Hilaria Palavecino tenía la alezna clavada en la palma de la mano izquierda cuando el hombre se paró frente a su puesto, en la vereda de Caseros, entre Rivadavia y Sarmiento. No era la herida, que ya conocía de memoria. Era el canasto que él traía contra el pecho, abrazado como si alguien pudiera sacárselo.
—¿Se puede arreglar? —preguntó—. El fondo se me abrió en el micro.
Era martes de noviembre, de esos sin turistas, con las termas medio vacías y el calor pegado a la chapa de los toldos. Hilaria dejó la alezna sobre el mostrador, entre los haces de paja brava y los rollos de junquillo, y estiró las manos. El canasto pesaba poco. Estaba tejido en espiral, con la chala teñida de ocre y de un marrón de té fuerte, y tenía la boca ancha, un poco combada de un lado, de tanto apoyarlo en la cadera.
Lo dio vuelta. El fondo se había aflojado en el centro, donde la espiral arranca. Y ahí, a dos vueltas del arranque, había un nudo fuera de lugar. Un solo nudo, apenas torcido, como una letra que alguien escribió con otra mano.
A Hilaria se le secó la boca.
—¿De dónde lo sacó?
—Era de mi mamá. Lo compró acá, en el ochenta y siete, cuando vinimos a las termas por la artrosis de ella. —El hombre se pasó la mano por la nuca—. Yo vivo en Quilmes. Mi hija se casa en diciembre y quiere llevar el canasto con las cintas. Si se rompe el fondo, se rompe todo.
—Vuelva a las seis —dijo Hilaria—. Si pierde el micro, hay otro a las ocho.
—Sale a las seis y diez.
—Entonces vuelva a las seis menos cuarto.
Cuando el hombre se fue, ella se quedó mirando el nudo. Su madre, Casimira, había tejido así toda la vida: parejo, parejo, parejo, y en algún lugar de la pieza, uno que no. “Para que el canasto no se crea perfecto”, decía, “y se ponga a mirar de arriba a la gente”. Hilaria, de chica, lo había tomado por una superstición. A los quince, por una vergüenza: si ella no alcanzaba a ser pareja, ¿por qué su madre lo hacía a propósito? Recién a los cuarenta entendió que era una firma. En esa cuadra de Caseros, hace treinta y ocho años, su madre había tenido el primer puesto. Hilaria heredó el lugar, el banquito y la costumbre de no hablar de eso.
Mojó la paja en la palangana para que se ablandara. Aflojó con cuidado cada vuelta del fondo, una por una, con la punta de la alezna, y las fue apoyando sobre el mostrador en el orden en que salían, como quien desarma un reloj. Del mate de la mañana quedaba un resto frío y se lo tomó igual. Dos puestos más allá, don Medina cortaba cogollo de palma sin levantar la vista, y de la radio de alguien se colaba una chacarera.
Le dolían los dedos, pero no era eso lo que le pesaba. Había tejido miles de canastos y nunca había tenido que reparar uno de su madre. Cada vuelta que aflojaba traía la mano de Casimira: el apriete justo, el mismo tirón corto hacia la izquierda. Era como corregir una carta ajena sin saber qué pensaba el que la escribió.
A las cuatro llegó al nudo torcido. Podía enderezarlo. Era lo más fácil y lo más correcto, porque el hombre había pedido un canasto arreglado, no uno con una falla. Lo tuvo un rato entre los dedos, con la paja húmeda oliendo a pasto y a patio mojado.
Lo dejó donde estaba.
Rehízo el fondo desde el centro, vuelta tras vuelta, igualando el apriete al de su madre hasta que la espiral volvió a cerrar. Después, sin apurarse, buscó un lugar a la altura del último cuarto de la tapa. Ahí, en la vuelta once, hizo un solo nudo de más. Uno apenas torcido, que no se viera si no se buscaba. Lo ajustó y cortó la punta con los dientes, como siempre.
A las seis menos cuarto el hombre volvió casi corriendo, con la mochila al hombro. Hilaria le dio vuelta el canasto para mostrarle el fondo. Él lo apoyó sobre el mostrador y lo golpeó con los nudillos, y sonó firme, como un tambor chico.
—Está igual —dijo—. No se nota que lo arreglaron.
—Algo se nota —contestó ella—, pero hay que saber mirar.
No quiso cobrarle más que la paja. El hombre insistió y dejó unos billetes junto a la palangana, y se fue por Caseros apurado, con el canasto contra el pecho. Hilaria lo miró hasta la esquina de Sarmiento. Después se sentó en el banquito, se sacó la espina de la palma con la uña, y se tomó el último sorbo del mate, que a esa hora ya estaba tibio.
En diciembre, en un salón de Quilmes, una chica iba a llevar ese canasto con cintas blancas, y en el fondo iban a quedar dos nudos torcidos, uno al lado del otro, de dos manos que nadie le iba a explicar.
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