La muesca de Teodoro

Veinte años vendiendo sándwiches de miga en las lanchas, y Ramona Aguirre nunca se había sentado a mirar el río. Siempre iba de pie, con la canasta contra la cadera y el termo en la otra mano, esquivando valijas y gallinas, gritando «¡miga, miga fresca, mate cocido caliente!» hasta que el cuerpo le aprendía el vaivén sin que ella lo pidiera.

Ese jueves de diciembre de 1969 no llevaba canasta. Llevaba una cartera marrón, un vestido planchado y, adentro, un mate de madera de lapacho con la boca gastada de un solo lado.

El puerto de Paraná olía a gasoil, a barro tibio y a la grasa de la cadena que arrastraba la balsa de orilla a orilla. En el diario de la mañana, doblado sobre el cajón de un estibador, se leía en letras grandes que el sábado se inauguraba el túnel. Nadie hablaba de otra cosa. Los changarines apostaban cuánto tardaría el primer camión en cruzar por abajo. Una señora decía que ella no pensaba meterse debajo del agua ni muerta.

Ramona hizo la cola de los autos a pie, sin que nadie la mirara. Conocía a todos. El Pocho, el de la boletería, le pasó el pasaje por la ventanilla y le dijo:

—Ramona, hoy invita la casa. Vos nos diste de comer veinte años.

—Pagá lo tuyo y dejame pagar lo mío —dijo ella, y puso los pesos sobre el mostrador.

La balsa tardó en llenarse. Subieron dos camionetas con cajones de tomate, un Rastrojero, un colectivo vacío y una chata con cuatro vacas que miraban todo con fastidio. Ramona esperó a que el balsero mayor terminara de gritar las órdenes y se le acercó. Era un hombre flaco, curtido, con una gorra de la que colgaba un hilo.

—Don Cándido, busco una marca en la baranda. Una T y una A, hechas con navaja. Mi marido era cadenero con usted, hace años.

Cándido se sacó la gorra. Se rascó la cabeza con el mismo dedo con el que había señalado a mil autos.

—Teodoro Aguirre. Cómo no me voy a acordar. Pero la baranda se cambió en el cincuenta y ocho, Ramona. Se pudrió toda con el agua. Lo que había ya no está.

Ella asintió despacio, como cuando un cliente le decía que se había quedado sin vuelto.

—Igual voy a mirar.

—Mirá nomás.

La balsa soltó amarras. Se oyó el golpe seco de la cadena tomando tensión, y el río empezó a moverse por debajo, ancho y color té con leche. Ramona recorrió la baranda de punta a punta con la yema de los dedos. Hierro pintado, hierro pintado, un remache, hierro pintado. Los pasajeros la miraban de reojo, a la vendedora que ahora viajaba de señora.

Teodoro había sido de pocas palabras. Se levantaba a las cuatro, se llevaba un pan y una botella de agua, y volvía de noche con las manos negras de aceite y el mate preparado de antemano en el bolsillo. «El río es el único camino que no hay que arreglar», decía. Y cuando ella le preguntaba por qué entonces se lo pasaba reparando la balsa, él contestaba: «Porque el camino anda solo, pero la balsa no.» Se murió en el cincuenta y nueve, un invierno de neblina espesa. Ella siguió subiendo a las lanchas con la canasta, porque había que comer, y con los años dejó de contar los cruces.

En el medio del río, donde la orilla ya no es de nadie, Ramona se detuvo. Había recorrido toda la baranda de babor sin encontrar nada. Se apoyó, mareada de repente, y miró hacia abajo. Entonces vio el banco largo de madera donde se sentaban los pasajeros sin auto, atornillado a la cubierta. Estaba gastado por años de pantalones. Se agachó con trabajo, con una mano en la rodilla, y pasó los dedos por debajo del asiento, por esa tabla que nadie ve.

Había una línea. Dos líneas cruzadas, una T. Al lado, medio comida por el barniz, una A.

No gritó. Se quedó un rato así, con la mejilla casi contra la madera, hasta que el balsero mayor se acercó por detrás.

—Ese banco lo pasé de la vieja balsa a esta —dijo Cándido, sin mirarla—. Me dio no sé qué tirarlo. Teodoro lo hizo en una noche de guardia, con la navaja de cortar el pan. Cuando me dijo que se lo dejaba a los que viajan sentados, me reí.

Ramona se sentó donde estaba la marca. Abrió la cartera y sacó el mate de lapacho. Del termo que había traído, sin saber para qué, llenó el mate hasta el borde y lo cebó como se lo había visto cebar mil veces, con la bombilla torcida hacia la izquierda.

Primero tomó ella. Después se lo ofreció a Cándido, que dudó un segundo y aceptó. Después a una chica con un bebé, que dijo gracias en voz baja. El mate dio la vuelta por el banco mientras al fondo se perfilaba la isla, con el atracadero de los autos y el humo de un asado improvisado.

El sábado, cuando el primer camión cruzara por abajo del agua, nadie iba a oír el golpe de la cadena. Pero ese jueves, a medio río, el mate de Teodoro volvió a su dueña con la yerba todavía caliente, y Ramona lo apoyó sobre la tabla, justo encima de las dos letras, para que se entibiara con el sol.

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