La barquilla de las cinco

A las cinco menos diez, Ismael Ferreyra ya había contado la gente dos veces. Dieciocho, el máximo. Nueve turistas con mochilas, una pareja de Avellaneda que cruzaba para tomar un café del otro lado porque sí, tres chicos de guardapolvo con la merienda en la mano, un fotógrafo con el trípode al hombro, y tres vecinos de la Isla Maciel que volvían de hacer trámites en La Boca.

Desde la cabina, un cubículo vidriado en lo alto de la estructura de hierro, se veía el Riachuelo del color del mate cocido y, abajo, el humo de una parrilla de la avenida Almirante Brown. El olor llegaba hasta ahí arriba: grasa, río, un poco de pintura nueva. Ismael llevaba once años en el puesto. Le gustaban las tardes de noviembre, cuando el sol bajaba por el lado de Dock Sud y pintaba de naranja los cables.

—Falta una —dijo por radio el chico de la boletería de abajo.

—Ya cerré, Lucho. Dieciocho.

—Es una señora. Dice que te conoce.

Ismael bajó la escalerita de metal con las rodillas quejándose. En la entrada de la barquilla, apoyada en un bastón con la empuñadura de plástico marrón, esperaba una mujer muy chiquita, con campera de lana y una bolsa de feria colgada del antebrazo. Tenía setenta y pico, quizás ochenta. No la había visto nunca.

—No me conoce —dijo ella antes de que él abriera la boca—. Le dije eso al muchacho para que me dejara pasar a hablar con usted. Aída Ocampo. Nací en la calle Pinzón, del otro lado.

—Señora, está completo. Salgo en cinco minutos. Si quiere, el próximo es a las cinco y cuarto.

—No quiero el de las cinco y cuarto. Quiero este. Mi papá cruzaba a esta hora, a las cinco de la tarde, cuando salía del frigorífico. Yo lo esperaba acá abajo con la vianda vacía de la mañana para llevármela. Venía con los otros, todos en fila, con el olor a lavandina y a sebo pegado en la ropa.

Ismael miró la barquilla. Dieciocho personas. El reglamento no era una sugerencia.

—Mire —dijo ella, bajando la voz—. Yo no vengo a pasear. Vine a ver si suena.

—¿Si suena qué?

—El puente. Mi papá decía que cantaba. Que cuando la barquilla arrancaba, el hierro hacía una nota, así, larga, y que él la sabía de memoria y por eso nunca llegaba tarde a ningún lado: sabía cuánto faltaba por cómo bajaba el sonido. Yo era chica y no lo entendía. Cuando lo cerraron, en el sesenta, tenía diez años. Hace poco me dijeron que lo habían arreglado y que andaba de nuevo. Y quiero saber si todavía hace esa nota. No quiero que me lo cuenten. Quiero oírlo yo.

Ismael se rascó la nuca. Podía explicarle que el mecanismo era otro, que lo habían restaurado entero durante años, que a lo mejor la nota ya no estaba. Pero ella lo miraba con una paciencia de quien espera hace tiempo.

Se dio vuelta hacia la barquilla.

—A ver —dijo, y levantó la voz—. Alguien que quiera esperar al próximo cruce, que se lo regalo, es un cuarto de hora.

Los turistas se miraron. El fotógrafo, que justamente quería esperar a que bajara más el sol para sacar la estructura contra el cielo, levantó la mano sin hacerse rogar.

—Yo me bajo. Pero ella va a mi lugar.

La señora Aída subió con cuidado, tanteando el piso con el bastón, y se sentó en el banco de madera, al lado de uno de los chicos de guardapolvo, que le ofreció una galletita sin preguntar nada.

Ismael volvió a la cabina. Revisó las luces, el freno, la cerradura de la reja. Dieciocho. Respiró.

—Salimos —dijo por radio, y empujó la palanca.

La barquilla se despegó del muelle con un tirón suave. Se oyó el roce de las ruedas contra el riel de arriba, un rumor grave y parejo que Ismael ya no escuchaba de tanto escucharlo. Lo único que cambiaba, cruce tras cruce, era el viento. Hoy venía del este, con olor a mar sucio, y hacía vibrar los tensores.

Desde la cabina vio la cabeza blanca de Aída Ocampo, inmóvil, las manos juntas sobre el bastón. No miraba el agua. Miraba para arriba, hacia las vigas, con los ojos entrecerrados, como quien trata de acordarse de un nombre.

A mitad del río, justo cuando la barquilla quedó pareja con el eje del Riachuelo, un remolcador que subía hacia la Vuelta de Rocha soltó un bocinazo largo. El sonido rebotó en el casco de un barco herrumbrado amarrado en la orilla y volvió, más grave. Y entonces el hierro respondió. Ismael lo sintió en las manos antes de oírlo: una vibración baja que subió por la palanca, por el piso, por los tobillos, y se quedó flotando en el aire de la cabina como una nota de órgano.

Nunca se había dado cuenta. Once años y nunca.

La nota duró lo que dura una bocina. Después se fue apagando, hacia abajo, y la barquilla tocó el muelle de la Isla con un golpecito.

Cuando Ismael bajó, los pasajeros ya se habían ido, salvo la señora, que seguía sentada en el banco con la bolsa de feria en la falda.

—Ahí está —dijo ella sin mirarlo—. Es esa. Pensé que me la iba a acordar distinta.

—Yo nunca la había escuchado —admitió Ismael.

—Hace falta un barco. Papá siempre lo decía y yo creía que era una de sus cosas.

Se levantó despacio, con ayuda del bastón y del brazo de Ismael, y bajó al muelle. Del lado de la Isla, en la avenida La Plata, ya se encendían las luces de los kioscos y alguien afinaba un bombo en una esquina.

—¿Vuelve? —preguntó él—. El último sale a las seis.

—Vuelvo mañana a las cinco —dijo ella—. Si me deja. Que no me regale el lugar nadie. Me saco el pasaje como todo el mundo.

Ismael la vio alejarse por la vereda, chiquita, derecha, con la bolsa golpeándole la cadera. Después subió otra vez a la cabina, apagó la radio y se quedó un rato mirando el río, esperando el próximo bocinazo.

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