Cecilio Choque llegó al mojón a las siete de la mañana, con el diablo al hombro envuelto en un lienzo blanco y la pala de punta cuadrada que usó cuarenta años para mezclar mezcla. En Tilcara el sol todavía no había pasado el cerro, pero la piedra ya tenía ese frío húmedo de las cosas que pasaron la noche solas. Alrededor del montículo había serpentinas viejas, una botella de cerveza partida al medio y un reguero de talco pisado.
Algo estaba mal. Las piedras de arriba, que él mismo había acomodado en cono el año pasado, estaban sueltas y puestas al revés, con el lado musgoso para abajo.
—Ramiro —dijo, en voz baja, aunque no había nadie.
Ramiro era su sobrino y el presidente de la comparsa desde marzo. Tenía treinta y dos años, una camioneta con calcomanías de todos los carnavales de la Quebrada y la costumbre de resolver las cosas por teléfono. Llegó a las siete y diez, con el pelo mojado y dos tamales en una bolsa.
—Tío, no te enojes.
—¿Qué hay abajo?
—Uno nuevo. Lo mandaron de Jujuy, de un taller. Tiene los ojos con espejitos de verdad, y la lana es sintética, no se apolilla. Lo enterramos anoche con los muchachos. Pensé que…
—¿Lana sintética?
—Es mejor. Se saca limpio, no huele.
Cecilio no contestó. Apoyó el bulto sobre una piedra grande y desató el lienzo. El diablo salió con la cara torcida para un costado, como si lo hubieran despertado. Tenía el cuerpo de tela colorada que Cecilio le había comprado a una vecina que cerró la mercería, los cuernos de arpillera tiesos de almidón de papa y la panza llena de lana de oveja que él había lavado en el Huasamayo, cuatro veces, hasta que el agua salió sin color. Olía a albahaca, porque entre la lana había metido una ramita seca. Le faltaba la boca. La había dejado para el final, como se le deja el último ladrillo a la pared que más importa.
—Ayer a la noche iba a terminarlo —dijo—. Se me cortó la luz.
Ramiro miró el muñeco un rato largo. Después se agachó, acomodó un mechón de lana que se salía y no dijo nada, que era su manera de dar la razón.
—Mirá —dijo por fin—. Hoy a las seis bajan los diablos del otro lado del río. Viene gente de Buenos Aires, viene la tele. El que sale de las piedras tiene que verse bien desde lejos.
—El que sale de las piedras tiene que haber estado en las piedras —dijo Cecilio—. Una noche, siquiera. Tu abuelo decía que el diablo no se desentierra si la tierra no lo conoció.
—Una noche ya no hay, tío.
—Diez horas, entonces.
Se miraron. Del otro lado de la calle una mujer abrió la persiana de un almacén y puso la radio con una cumbia floja. Cecilio sacó de la campera una aguja capotera y un carretel de hilo negro, y se sentó en la piedra sin pedir permiso a nadie. Cosió la boca ahí mismo, con puntadas cortas y parejas, subiendo en curva en las comisuras. Cuando terminó, el diablo tenía una sonrisa de costado, de quien sabe algo que uno no.
—Ayudame —dijo.
Sacaron las piedras de a una. Debajo, a un palmo, apareció el otro diablo, envuelto en bolsa de consorcio, con los espejitos tapados de tierra. Era liviano. Cecilio lo levantó con dos dedos, como se levanta a un gato que no es de uno, y lo dejó sobre el lienzo.
—No lo tires —dijo Ramiro, rápido.
—No lo voy a tirar. Está bien hecho.
Lo guardó en el hueco de la camioneta, entre una rueda de auxilio y un cajón de cerveza. Su diablo ocupó el lugar del otro. Cecilio le puso encima un puñado de coca, un chorro de chicha de la botella que traía en el bolsillo y un poco de talco, que le temblaba entre los dedos. Después tapó el pozo, piedra por piedra, con el lado musgoso para arriba.
—Ahora a esperar —dijo.
Esperaron el día entero, que en Tilcara es un día largo. A las doce la calle se llenó de gente con espuma en el pelo. A las tres empezaron los tamales y las empanadas fritas en ollas negras, y alguien trajo un tonel de saratoga adornado con flores de papel. Cecilio comió parado, sin sacarle el ojo al mojón. Dos veces se acercó un turista a sacarse una foto sentado en las piedras, y las dos veces Ramiro lo corrió con una sonrisa que parecía una disculpa.
A las seis menos cuarto los anateros afinaron las anatas y el ruido de la multitud se cortó de golpe, como si hubieran cerrado una puerta. Del otro lado del Huasamayo, sobre la ladera seca, aparecieron los diablos: máscaras con cuernos y espejos, trajes que tiraban destellos de todos los colores, saltos cortos y pesados que levantaban polvo. Bajaron cruzando el río con el agua a los tobillos y la gente les tiró espuma, talco, serpentinas, y gritaba sus nombres.
Uno de ellos, el más alto, se arrodilló en el mojón. Ramiro dijo unas palabras que nadie escuchó. Los muchachos sacaron las piedras y el diablo metió los brazos hasta los hombros.
Lo que salió estaba tibio de tierra, apelmazado, con una hebra de albahaca pegada a la frente. El diablo de trapo de Cecilio abrió su boca cosida de costado frente a mil personas, y alguien en el fondo dijo, con una voz de asombro verdadero: “Ese sí que está vivo”.
Cecilio, pegado a la pared de una casa, se sacó el sombrero. Nadie lo vio. A sus pies, en la polvareda, pasó rodando una serpentina violeta que se enredó en el cordón de su zapato, y él la dejó estar.
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