La elle de Nahuel

—Otra vez —dijo Mirta Hughes.

Nahuel apoyó la lengua contra los dientes de arriba, infló los cachetes y soltó el aire. Salió una especie de «sh», limpia y rápida, la misma que le sale a cualquiera que haya nacido de este lado de la cordillera y del Río de la Plata.

—Shwyd —dijo él.

—Llwyd —corrigió Mirta, aunque el corrector era ella y la corrección sonaba igual.

Eran las nueve de la mañana de un sábado de septiembre y la cocina de Gaiman olía a pan casero y a kerosén de la estufa. Afuera, el viento del valle sacudía la cortina de álamos y hacía golpear una chapa suelta en el fondo de la chacra. Sobre la mesa, entre la tetera y el cubretetera de lana tejida, estaba el papel con el poema: ocho versos en galés, un río, una tarde, y en el tercer verso la palabra que llevaba una semana arruinándole el sueño. Gris. Llwyd.

A las tres de la tarde, Nahuel Cárdenas, once años, tenía que pararse en el escenario del Eisteddfod de la Juventud y recitarlo delante del jurado. Era el único alumno que le quedaba a Mirta en el taller de los martes. Los otros se habían ido yendo, uno por la escuela, otra por el fútbol, un tercero porque en casa le dijeron que para qué.

—La elle galesa no es una «l» con pereza —explicó Mirta, por décima vez—. Es una «l» que se escapa por los costados de la lengua. Ponés la punta arriba, como para decir «la», y en vez de empujar el aire por el medio, lo dejás salir por los lados.

—Por los lados.

—Por los lados.

Nahuel lo intentó. Salió un silbido, después una tos, después otra vez la «sh». Se quedó mirando la mesa con las orejas coloradas.

—Seño, ¿y si la digo como me sale? Capaz que no se dan cuenta.

—Se dan cuenta. Hay gente en esa sala que tiene setenta años de oír esa letra bien dicha. —Mirta se arrepintió en el acto, porque vio cómo se le achicaban los hombros—. Perdoná. No me hagas caso. Tomemos algo.

Cebó el té en lugar del mate, por costumbre de la casa. Nahuel se sentó con la taza entre las dos manos, mirando cómo subía el vapor. Mirta, de pie junto a la ventana, pensó en su madre, que había muerto hacía nueve años y que nunca le había explicado nada con palabras. Le mostraba. Ponía la tetera sobre el hule, servía, y soplaba sobre la taza antes de hablar.

Fue la segunda vez que Nahuel sopló sobre el té cuando Mirta se dio vuelta.

—Hacelo de nuevo.

—¿Qué cosa?

—Soplar. Pero despacio. Como si te estuvieras quemando.

Nahuel sopló. El aire le salió ancho y tibio, rozándole los costados de la lengua, que sin que él lo notara se había apoyado atrás de los dientes.

—Ahora sin la taza —dijo Mirta—. Y sin cortar el soplido, decí la «l».

Nahuel tomó aire, puso la lengua como para soplar el té, empujó. De su boca salió un sonido húmedo y raro, como el de una puerta de chapa abriéndose en un día de humedad. Se miraron.

—¿Fue eso? —preguntó él.

—Eso fue.

—Pero suena feo.

—Suena galés —dijo Mirta, y se rió por primera vez en toda la semana.

Pasaron la mañana así. Él soplaba, ella corregía, y la palabra fue bajando de la lengua a los dientes y de los dientes a la garganta, hasta que a las doce Nahuel pudo decir el verso entero sin que se le escapara la «sh». A veces le salía y a veces no, pero ya sabía dónde buscarla. Comieron fideos con tuco y un pedazo de torta negra de la heladera, de las que Mirta hacía en abril con ocho meses de anticipación.

A las tres menos veinte, entraron al salón por la puerta lateral. Había olor a lustre de madera y a ropa de domingo en día sábado. Las sillas estaban llenas de abuelas con carteras sobre las rodillas, padres con la cámara colgada y chicos con el programa doblado en cuatro. Al fondo, un hombre mayor de saco marrón se acomodaba junto al pasillo con la mano en el bastón. Mirta lo conocía de vista. Tenía la costumbre de cerrar los ojos cuando alguien recitaba, como si escuchara con otra parte del cuerpo.

Llamaron a Nahuel. Subió los tres escalones con las zapatillas limpias y se paró frente al micrófono. Mirta se sentó en la fila del medio y entrelazó los dedos sobre la falda.

Los dos primeros versos salieron limpios. En el tercero, Nahuel hizo una pausa que Mirta sintió en el estómago. Lo vio cerrar la boca, tragar, apoyar la lengua arriba y, muy despacio, sin que nadie más que ella lo notara, soplar como si el aire estuviera caliente.

—Llwyd —dijo.

No era perfecta. Tenía algo de silbido todavía, un borde de «sh» pegado en el final. Pero era una elle, una elle que se escapaba por los costados, y llenó la sala como un hilo de agua por debajo de una puerta.

En la tercera fila, el hombre del saco marrón abrió los ojos.

Nahuel terminó los ocho versos y bajó la cabeza. Hubo un aplauso largo, de esos con las manos medio juntas. Mirta no aplaudió. Se quedó mirando la mesa de los jurados, donde alguien anotaba, y después el hueco del pasillo por donde el chico bajaba, buscándola con la vista.

Más tarde, en el salón del té, ella cebó dos tazas sobre un mantel de papel. Nahuel no sabía todavía si había ganado o no, y por primera vez parecía no importarle. Mirta levantó la suya y sopló sobre la superficie, con los labios apenas separados y la lengua en su lugar, y el vapor se dobló hacia los costados.

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