Dolores Gerónimo puso las dos hormas sobre la mesa de la cocina a las seis de la tarde, con la luz de febrero entrando de costado por la ventana y el olor a leche cuajada todavía pegado a las paredes. Una era perfecta. La otra era suya.
La perfecta había salido de la tina nueva, con termómetro, con planilla, con los números que le había anotado el técnico de la cooperativa en el cuaderno: treinta y dos grados, cuarenta minutos, tantas horas de prensa. Tenía la corteza pareja, el diámetro justo, la cara plana como un plato. La otra la había hecho el miércoles de noche, cuando se cortó la luz en el valle y se quedó sola en el galpón con una vela y la memoria de las manos de su madre. Sin termómetro. Metiendo el codo en la leche, como se hacía antes.
Mañana, a las diez, había que llevar una sola al concurso del queso tafinisto, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307, donde empezaba la Fiesta Nacional. Una. Y no había nada más que decidir, pero ella llevaba tres días sin poder decidirlo.
—Entrá la que gana —le dijo su hermano Ezequiel desde la puerta, con el mate en la mano y la camioneta ya cargada con las sillas—. La de los números.
—Esa no tiene nada mío.
—Tiene tu firma abajo. Vos la hiciste.
—La hizo el cuaderno.
Ezequiel sopló la yerba y no contestó. Afuera, en el corral, el ternero que le habían regalado a la nena de al lado berreaba contra el alambrado, y más allá, en el fondo del valle, el dique La Angostura se había puesto del color de una chapa vieja.
Dolores agarró un cuchillo, de esos finos, de hoja larga, y lo apoyó sobre la perfecta. No la cortó. Lo dejó ahí un rato, sintiendo el filo contra la corteza, y pensó en el año anterior, cuando se había presentado con la receta de su madre al pie de la letra y había quedado séptima de nueve. Un jurado había escrito en una planilla, con letra apretada: “Carácter irregular”. Ella había vuelto a casa con esas dos palabras como si fueran una multa.
Este año quería la cinta, cualquiera. Aunque fuera la tercera. Aunque se la dieran por pena.
—Dolo —dijo Ezequiel—. Yo no entiendo nada de queso. Pero si me dan a elegir cuál me llevo a la casa, ya sé cuál.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero es lo único que sé decir.
Se fue a bajar las sillas. Dolores se quedó sola con las dos hormas, y entonces hizo lo que no había hecho en tres días: las levantó, una en cada mano, y las pesó. La perfecta pesaba dos kilos doscientos, clavados. La otra, dos kilos trescientos. Cien gramos más. Cien gramos de leche que ella había dejado escurrir de más porque la vela titilaba y había perdido la cuenta de los minutos.
Las acercó a la nariz, una después de la otra. La perfecta olía a limpio, a cava fría, a lo que tiene que oler. La otra olía a eso, y además a algo que Dolores no supo nombrar al principio y que después reconoció con una punzada en el pecho: olía a la cocina de su madre un domingo, cuando se amasaba el pan y se cuajaba la leche en la misma mañana y la casa quedaba tibia y agria y llena de gente que entraba sin golpear.
Dejó la perfecta en la mesada. Envolvió la otra en un lienzo limpio, la acomodó en la caja de madera donde su madre llevaba los quesos al pueblo, y la puso en el asiento de la camioneta, con el cinturón de seguridad cruzado, como a una persona.
—¿Esa? —dijo Ezequiel, subiendo.
—Esa.
—¿Y si pierde?
—Pierde con mi firma.
Al otro día, en el Complejo Democracia, había fila de mesas largas con manteles blancos, y gente de todas las edades haciendo cola con sus hormas en brazos, como quien lleva a un bebé a bautizar. Un jurado de cuatro personas caminaba despacio con tablitas en la mano. Dolores dejó su caja en la mesa, escribió su nombre, número diecisiete, y se fue a sentar bajo un toldo, lejos, para no ver cuando cortaran.
Escuchó, igual. El cuchillo entrando. Un silencio largo. Alguien que decía algo bajito, y otro que contestaba más bajito todavía.
No supo si ganó. A las doce empezaron a llamar a los premiados, pero justo en ese momento se armó la pialada en la cancha de al lado, con los jinetes levantando polvo y los chicos trepados al alambrado, y entre el griterío no se entendió ningún número. Dolores se paró para preguntar y en eso se le cruzó la nena del vecino, con el ternero atado a una soga, que le gritó que su mamá la estaba buscando.
Cuando volvió a la mesa, la caja número diecisiete estaba vacía. Sobre el mantel había una tabla con migas, un cuchillo limpio, y una hojita doblada. Dolores la abrió con dos dedos.
Decía, con letra apretada: “Carácter. Pedimos permiso para terminarlo”.
Se quedó mirando el papel hasta que Ezequiel llegó con dos empanadas y le puso una en la mano. Al fondo, el jurado seguía comiendo, de pie, sin tablitas, y uno de ellos se limpiaba los dedos en el pantalón, sin disimular.
Dolores se sentó en una silla de plástico, mordió la empanada, y se dio cuenta de que desde hacía tres días no tenía hambre. Tenía una caja de madera vacía sobre las rodillas, que olía todavía a la cocina de su madre, y el valle entero a la vista, verde y quieto, con una nube bajita enganchada en el cerro.
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