Los zapatos del cajón

Nilda Rojas abrió la persiana del buffet a las nueve y diez, cuando el gimnasio todavía olía a kerosene y a zapatillas de básquet. Hasta las ocho de la noche, en el Sunderland de Villa Urquiza, la cancha había sido de los pibes de la categoría 2012. Ahora los bancos estaban contra la pared, alguien había trapeado las líneas pintadas del piso y las mesas con mantel de papel esperaban a la gente de las diez.

Dieciocho años atendía ese mostrador. Vendía sándwiches de miga, empanadas de carne cortada a cuchillo, gaseosa de litro y medio y vino con soda para los que se animaban a pedirlo. Veía todo desde ahí: cómo entraban las parejas con el calzado en una bolsa de supermercado, cómo se cambiaban en las sillas, cómo los hombres de más de ochenta se miraban el nudo de la corbata en el vidrio de la heladera. Los sábados bailaban otros. Ella cobraba.

—Abuela, ¿me das plata para la máquina? —dijo Thiago, que tenía once años y ya había descubierto que el sábado a la noche en el club era un lugar donde se podía comer papas fritas sin límite de horario.

—Después. Primero poné las servilletas.

—Siempre decís después.

Nilda no contestó. En el cajón de abajo de la caja, junto a las lapiceras secas y la libreta de fiados, tenía la caja de cartón que el club llamaba «los perdidos». Ahí iban a parar las cosas que la gente se olvidaba: un paraguas, una bufanda de lana, tres peines, una dentadura postiza que nadie reclamó nunca. Y un par de zapatos de baile, de taco bajo, número treinta y siete, con la correa de la hebilla bien cosida. Los había dejado alguien en 1998. Nilda los limpiaba cada tanto con un trapo y betún neutro, sin saber para qué.

Lo que sí sabía era para qué. Lo sabía desde marzo, cuando Aurelio, su marido, dejó de levantarse del sillón de la cocina y ella entendió que la última vez que habían bailado fue en el casamiento de una sobrina, en el 2009, y que ni siquiera se acordaba de la canción.

A las diez empezó la música. Primero una tanda de tangos de Di Sarli, cuatro temas, y después la cortina, un pedazo de bolero para que la gente volviera a sentarse. Nilda sirvió dos vinos con soda y un fernet sin hielo, y mientras tanto miró la pista. Los hombres de un lado, las mujeres del otro, y en el medio ese idioma de cejas y mentones que ella conocía de memoria: nadie decía «¿bailamos?». Alguien levantaba la cabeza apenas, la otra bajaba los ojos, y era que sí.

Nilda se secó las manos en el delantal. Sacó los zapatos del cajón. Los miró. Todavía tenían la suela clara, casi sin uso.

—Thiago, ¿te animás a atender diez minutos?

—¿Yo? Si no sé cobrar.

—Es fácil. Todo lo que ves tiene el precio en la tarjetita. Si alguien te da un billete grande, me mirás. Yo voy a estar ahí.

—¿Dónde?

—Ahí —dijo ella, y señaló con la barbilla un punto cualquiera de la pista. Era el primer cabeceo de su vida en dieciocho años, y fue para su nieto.

Se cambió en la silla de plástico que estaba detrás del mostrador, entre las cajas de gaseosa. Las alpargatas negras quedaron debajo de la silla, una al lado de la otra, como las de alguien que ya vuelve. Los zapatos le quedaron justos, apenas apretados en el empeine. Caminó hasta el borde de la pista con la espalda más derecha de lo que la tenía hace años.

Sonó la segunda tanda. Un hombre alto, flaco, de saco gris y pañuelo en el bolsillo, estaba parado a tres metros, de espaldas a ella, mirando a otra mesa. Nilda no lo conocía. Se quedó quieta. Se acordó de que esa gente se pasaba semanas esperando una mirada, que se podía esperar una tanda entera, dos, la noche entera. Pensó en el buffet, en su nieto con las servilletas, en el vino con soda. Pensó que ya había esperado demasiado en el mostrador de al lado.

El hombre se dio vuelta. Le miró los zapatos primero, que era lo que siempre se miraba, y después la cara. Inclinó la cabeza un centímetro.

Nilda dijo que sí con los ojos.

—Hace mucho que no bailo —le avisó cuando él le tendió el brazo.

—Entonces vamos despacio —dijo el hombre—. Yo tampoco estoy para correr.

El primer tango fue puro miedo. Contó pasos en voz baja, sintió el piso, esa madera vieja y encerada que se movía un poco bajo los pies, y las líneas de la cancha de básquet que pasaban debajo de los zapatos: el aro, el área, el semicírculo del triple. En el segundo tema, sin darse cuenta, dejó de contar. En el tercero ya no miraba el suelo. En el cuarto cerró los ojos y fue lo único que hizo falta.

Cuando terminó la tanda, el hombre la acompañó hasta el borde de la pista, hizo un gesto con la cabeza y se fue. No preguntó el nombre, no pidió otra. Así era la costumbre, y Nilda se lo agradeció.

Volvió al buffet caminando sobre los talones, porque el empeine le ardía. Thiago estaba parado sobre un cajón de gaseosa para llegar a la caja, con un billete de veinte en la mano y la cara de quien ha salvado un barco.

—Me dieron veinte y no sabía el vuelto. Le dije que esperara a que viniera mi abuela.

—Hiciste bien.

—Estabas bailando.

—Sí.

—¿Se puede hacer eso?

—Parece que sí —dijo Nilda, y contó el vuelto despacio, billete por billete, mientras afuera, sobre la calle Lugones, pasaba el último colectivo y adentro empezaba otra tanda.

A las doce y media, cuando juntó los manteles de papel, se llevó los zapatos en la bolsa de las servilletas. Los perdidos, pensó, a veces los encuentra alguien. Los dejó en la mesa de luz, al lado del sillón de Aurelio, donde él los viera apenas abriera los ojos.

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