La motoniveladora de Ovidio

A las cinco y diez de la mañana, Ovidio Salvatierra ya tenía el termo lleno y la campera de la municipalidad colgada del respaldo, aunque hacía tres años que nadie le pagaba por ponérsela. Afuera nevaba de costado. Desde la ventana de la cocina, en la calle Deloqui, no se veía ni el canal ni las luces del puerto, solo una pared blanca que se movía.

—¿Vas a salir con este tiempo? —preguntó Nora desde la pieza, sin levantar la cabeza.

—Voy a ir hasta el corralón.

—Ovidio.

—Hasta el corralón. A mirar.

Caminó las siete cuadras con la nieve hasta los tobillos, midiendo cada paso en las veredas sin sal. El corralón municipal olía a gasoil y a hierro mojado. El sereno, un muchacho flaco que le decía «don Ovi», le abrió el portón sin preguntar nada. Todos sabían por qué había venido. Desde la noche anterior, cuando la nevada cerró el camino al Martial, lo sabía todo Ushuaia: la carrera de esquí infantil se suspendía si no se abría la ruta hasta la base antes de las diez.

La motoniveladora grande estaba rota. Una manguera hidráulica, dijo el sereno, de las que no se consiguen en la isla; había que esperarla del continente en el barco, y el barco llegaba el viernes. La otra, la vieja amarilla del fondo, la que Ovidio había manejado veintidós años, estaba tapada con una lona y sin batería.

—Esa no anda, don Ovi.

—Esa anda. Lo que no anda es el que la dejó así.

Se sacó los guantes. Levantó la lona y la máquina apareció entera, con su cuchilla mellada y la cabina de vidrios chicos, y le puso una mano en el capó como se le pone a un caballo. Estaba helada. Adentro del asiento, todavía, había un hueco con la forma exacta de su espalda.

Tardó una hora en conseguir una batería prestada del camión de los bomberos. Tardó otra en purgar el combustible con las manos en carne viva, soplando para entrar en calor, mientras el sereno le alcanzaba mate y una factura de dulce de leche que se había congelado en la bolsa. A las siete y media el motor tosió, escupió humo negro y se quedó rezongando.

—Qué bestia —dijo el muchacho.

—Ni me hables. Esperá que se caliente.

Salió del corralón a las ocho menos cuarto. La nieve seguía, pero ya sin el viento del sur, y las lengas del camino, cargadas de blanco, se inclinaban sobre la huella como gente que escucha. Ovidio manejaba parado casi sobre los pedales, con el cuerpo acordándose antes que la cabeza. Bajar la cuchilla, un cuarto de giro, empujar la nieve hacia la banquina, no tocar la piedra. Veintidós años de eso.

En la primera curva se le apagó el motor.

Se quedó quieto, con las manos en el volante. Del otro lado del parabrisas, la nieve caía sin apuro y el silencio era enorme. Pensó en su nieta Ayelén, de nueve años, que había practicado todo el invierno en el cerro con unos esquíes heredados de una prima, y que la noche anterior le había preguntado, cuidándose de no pedirle nada: «Abuelo, ¿vos tuviste que ver con las máquinas, no?». Había dicho que sí. Nada más.

—Dale, vieja —murmuró.

Probó la llave. Nada. Probó otra vez, y a la tercera el motor se despertó con un ruido de tos larga.

Cuando llegó a la altura del refugio ya había dos autos varados atrás, esperando a que abriera paso, y una camioneta del club de esquí con las luces prendidas. Nadie tocaba bocina. Ovidio los miraba por el espejo, chiquitos, cada vez más lejos, y sentía en el pecho algo que no sabía bien si era orgullo o miedo de que se notara.

A las nueve y veinte llegó a la explanada de la base. Giró en tres movimientos, como le habían enseñado, y dejó la máquina atravesada para que la nieve del último tramo no volviera a cerrar. Apagó. Le temblaban las rodillas. En la cabina hacía frío, y la mano que había tenido el volante tres horas seguidas ya no se le abría.

Alguien golpeó el vidrio. Era Bautista, el entrenador, con la nariz roja y un gorro de lana con pompón.

—No lo puedo creer. ¿Usted la trajo sola desde el corralón?

—Sola no. Con esta —dijo Ovidio, y palmeó el tablero.

Bajó con cuidado, agarrándose del pasamanos. Abajo, en la explanada, ya se juntaban los chicos con sus cascos de colores, los padres con termos, una señora con una bolsa llena de bizcochuelos. Entre todos, Ovidio buscó el casco verde.

Ayelén no corrió hacia él. Se quedó parada con los esquíes al hombro, mirándolo desde lejos, y después levantó una mano enguantada y la dejó en el aire, un segundo, como quien saluda a un barco que sale.

A las diez y cuarto, con el cielo abierto de golpe, se dio la largada. Ovidio miró la bajada entera desde el costado de la máquina, con el mate en la mano y el valle de Ushuaia al fondo, el canal color acero, el Monte Olivia apareciendo entre las nubes. Contó doce chicos, nueve caídas, y una que bajó recta, sin mirar a ningún lado, con el casco verde inclinado hacia adelante.

No ganó. Salió cuarta, y se enojó. Pero cuando llegó abajo vino igual hasta la motoniveladora, trepó al estribo con las botas llenas de nieve y se asomó a la cabina.

—¿Me dejás sentarme?

Ovidio le hizo lugar. La nena se acomodó en el asiento todavía tibio, le tocó la palanca con las dos manos y miró por los vidrios chicos el camino que él había abierto, una cinta oscura entre las lengas blancas, derecha hasta el valle.

—Se ve todo desde acá —dijo.

—Todo —dijo el abuelo, y no agregó nada más.

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