanina a esperar el agua caliente.

Ella volvió a los ocho minutos, con el termo lleno y la mirada puesta en cualquier lado menos en el hierro.

—¿Se le dio lo que buscaba, don?

—Sí.

—¿Y qué era?

Celestino se paró, se acomodó el sombrero y miró la mole por última vez, quieta y oscura, con el sol en el lomo.

—Que me contestara —dijo.

Tomó el sendero hacia la salida. Detrás, en la galería, Yanina cebó un mate, se lo tomó entero y no le contó a nadie lo que había oído.

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